JUC


Jesus Villegas,  Magistrado con destino en Valencia

 

          Querido lector, ¿recuerdas algo que te haya impresionado de veras?

          Te confieso que, como juez instructor, las autopsias a las que he asistido me han marcado para siempre. No tanto por ese encuentro descarnado con la muerte, sino por la desnudez extrema de ese cuerpo al que se lo despoja, más que de sus ropas, de la piel misma.

 El tejido se desgarra impotente ante bisturí despiadado. Te preguntarás por qué me someto a ese mal trago en vez de contentarme con el informe médico-forense. Muy sencillo, porque prefiero verlo por mis propios ojos antes de que me lo cuenten. Al fin y al cabo, la palabra “autopsia” (αὐτός-ὂψις) significa en griego “ver por uno mismo”.

          Hace ya quince años se me abrieron los ojos. Fue un hombre extraordinario quien me retiró la venda del conformismo. Corrían tiempos muy duros, cuando el Gobierno de turno se empecinaba en convertir a los jueces en chivo expiatorio de la horrible muerte de la niña Mariluz, inocente pequeñita a la que había asesinado un monstruo pederasta.

            Ese hombre excepcional era el juez Manzano, profesional íntegro como una roca, un soñador que entendió que había que comprometer a toda la sociedad en la defensa del Poder Judicial. Nos infundió arrojo para salir del cómodo pero mortecino nicho del corporativismo judicial.

          Y lo hizo fundando la Plataforma Cívica por la Independencia Judicial (PCIJ), asociación trasversal donde, no solo magistrados, sino gente de toda condición, trabajamos juntos en defensa del Estado de Derecho. El encuentro con él me cambió la vida.

          Desde entonces la Plataforma viene aplicando inmisericorde el bisturí de la razón jurídica. Lanzamos preguntas que nadie osa responder. Como muestra un botón: ¿estás a favor de que la ideología del candidato sea tenida en cuenta al nombrar los altos cargos judiciales?; ¿estás a favor de que la política influya en la investigación criminal?; ¿estás a favor de una amnistía a favor de quién no se arrepiente de sus crímenes?; ¿estás a favor de que las asociaciones judiciales se repartan los cursos de formación de magistrados?; ¿estás a favor de eliminar la discrecionalidad en la adjudicación de las comisiones de servicio en la carrera judicial?; ¿estás a favor del principio “un juez un voto?”, inter alia, suma y sigue…Menudo dilema, si dices que sí, quedas como el mohoso; pero, si dices que no, es casi peor, tus palabras contradicen tus obras. No hay otra solución que quedarse callado como un muerto. Omertà.

Una Plataforma independiente

          Una prominente barriguita se disimula con un traje cortado a medida, lo mismo que las arrugas bajo el maquillaje. Ante los focos de la sala de autopsias, en cambio, nada se esconde. La Plataforma carece de deudas porque no se vende. No tenemos agenda oculta, ni gastamos los disfraces de los Mortadelos judiciales. Han querido taparnos la boca, por ejemplo, el señor Puigdemont, molesto ante nuestra guía sobre la amnistía. Lo que diga ese señor me entra por un oído y me sale por el otro. Sí que me duele, muy al contrario, que algunos de mis propios compañeros se desgañiten pidiendo que se nos impida usar el correo de la carrera judicial. Vana pretensión, porque somos los jueces de la Plataforma los que disfrutamos de mayor audiencia en los medios de comunicación. Nos cierran la puerta, pero entramos por la ventana. Bueno, mejor dicho, por el televisor.

         Volviendo al tanatorio, acaso lo que más me haya conmovido sea el descubrimiento causal de un tumor. Mientras el médico forense destripa la desafortunada víctima de un accidente de tránsito viario, se asoma entre las vísceras algo inesperado, un bulto, una masa cancerosa que medraba lenta e implacable, sin que su huésped se figurase la bomba de relojería que albergaba en sus entrañas. Tristemente, lo mismo sucede en el Poder Judicial.

         Sin ir más lejos, la Plataforma diagnosticó, desde los infaustos tiempos del Ministro Gallardón, que el proyecto de los Tribunales de Instancia arruinaría la salud de nuestra justicia. Ahora que se ha hecho realidad, ¿qué dicen aquellos que se morían de ganas por la imposición de semejante disparate? Aquellos que permitieron que la formación neoplásica creciese sin trabas. “La idea es buena, pero está mal ejecutada”, balbucean. No doy crédito. ¿Es una buena idea aumentar el peso del Poder Ejecutivo en la organización judicial? ¿Es una buena idea privar a los jueces de su equipo de funcionarios? ¿Es buena idea que la dación de cuenta, en vez de practicarse en persona, se reemplace por un interfaz informático? Inútil es insistir, no contestarán. Los difuntos no oyen. Tienen demasiados gusanos en el tímpano.

       Los cadáveres huelen mal, a la morgue entramos con la nariz tapada. Más apestosa, incluso, es la corrupción política. Afortunadamente, la inmensa mayoría de los españoles nada sabemos de saunas, chistorras, sobrinas o policía patriótica. Aun así, lo que más me revuelve el estómago es la corrupción jurídica, que haya jueces que subasten su toga al mejor postor, los políticos-togados, los arrastratogas. Son una minoría insignificante, pero bastan para infectar el organismo judicial. De carciroma in situ a metástasis.

       Quince años llevo ya en la Plataforma. Me faltan palabras de agradecimiento, no solo para mi ídolo, el juez Manzano, sino para mi esposa, magistrada cofundadora de este movimiento, a la que todo debo. Y, no menos importante, para ese puñado de valientes que se nos han unido, que no han temido ser expulsados a los márgenes del sistema, adonde no llegan las prebendas por las que otros babean. También, a medios de comunicación como este y otros que han quebrado la jaula de Faraday donde se empeñaban en insonorizarnos.

       Yo también acabaré bajo el bisturí forense. La vida nos ha condenado a muerte, aunque desconozcamos cuando se ejecutará la sentencia. Pero no será igual el epitafio para todos, cada uno responderá de sus actos, lealtades o traiciones. Eso sí, la justicia es una diosa inmortal. Vivirá por siempre. Solo a ella rindo culto.