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Las categorías amplias pueden orientar la lectura del caso hasta absorber matices clínicos, familiares y probatorios.

 

El término aparece en sala y el ambiente cambia inmediatamente. Ya no funciona como una hipótesis descriptiva que deba explorarse técnicamente. En muchos procedimientos entra ya convertido en categoría moral cerrada. A partir de ahí todo empieza a reorganizarse alrededor de la etiqueta.

Y las etiquetas expansivas tienen una característica muy particular: absorben hechos heterogéneos hasta producir una sensación de coherencia retrospectiva extremadamente potente.

Una discusión instrumentalizando al menor. Un incumplimiento de visitas. Un comentario descalificador. Una denuncia cruzada. Un padre hostil. Otro inmaduro. Otro torpe emocionalmente. Otro claramente violento. Todo empieza a deslizarse hacia el mismo campo semántico. El problema es que las categorías jurídicas muy amplias terminan funcionando a veces como sistemas gravitatorios donde matices clínicos importantes desaparecen.

En familia esto resulta especialmente delicado porque casi cualquier conducta parental dañina puede reinterpretarse bajo marcos cada vez más extensivos. Y algunas realmente deben serlo. Hay hombres que utilizan a los hijos para producir daño psicológico devastador sobre la madre. Eso existe. De forma brutal además. El problema empieza cuando el concepto deja de utilizarse para describir dinámicas concretas y empieza a operar como mecanismo general de lectura.

Ahí el análisis clínico se empobrece rápido.

Porque la exploración psicológica seria necesita diferenciar motivaciones, estructuras de personalidad, dinámicas relacionales, niveles reales de instrumentalización y gravedad objetiva del daño. No todo conflicto parental con impacto infantil responde al mismo fenómeno psicopatológico o criminológico. Pero ciertos procedimientos avanzan como si distinguir fuera casi sospechoso.

Entonces aparecen informes donde conceptos complejos se utilizan con una ligereza sorprendente. “Uso vicario del menor.” “Violencia psicológica indirecta.” “Control coercitivo.” Expresiones técnicamente muy serias colocadas sobre conductas apenas exploradas en profundidad. A veces sin análisis temporal claro. Sin evaluación alternativa. Sin contextualización del litigio completo.

La inflación conceptual produce una ilusión peligrosa: parece que nombrar algo equivale automáticamente a comprenderlo.

Y mientras tanto el expediente se llena de lenguaje cada vez más solemne. El problema es que el sufrimiento infantil real suele ser bastante menos doctrinal que los informes que intentan describirlo. Los niños no viven dentro de categorías jurídicas. Viven dentro de dinámicas emocionales concretas, ambiguas, mezcladas y muchas veces contradictorias.

He visto procedimientos donde la simple insistencia judicial de un progenitor para mantener contacto acababa reinterpretada progresivamente como conducta invasiva de naturaleza vicaria. Otros donde el rechazo del menor era automáticamente leído como prueba definitiva de victimización indirecta sin explorar mínimamente procesos de influencia relacional complejos. Y otros —los más incómodos— donde conductas gravísimas convivían con informes técnicamente pobrísimos incapaces de discriminar bien qué estaba ocurriendo realmente.

Porque las categorías expansivas producen otro efecto secundario: rebajan la exigencia analítica. Cuando el marco interpretativo parece moralmente claro, el sistema deja de hacerse ciertas preguntas.

Eso se nota muchísimo en exploraciones periciales. Hipótesis únicas. Escasa falsación clínica. Preguntas dirigidas. Ausencia de evaluación de sugestión, aprendizaje narrativo o ganancias secundarias procesales. El profesional entra a confirmar una dinámica previamente nombrada, no a investigar qué dinámica existe realmente.

Y luego llega el detalle más incómodo: cuanto más amplia y moralmente incontestable se vuelve una categoría, más difícil resulta técnicamente discutir su aplicación concreta sin quedar socialmente situado en el lugar incorrecto.

Ahí la prudencia clínica empieza a desaparecer del debate.

una cosa es reconocer fenómenos gravísimos y otra convertir determinadas etiquetas en estructuras interpretativas tan expansivas que terminan sustituyendo el análisis fino de cada caso. La psicología forense necesita precisamente lo contrario: discriminación técnica, contextualización, trabajo diferencial y tolerancia a la complejidad.

Pero la complejidad tiene muy mala prensa institucional. Retrasa titulares. Dificulta resoluciones rápidas. Obliga a pensar demasiado tiempo sobre expedientes donde todo el mundo preferiría identificar enseguida quién ocupa cada papel moral dentro de la historia.

Y los menores siguen ahí, creciendo dentro de relatos jurídicos cada vez más grandes, más densos y a veces bastante más seguros de sí mismos que la evidencia clínica real disponible.