Revisión de la condena a García Ortiz
“Es mejor que diez culpables escapen a que un inocente sufra”
William Blackstone
Jesús Villegas. Magistrado con destino en Valencia
Terrible es la responsabilidad del juez. Una palabra de su señoría basta para arruinar la vida de cualquiera de sus conciudadanos. Pero los jueces no son dioses, sino que, como cualquier mortal, por muy buenas que sean sus intenciones, a veces se equivocan. Acaso el error más trágico sea la condena de un inocente. Esa es la razón de las garantías procesales, sobre todo en la jurisdicción penal, que dispone de un exigente sistema de recursos para que la decisión inicial sea minuciosamente escrutada en sucesivas instancias.
Con todo, en algún momento llega el punto final, no es factible estirar ad infinitum y ad nauseam el cuestionamiento del fallo judicial. Aun así, nunca dejaremos de preguntarnos: ¿y el si el condenado hubiese sido injustamente acusado? Pues bien, esa es la duda que han suscitado, incluso con emotiva vehemencia, los partidarios de Álvaro García Ortiz, Fiscal General del Estado, reo del delito de revelación de secretos.
“Se podrá solicitar la revisión de sentencias firmes (…) cuando después de la sentencia sobrevenga el conocimiento de hechos o elementos de prueba, que, de haber sido aportados, habrían determinado la absolución o una condena más grave”.
Así reza el artículo 954.1.d de la Ley de Enjuiciamiento Criminal, precepto concebido exactamente para un supuesto como el que ahora se debate. Nuestro Legislador no es insensible ante el desastre humano del error judicial, por lo que ha introducido una norma para revocar las condenas injustas. Eso sí, es necesario que aparezca nuevo material probatorio que permita reexaminar el pronunciamiento incorrecto.
¿A la luz de este remedio extraordinario, hay esperanza para el señor García Ortiz?
Buenas noticias. Tal como expliqué en un estudio jurídico publicado en este mismo portal, algunos de los testigos ofrecieron durante el juicio una revelación inesperada. Se trataba de unos periodistas que, según contaban, conocían la identidad del verdadero culpable, aunque prefirieron no revelarla. Si aceptamos sus palabras, en sus manos está salvar a don Álvaro. Basta con que descubran al verdadero autor. Obviamente, si porfían en su silencio, el secreto profesional los respalda. Pero, ¿cómo dormir tranquilo sabiendo que sobre su conciencia pesa la condena de un inocente? Desde luego, yo no tengo respuesta.
Hay más. Si el condenado fuese capaz de recuperar aquellos mensajes que borró de su teléfono móvil, entonces sí que pondríamos un final feliz a esta triste historia. Ojalá, sería un magnífico regalo de Reyes Magos. Eso sí, siempre que existan.
