Hay que tener tragaderas ante los indigeribles Tribunales de Instancia
Por Jesus Villegas, Magistrado con destino en Valencia
“Esta cucharadita por mamá, está otra por la abuela…y la última por el perrito”.
¿Os suenan estas palabras?
Es la cantilena con la que se hace tragar a los críos su comidita, suponemos que muy sana. Aunque, en honor a la verdad, menuda paciencia la de los pequeñines.
Y es que algunos de esos brebajes, por decirlo de manera suave, no es que sean un producto de la más alta cocina; sobre todo antaño, porque ahora hay potitos que saben la mar de bien, para chuparse los dedos.
Con los tribunales de instancia pasa otro tanto de lo mismo. Desde hace un tiempo los jueces españoles oímos a todas horas que la reestructuración que se nos viene encima es por nuestro bien. ¿Qué se esconde tras estas acarameladas zalamerías? Muchas cosas, no precisamente gratas al paladar. Conviene destacar ahora dos:
Primera: el descuartizamiento de los juzgados. El juez, si se llevan a sus últimas consecuencias las previsiones legislativas, perderá el apoyo directo de unidades de funcionarios. Los procedimientos se trocearían entre equipos “especializados”, cada uno de los cuales resolvería como en una cadena de montaje, nomás un eslabón procedimental.
Ya no habría a quien pedirle una visión global del expediente. Adiós al equipo de confianza. Ahora incluso el personal de la plantilla estaría ubicado en otro espacio físico, de modo que las comunicaciones serían telemáticas, mediante un mecanismo de dación de cuenta virtual.
Segunda: el incremento de poder de los LAJs (o sea, los secretarios judiciales de toda la vida, rebautizados con unas siglas impronunciables). Unos secretarios, no lo olvidemos, dependientes, en última instancia, de la autoridad política.
Una autoridad política, bien es sabido, que se muere de ganas por meter sus narices en la justicia. Y un juez que ya no es el jefe. Entre otras cosas, porque no tiene sobre quién ejercer la jefatura. Habrá de apañárselas a solas con el programa informático. Ahora son otros los que mandan.
¿Cómo hemos tragado con esto?
Quizás porque la papilla estaba muy bien endulzada con palabrería hueca: “una cucharadita por el señor Ministro, otra por las asociaciones, otra por los sindicatos…” Eso sí, el producto ya está caducado, Gallardón lo cocinó largo tiempo ha, aquel señor que quería ser presidente del Gobierno y que acabó con una cartera que le venía estrecha.
¿Para qué ha servido ponerlo todo patas arriba?
Para traer el caos. El desbarajuste es absoluto, el impulso procesal va para atrás, como cangrejos togados. Bien lo saben los letrados, los abogados de verdad, los que defienden a los justiciables desesperados por los retrasos.
Y entre las filas judiciales el malestar se extiende por doquier. Nuestros magistrados no se zampan lo primero que les ponen en la boca. Pero los que deciden son otros. Si prescindimos del edulcorante, el menú se reduce a una amarga lucha de poder.
Ahora la consigna es otra, vienen a sermonearnos con esta salmodia: “la idea es muy buena, pero hay problemas de implementación” (yo implemento, tu implementas, él implementa, disculpe querido lector que me detenga a conjugar el verbo, es que tampoco estoy muy familiarizado con este otro palabro y no quiero equivocarme). En cocina han cambiado la carta, el primer plato era indigerible.
¿Buena idea? Pues depende de qué estés dispuesto a tragarte
