El sentido de ser juez en la España del Siglo XXI
Jesús Villegas. Magistrado con destino en Valencia
Sibi non cavere et aliis consilum dare, stultum
(Es de necios no velar por uno mismo y dar consejos a los demás)
Fedro, Fábulas, tomado del “Diccionario temático comparado de refranes y paremias grecolatinas” de Rafael Martínez Segura.
“¿Animas a los jóvenes a que sean jueces?”
Mi amigo Luisja Sánchez me pone otra vez en un compromiso, al sugerirme que escriba un artículo para responder a esa preguntita suya. Casi que me entran granas de mandarlo a paseo.
Y es que no sé me ocurre cómo entrar en materia sin repetir una sarta de edulcoradas ridiculeces. Algo así como decir que desde mis largos años de experiencia (o sea, recalcando lo viejo que soy) y pese a las dificultades de tan arduo oficio (pintándome como un heroico profesional) animo a la juventud a que siga mis pasos (como si mi opinión les importase lo más mínimo).
Más bien soy yo el que necesita consejo. Durante más de un cuarto de siglo ejerciendo como juez, corro el riesgo de caer en la rutina y el desencanto. Rutina, por olvidarme que detrás de los papeles hay personas, dramas dolorosos que me exigen lo mejor de mi y no sacar el papel a granel, como si el juzgado fuese una churrería.
Desencanto, al comprobar como las condiciones labores de los jueces españoles han ido empeorando para culminar en el desaguisado de los tribunales de instancia, hasta el punto de que pretenden arrebatarnos nuestro equipo de colaboradores funcionarios para que nos las tengamos que apañar solos con un programa informático.
Existe un antídoto contra esos males de alma decrépita, algo tan sencillo como mirar el entusiasmo de la juventud, época maravillosa, llena de ideales, cuando todavía no han hecho mella las decepciones de la edad. Por eso soy optimista, porque la judicatura española se nutre de jóvenes que dedican los mejores años de su vida a preparar unas durísimas oposiciones sin ninguna garantía de éxito.
En nuestro país, a diferencia de Estados Unidos o incluso Europa, no se accede a la judicatura tras una trayectoria dedicada al tráfico jurídico, con deudas y servidumbres en la mochila, sino como exclusivo reconocimiento al sacrificio, al mérito y la capacidad.
Esos chicos que se lo juegan todo son insobornables, terror de los corruptos. Por eso, mientras escribo estas líneas, salto de alegría, ya que se celebran dos juicios simbólicos: los casos mascarillas y kitchen. La espada de la justicia golpea a derecha e izquierda. Ese es nuestro orgullo, como jueces y como ciudadanos.
Eso sí, una cosa me gustaría contarles. La profesión de juez me ha enseñado a luchar contra los prejuicios, a desconfiar de mí mismo. Hablo ahora de cuando no llevo la toga, en cualquier situación, ya sea el trato con la familia o incluso con un dependiente en una tienda.
La idea es sencilla, limpiar la mente, no condenar a nadie sin pruebas, ni dentro ni fuera del tribunal. Por supuesto que nada garantiza que lo haya conseguido, pero lo intento con todas mis fuerzas. Es un meta que da sentido a mi existencia: la lucha por la justicia.
Por tanto, amigo Luisja, no animo a nadie que sea juez, sino a que actúe como juez, como un buen juez o, mejor pensado, como un buen hombre. Es lo más importante.
