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Desde antiguo hemos venido empleando en la lengua las denominadas metáforas zoológicas, consistentes en la utilización en el lenguaje del nombre de determinados animales —o de características de los mismos—, empleándolas para designar a objetos (v.gr. cuando nos referimos a un ojo de buey, a un cuello de cisne, al hueso de una fruta o al ala de un edificio); o bien para referirnos a las personas, cuestión esta última en la que vamos a entrar, poniéndola en relación con el lenguaje sexista y los comportamientos constitutivos de delitos de violencia de género.

La utilización de las metáforas o términos zoológicos para designar a las personas o a determinados atributos de las mismas (animalización), está ampliamente extendida en nuestro idioma. Normalmente se dan para asignar al ser humano características reales o ficticias atribuidas a determinados animales, de forma que se designa al ser humano mediante el nombre del animal. Podemos distinguir dentro de las metáforas zoológicas las positivas o elogiosas para la persona a la que se designa —atribuyen características propias de un animal, que se perciben generalmente como positivas, como fuerza, valor, nobleza, aspecto físico atractivo, inteligencia o sagacidad, etc.—. Algunas de las más usuales son águila[1] o lince[2], para designar una persona inteligente o sagaz; león[3], para destacar a una persona valerosa o audaz; gamo, para destacar la velocidad de una persona; hormiga[4], para destacar la laboriosidad y capacidad de ahorro, etc.



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