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A veces la angustia del progenitor empieza a leerse como rasgo sospechoso, sin separar conducta observable e interpretación clínica.

El padre lleva una carpeta demasiado ordenada. Correos impresos. Capturas. Horarios. Incidencias. Justificantes de llamadas. Fechas exactas. En sala apenas mira al juez; mira continuamente a quien redactó el informe psicosocial, como si todavía creyera que en algún momento alguien va a entender que esa acumulación obsesiva de documentos empezó el día en que dejó de ver con normalidad a sus hijos.

La pericial lo describe después como “elevadamente focalizado en el procedimiento”.

La frase suele aparecer acompañada de otras: rigidez, dificultades empáticas, necesidad de control, escasa capacidad de adaptación a las resoluciones judiciales. Todo muy clínico. Muy limpio sobre el papel. Y a veces profundamente desconectado de algo bastante elemental: cuando una persona siente que está perdiendo el vínculo con sus hijos, su conducta rara vez se parece a la serenidad elegante que algunos informes parecen exigir.

Empieza a escribir más.

Pregunta constantemente.

Quiere aclaraciones sobre horarios mínimos, retrasos absurdos, cambios de entrega, actividades escolares, frases que el niño dijo durante una llamada de siete minutos supervisada por terceros.

El procedimiento observa esa insistencia y empieza lentamente a psicologizarla.

No como reacción situacional. Como rasgo.

Ahí se produce una transformación muy curiosa. El expediente deja de leer conductas dentro del contexto emocional donde nacen y empieza a convertirlas en evidencia estructural de personalidad. El padre insiste porque necesita controlar. Reclama porque no tolera límites. Solicita información porque invade espacios. Protesta porque presenta baja mentalización de las necesidades del menor.

Uno revisa algunas exploraciones y tiene la sensación de que la angustia relacional masculina se ha vuelto clínicamente sospechosa por definición.

Mientras tanto, ciertas formas de retirada emocional pasan casi inadvertidas. El progenitor que se desengancha progresivamente del procedimiento suele generar menos inquietud técnica. Menos fricción institucional. Menos sensación de amenaza organizativa. El insistente incomoda mucho más porque obliga continuamente al sistema a responderse a sí mismo.

Y eso tiene consecuencias.

Porque llega un momento en que cualquier conducta empieza a confirmarlo todo. Si envía muchos mensajes, control. Si mide palabras cuidadosamente, calculador. Si expresa desesperación, desregulación emocional. Si intenta mantenerse contenido, frialdad afectiva. Algunos informes trabajan con hipótesis tan absorbentes que convierten cualquier comportamiento posterior en material confirmatorio.

Lo más inquietante suele aparecer en detalles pequeños.

Padres preguntando antes de una visita supervisada si pueden llevar regalos “sin que se interprete mal”. Hombres revisando durante segundos cada frase antes de responder en entrevista clínica. Personas completamente pendientes de parecer emocionalmente adecuadas delante de técnicos que ya llevan meses observándolos bajo sospecha relacional más o menos explícita.

La espontaneidad desaparece rápido en estos procedimientos. Lo que queda es conducta adaptativa defensiva.

Después llegan las conclusiones técnicas. A veces redactadas con una seguridad llamativa para evaluaciones donde apenas se exploran hipótesis alternativas. Se habla de “patrones controladores” cuando quizá lo que hay es un sujeto psicológicamente atrapado en incertidumbre afectiva crónica, intentando recuperar sensación mínima de influencia sobre una relación paterno-filial que percibe desmoronándose delante de él.

No todos los padres insistentes son sanos, desde luego.

Pero la facilidad con la que algunos contextos judiciales convierten la persistencia paterna en indicador clínico negativo empieza a resultar difícil de ignorar cuando uno lleva suficientes años leyendo expedientes. Especialmente porque la propia estructura del procedimiento favorece exactamente las conductas que luego serán reinterpretadas como disfuncionales.

Meses sin respuestas claras.

Restricciones cambiantes.

Contactos limitados.

Información fragmentaria.

Supervisión constante.

Y después sorpresa institucional porque el sujeto desarrolla hipervigilancia relacional.

Como si el sistema pudiera producir ansiedad obsesiva de vínculo durante años y luego observarla desde fuera con gesto técnico, anotando serenamente que el evaluado “presenta elevada necesidad de control interpersonal”.