¿Tribunales de instancia? No, gracias
Jesús Villegas. Magistrado con destino en Valencia
“No te quejes, que hay gente que se muere de hambre en África”
Esta fue la respuesta de un compañero magistrado muy progresista cuándo le pregunté qué beneficios reportaba a los jueces la imposición de los Tribunales de Instancia. Y es que, digan lo que digan los propagandistas, la ley que da al traste con nuestros juzgados de toda la vida empeora las condiciones profesionales de los jueces hasta límites insospechados.
Son muchos los que, con una visión romántica, casi novelesca, imaginan un juez cuya actividad se reduce a dictar sentencias, dar órdenes a la policía o proteger a las mujeres maltratadas. La realidad es otra. La tramitación de los procedimientos es un asunto delicado, muy técnico, que comporta infinidad de tareas mecánicas, casi burocráticas, que consumen mucho tiempo y esfuerzo. Y ahí es donde entran los funcionarios judiciales, que nos ponen al tanto de la marcha de cada uno de los expedientes, responden a nuestras dudas, nos recuerdan plazos, tareas pendientes, etc.
Ahora eso se acaba. Nos arrebatan nuestro equipo y nos aíslan, hasta físicamente; tanto es así que pretenden alejarnos de la oficina, estabulándonos, cual ganado, en otras dependencias, sin contacto visual con la plantilla. Eso sí, lo reemplazan por un programa informático a través del que recibiremos notificaciones de gente a la que ni conocemos, ignorantes de nuestro estilo y preferencias jurídicas, con una enrevesada interfaz donde nos dejamos los ojos para descifrar la sarta de acertijos digitales en los que se torna nuestra jornada laboral. Por si fuera poco, perdemos todo el control administrativo, que pasa ahora a los secretarios judiciales (denominados “Letrados de la Administración de Justicia”, Lajs), un cuerpo jerárquico que a la postre depende del poder político.
Como trabajadores, es el mayor ataque que los jueces hayamos sufrido jamás. No les importa, pues los autores de esta agresión estructural están convencidos de que rendimos poco, que no producimos lo suficiente. Susurran, ¿“trabajadores” ?, tal vez, pero privilegiados, señoritos togados; que apechuguen, piensan, ya iba siendo hora de que arrimasen el hombro.
¿Cómo es que algunos jueces lo aceptan con abnegada sumisión, cuál vaca lechera que se deja exprimir las ubres hasta secarle las entrañas? Porque los han engañado. Les han contado que es el precio para la creación de mas “plazas judiciales” sin necesidad de que vayan acompañadas de toda la retahíla de personal instrumental. Y se lo han creído, cándida ingenuidad. Pero es falso, existen otras alternativas, como la que propuso la Plataforma Cívica por la Independencia Judicial: extender la fórmula ya existente de los “juzgados bis”, o sea, situar varios jueces al frente de un mismo juzgado. O quizás, algo tan simple como gastar más en justicia. El resto, si no es un chantaje, se parece mucho.
Aunque me quede solo, lo digo alto y claro: no es culpa mía, como magistrado, el retraso endémico de nuestros tribunales. Además, estoy muy orgulloso de mis compañeros jueces, que se dejan la vida en estrados, que nada saben de mordidas, ni otros vicios de los que no me agrada hablar y a los que nos tiene acostumbrada la clase política. Empeorar sus condiciones laborales no es la solución. No me refiero, desde luego, a esos otros que se han tragado hasta el fondo ese desaguisado y que ahora pretenden que nos lo zampemos con gusto todos los demás.
Y no menos orgulloso estoy de nuestros funcionarios judiciales, a los que tanto debo, y cuya labor parece importar un bledo, convencidos como están algunos de que basta con crear plazas judiciales sin su correspondiente equipo de personal, como si no sirviesen para nada. En definitiva, no comulgo con la agenda oculta de esta reforma, que no es otra sino la cicatería económica para convertir al juez en un cero a la izquierda.
¿Y las hambrunas africanas? Bueno, entonces, si los tribunales de instancia son la solución para acabar con la pobreza en el mundo, lo mismo hasta estoy a favor.
