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  • Mónica Cristóbal Álvarez, Mª Victoria Bolaños Cascales y Marta Castrillo Mortua han sido las tres abogadas del Turno de Oficio galardonadas por sus narraciones
  • El decano, José María Alonso, ha destacado la importancia de un concurso que busca “marcar una relación permanente entre los compañeros y compañeras de la institución”

El ICAM ha hecho hoy acto de entrega de los galardones a las tres premiadas por el concurso de anécdotas “Historias con vocación de oficio”, celebrado el pasado 12 de julio con motivo de la celebración del Día de la Justicia Gratuita y del Turno de Oficio.

En el concurso han participado cerca de medio centenar de abogados y abogadas del Turno de Oficio, que han narrado, de forma entrañable o divertida, sus aventuras y experiencias vividas durante el desempeño de su labor en la Justicia Gratuita.

El decano del Colegio de Abogados, José María Alonso, ha agradecido durante el acto la participación y dedicación de los participantes en un “concurso que nace con motivo de la celebración del Día de la Justicia Gratuita y que busca entablar una relación permanente entre los compañeros y compañeras de esta Institución”.

La vicedecana del Colegio de Abogados, Begoña Castro Jover, se ha unido al Decano madrileño en este agradecimiento destacando que “hemos creado este concurso con el objetivo de premiar las mejores historias, y nos hemos encontrado con que ha tenido muchísima aceptación. Nos ha costado muchísimo esfuerzo decantarnos solo por tres historias”.

Acto de entrega de los premios

Seguidamente, ha tenido lugar el acto de entrega de los galardones. El tercer premio, que ha consistido en una caja de vinos del ICAM, ha sido entregado por el decano José María Alonso y la diputada de la Junta de Gobierno, Lola Fernández, a la abogada del Turno Marta Castrillo Mortua, “por una historia que nos ha recordado que los abogados muchas veces son superhéroes sin saberlo”, explicaba la diputada.

El segundo galardón, consistente en un pack de publicaciones jurídicas del Colegio, ha sido entregado por el decano del Colegio y por el diputado de la Junta de Gobierno, Eugenio Ribón, a la abogada del Turno de Oficio María Victoria Bolaños Cascales, por una historia en la que se demuestra que la labor del Turno de Oficio puede ser muy gratificante.

El primer premio, consistente en una toga personalizada, ha sido entregado por el decano y la vicedecana del ICAM a la abogada Mónica Cristóbal Álvarez por su historia “De profesión, ladrón”. La ganadora ha destacado, entre los aplausos de los asistentes, la ilusión que le produce haberse alzado con el primer galardón. “Llevo en el turno muchos años y me emociona más que otro premio. Todos los del Turno sabemos lo que significa hacer esta labor y tenemos mucho que contar”, ha comentado.

José María Alonso ha querido también destacar la importancia de que hayan sido tres mujeres las ganadoras de este concurso. Según ha afirmado, “este es el siglo de la mujer y va a suponer un cambio en la sociedad extraordinario. El talento de la mujer es un hecho”.

El concurso volverá a convocarse el próximo año con motivo del Día de la Justicia Gratuita para seguir visibilizando y dando a conocer las diversas anécdotas que se viven día a día en uno de los oficios más altruistas, importantes y necesarios para la sociedad.

1º premio - Mónica Cristobal

Me remonto hace bastantes años, cuando aún había radiocasetes en los coches y yo iniciaba mi andadura en el turno de oficio penal, con muy poca experiencia, pero con toda la ilusión y la vocación que todavía hoy, en la era del bluetooth y muchos años después, no he perdido.

Me designaron en una guardia a un joven inmigrante sin papeles del norte de África, al que la policía había pillado literalmente con las manos en la masa. Estaba en la calle, al lado de un vehículo con la puerta forzada y en sus manos sujetaba un entresijo de cables con el radiocasete entre ellos.

Lo detuvieron en el acto.

En los pocos minutos que tuve para hablar con él antes de que lo subieran del calabozo de Plaza de Castilla al juzgado, me dio tiempo a decirle que quizá el coche estaba ya abierto cuando él pasó por allí y tuvo la tentación de llevarse el aparato de música al verlo tan a mano. A buen entendedor pocas palabras bastan y afirmó rápidamente que así había sido, eliminando con ello de un plumazo el posible robo con fuerza para dejarlo en un hurto, al estar ya la puerta forzada cuando la policía lo vio y por tanto sin ninguna prueba de que hubiera sido él, quién rompió el acceso al interior del vehículo. Subí exultante las escaleras hasta la sala de justicia. Flotaba con mi toga en cada escalón y me sentía una verdadera abogada de película de suspense del sábado por la noche.

El juicio comenzó sin incidentes. Mi cliente declaró perfectamente, con el acento correspondiente a su país de origen, cómo iba andando por la calle, vio el coche abierto y decidió llevarse el radiocasete sin pensar dos veces que aquello estaba mal. Me atreví incluso a preguntarle si se arrepentía y él contestó rápidamente que sí, que mucho y que su madre seguramente se habría disgustado desde el cielo con su actuación.

Entonces, el juez, con su oficio y sus años de ejercicio, le hizo la última pregunta:

—Y dígame joven, ¿usted a qué se dedica aquí en España? Y mi cliente, tranquilo, confiado, contestó sin titubear:

—¿Yo?, soy ladrón desde hace dos años que llegué en una patera, porque mi país estaba en guerra y hui de allí cuando mataron a toda mi familia. Por eso, de profesión, ladrón.

Mi mundo de abogada brillante se derrumbó. Comencé a sudar. La toga ya no me hacía flotar, sino que se me pegaba como una piel pesada que me ahogaba y me hacía sentir pequeña, vulnerable, ignorante y la tonta de una comedia de sábado de después de comer.

—Conclusiones letrada. —Me dijo el Juez sin más dilación.

Entonces yo, que nada tenía ya qué decir, que no sabía qué podía hacer para deshacer aquella pregunta, miré al juez durante unos segundos que se me hicieron eternos, con los ojos de súplica y de cordero degollado. Ante mi silencio, él me miró y de pronto asintió, comprendiendo mi inexperiencia y mi turbación, y me sonrió.

—Quizás —me dijo el juez —quizás quiera usted solicitar una sentencia ajustada a Derecho.

Y afirmé rápidamente, como lo había hecho mi cliente conmigo en el calabozo, trasladando en mi mirada el agradecimiento judicial.

El juez dictó sentencia in voce, ajustada a Derecho. Le impuso la pena mínima por hurto y desestimó el robo con fuerza por falta de prueba. Le recriminó que trabajara de ladrón y le instó a que buscara un empleo diciéndole, con tono paternalista que, si había llegado en una patera dos años atrás huyendo de un infierno, podía ser igual de valiente para encontrar un trabajo y progresar.

En el pasillo, al terminar, le pregunté a mi cliente que cómo se le había ocurrido decir que era ladrón de profesión y él me contestó muy altivo ¡que yo no le había advertido que eso no se podía decir!

Desde entonces, aviso a mis clientes para que no digan que su profesión habitual es delictiva y muchos se ofenden como si les subestimara. En mi manga está también la frase de la sentencia ajustada a Derecho y en mi mochila de la experiencia el agradecimiento a aquel juez y al turno de oficio, pues mi cliente sintió que le habían brindado una oportunidad, se puso a estudiar y, desde hace muchos años, trabaja como cajero en una entidad financiera.

Cuando voy a su banco siempre me dice: “le voy a poner una comisión ajustada a su cuenta” y nos reímos los dos con la satisfacción que tienes cuando la justicia, sin esperarlo, te cambia para bien la ruta del destino.

2º premio - Mª Victoria Bolaños

28 de julio. Un calor que abrasa las piedras. Sótano de los  calabozos en Plaza de Castilla. Mi cliente, un chaval emigrante, drogado hasta las cejas, que encierra a una   dependienta de un salón de juegos, chavalita  emigrante también,  en el baño del  local, la deja aterrorizada  y se lleva lo que hay en su bolso y la recaudación.  Queda en libertad. Pasan tres años y pico. Vamos al Penal.

Me llama su hermana, su madre, la del chico… allí está él, a la hora señalada, bañado y afeitado. Me dice que está limpio, que trabaja en la pescadería de su hermano, que no quiere volver a prisión, llora, señorita, por favor, arréglelo…. Enfrente con la mirada baja está la chavalita, abrazada a su bolso… va de testigo. Ya no trabaja allí,  en el  salón de juegos,  perdió el empleo,  ahora está en una gasolinera….  

Pido hablar con la  Fiscal….. tres años por robo con  fuerza… de acuerdo, sí, pero sólo se llevó doscientos euros… está dispuesto a devolverlos….  Y han pasado más de tres años…  me da una alegría la Fiscal,  de acuerdo conmigo en todo, se declara la caducidad del procedimiento. Me abraza  llorando el muchacho, cada uno, él y yo, con  nuestra mascarilla….  Gracias, gracias,  señorita….  Y yo le digo, sí, pero la chica  perdió su dinero   y su trabajo… Me acerco a hablar con ella, los policías  me regañan, que cómo voy a   hablar con la testigo…   

Por la tarde yo recibo un mensaje en mi móvil.  Es el justificante  de la transferencia de  doscientos euros de  Mohamed a  Madalina.  Otro mensaje, gracias de nuevo, señorita”

3º premio - Marta Castrillo

El procurador sale del juicio y, sin quitarse la toga, entra apresuradamente en el ascensor atestado. La rutina: un hola entre dientes y pulsa el botón aunque ya está marcado el piso de destino. Cada uno clava los ojos donde puede: en el suelo, en el reloj, en unos papeles…  

Un instante antes de que se cierren las puertas, una mujer se acerca al trote con un niño pequeño de la mano. Sus piernas cortitas no le permiten llevar el paso de su madre y va casi arrastras. 

Una vez dentro, la pobre criatura apenas llega a las rodillas de los extraños acompañantes de viaje y levanta la cabeza, boquiabierto, sin comprender por qué nadie habla y ni siquiera se mira. En el recorrido de la escena, sus ojitos se encuentran con los del procurador que es el único que le sonríe amablemente y el único que viste de manera diferente.

El ascensor para, hay un poco de movimiento, unos entran y otros salen y el aparato prosigue su marcha a las alturas. El procurador nota que alguien le tira de la toga. Baja la mirada y es el niño que, con la curiosidad más grande que ha visto nunca, le pregunta muy suave:

– Oiga, ¿tú puedes volar?




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