JUC


Por Jesus Villegas. Magistrado con destino en Valencia

Me pide mi amigo Luisja  que escriba como juez español una carta a los Reyes Magos. Parafraseando a Lope de Vega, en mi vida me he visto en tal aprieto. Y es que el tema está muy manido, resulta difícil abordarlo sin caer en el victimismo; e incluso en algo peor, en la autocompasión.

Como no me queda más remedio, me pongo manos a la obra. Llevo años reclamando que los partidos dejen de manosear la Justicia. Eso no es nada nuevo. Lo que sí es nuevo es que han reventado las tuberías de las cloacas políticas hasta empapar con aguas fecales el tejido más íntimo del Estado de Derecho.

Cuando los corruptos roban a manos llenas, despilfarran nuestro dinero en juergas prostibularias o se codean con mafias internacionales me siento orgulloso.

Orgulloso de ser juez español, de no tener nada que ver con esos nefandos antros, de pertenecer a un colectivo de profesionales que debe su puesto de trabajo exclusivamente a su mérito y capacidad, que viven, no de mordidas, sino de su sueldo, que nada saben de saunas ni de esas prácticas vejatorias de las mujeres.

Eso sí, me preocupa, y mucho, que despojen a nuestro país de las armas legales que han servido para expulsar de sus madrigueras a semejante ralea de depredadores sociales.

Sin ir más lejos, el plan urdido para acabar con los jueces instructores, autoridades independientes, entregando el poder de investigar el delito a quienes son meramente “autónomos” y, por ende, vulnerables a las influencias de la política.

No quiero ni pensar qué habría ocurrido si nuestra heroica Guardia Civil hubiese estado sometida a las órdenes de alguno de esos depravados fontaneros. Y no menos alarmante es el disparate de los tribunales de instancia, que abre las puertas al caos, que desintegra el equipo que forman juez y funcionarios para estabularlos al servicio de una jerarquía que culmina en el Ministerio.

Acaso lo más triste sea esa quinta columna de jueces colaboracionistas, políticos-togados, arrastratogas que, pese a su exiguo número, apenas un insignificante puñado, tanto daño hacen. En cambio, me invade la esperanza cada vez que miro a nuestra carrera judicial, la inmensa mayoría de mis compañeros, que solo aspiran a ganarse el pan honradamente, a impartir justicia, ejemplo para nuestro pueblo de honradez y sacrificio, y a los que tanto temen los criminales no importa cuán elevada sea su alcurnia.

Pensando, pensando, a sus majestades de oriente no los molestaré, entre otras cosas, porque no existen, son los padres. Acaso los padres de la patria.

No escribiré, por tanto, ninguna carta.

 Lo que sí haré es pedirles a nuestros jueces que no se dejen humillar, que no olviden que son un Poder del Estado, el más íntegro de todos.