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Patricio Morenés Hoyos, Secretario General y del Consejo de Administración de Grupo Dia.

Históricamente, la figura del abogado interno (“in-house”) ha arrastrado un cierto estigma dentro del ecosistema de las organizaciones empresariales. Durante décadas, la percepción generalizada situaba a la función jurídica como un mal necesario, un departamento aislado al que se acudía, por obligación, en última instancia y del que, a menudo, sólo se esperaba un resultado restrictivo. Se veía, en definitiva, como el "departamento del no", meros “stoppers” normativos cuya función principal parecía limitarse a señalar los peligros y frenar sin contemplaciones las iniciativas comerciales o estratégicas.

Bajo ese modelo y percepción, ambos hoy cada vez más caducos, la dinámica era generalmente predecible y frustrante para el resto de las áreas del negocio: el abogado analizaba el riesgo legal de un asunto, concluía a las primeras de cambio que algo no encajaba en la norma, decía "no" y, sencillamente, se desentendía del problema que generaba su negativa: “Si no se puede, no se puede.”

Hoy, esa visión empieza a ser inasumible para cualquier sociedad que pretenda ser ágil y competitiva. La realidad de los mercados actuales, marcados por la hiperregulación, la transformación digital y la inmediatez, exige otro perfil. El abogado interno se ha transformado en un verdadero compañero de negocio.

Ya no basta con ser simplemente conocedor de normativa; ahora forma parte integral de la cadena de decisión y debe sentarse a la mesa del diseño estratégico desde el comienzo de cualquier toma de decisión trascendente, aportando, dentro de la más estricta legalidad, una mentalidad constructiva, proactiva y resolutiva que, en ocasiones, requiere un grado importante de creatividad e implicación para con el objetivo deseado.

La respuesta de una asesoría jurídica moderna ante un desafío complejo ya no puede ser un simple rechazo. Los abogados internos se han convertido en facilitadores que buscan alternativas legales y soluciones viables a los problemas y dificultades del día a día, asumiendo la estrategia corporativa como propia y participando en su ejecución como verdaderos integrantes de un equipo cohesionado. No son un freno, son los encargados de tratar de buscar el carril legal seguro para acelerar.

En la cúspide de esta profunda transformación cultural y operativa se encuentra la figura del Secretario General. Como cabeza de la función jurídica ejecutiva, el Secretario General no solo debe encarnar estas virtudes, sino que está llamado a potenciarlas hasta sus últimas consecuencias y reflejarlas en su equipo.

Conocer a fondo la empresa

Para poder aportar ese valor añadido real, existe un requisito previo e innegociable: el Secretario General debe poseer una profunda visión y conocimiento del negocio en el que se desempeña. Ya no vale con saber de normas y externalizar determinados asuntos; hay que entender los márgenes, la cadena de suministro, las dinámicas de ventas, los retos de los recursos humanos y las inquietudes de los clientes, entre otros aspectos. Simplemente, no se puede asesorar ni proteger aquello que no se comprende en profundidad.

Durante el ejercicio diario de su función, el Secretario General se empapa de la operativa de la sociedad. Al tener que dar respuesta y asesoramiento a problemas de todos los departamentos, adquiere una visión panorámica y transversal que muy pocos directivos poseen. En este proceso vital, desarrolla una serie de capacidades que trascienden con creces el ámbito puramente jurídico. Se hace hábil en el manejo de sensibilidades y dinámicas internas, adquiere una aguda visión de gestión, perfecciona su destreza para la toma de decisiones prudentes pero ejecutivas, y ejerce un liderazgo clave en la toma colegiada de decisiones de negocio, donde el componente legal es una pieza más del tablero estratégico, pero no la única.

El resultado natural de esta evolución es que el Secretario General acaba convirtiéndose en una suerte de "navaja multiusos" para la alta dirección. Entender esta metamorfosis es clave para comprender un fenómeno que venimos observando con cada vez más frecuencia en el panorama corporativo moderno: por qué, en algunos casos, la figura del Secretario General está dando el salto natural para ocupar posiciones de "primera espada" directiva, llegando a asumir la Dirección General o incluso el rol de CEO de algunas compañías.

Y la lógica es la siguiente en estos casos: cuando un perfil aúna el rigor técnico, la pericia en la gestión de crisis y riesgos, una visión transversal de todas las áreas y un conocimiento profundo e integrado del negocio, se convierte en un líder preparado para pilotar la empresa en múltiples entornos.

Si a esta ya compleja y rica ecuación le sumamos el rol de Secretario del Consejo de Administración, una dualidad cada vez más frecuente, la figura alcanza su máxima expresión estratégica y de Gobierno Corporativo. En este punto, el Secretario General asume un papel absolutamente crítico como "bisagra" institucional entre la esfera ejecutiva (el Comité de Dirección) y el máximo órgano de gobierno corporativo (el Consejo de Administración y sus comisiones).

Esta doble condición de ejecutivo y secretario del Consejo le otorga una posición de enorme trascendencia y utilidad. Por un lado, resulta de una ayuda incalculable para el Consejo de Administración en sus relaciones con los ejecutivos, asegurando que la información fluya de manera ágil, estructurada, transparente y rigurosa. Por otro lado, al estar inmerso en el día a día operativo, es capaz de trasladar al Consejo de Administración las inquietudes, los riesgos latentes y la realidad de la sociedad con un conocimiento en tiempo real, cercano y detallado de lo que está sucediendo en el terreno.

En definitiva, la función jurídica interna ha dejado de ser ese espectador pasivo que únicamente juzga desde la barrera normativa. Se ha convertido en un líder estratégico integral y en un catalizador indispensable para el éxito de una empresa dentro del marco normativo en el que le toca navegar.