JUC


Estos días se está hablando mucho de absentismo y desde muchas perspectivas, además. Es un tema que creo conocer algo y sobre todo desde la vertiente más práctica y pragmática, puesto que lo he tratado y vivido tanto desde el ámbito de la asesoría jurídica, como desde el de la práctica judicial y además en mi condición de letrado de empresa, de trabajador y de Mutuas y empresas colaboradoras en la gestión. Es decir, desde todos los puntos de vista de las relaciones laborales y de Seguridad Social.

Ceñiré mi exposición al absentismo que deriva de accidente de trabajo, enfermedad profesional, enfermedad común y/ o accidente no laboral. Y reitero que todo cuanto manifieste a partir de ahora, procede de mi experiencia práctica sin otras consideraciones. Dejo para los eruditos la cosa más académica y doctrinal.

Sabido es que España es casi campeona mundial en este tipo de absentismo y cierto es también que al respecto se están proponiendo toda clase de soluciones, algunas claramente descabelladas y alejadas de la realidad y otras francamente bien intencionadas, pero con pocas posibilidades de conseguir alguna cosa realmente tangible.

A mi modestísimo juicio – y sé que empiezo fuerte – uno de los operadores que más absentismo genera es, precisamente, quien más víctima se considera de este fenómeno. Y no son los trabajadores. Es el mismísimo mundo empresarial y más en un país como el nuestro que cuenta con un tejido productivo sostenido por la pequeña y mediana empresa. Una empresa genera absentismo, cuando omite todo tipo de prevención de riesgos laborales o, simplemente, trata esta materia como una simple carga burocrática más. La ignorancia o el pasotismo preventivo, sobre todo en lo que concierne a los riesgos ergonómicos y los psicosociales, generan multitud de accidentes laborales y de patologías que pueden ser también consideradas accidente de trabajo o enfermedad profesional, a pesar de que, en las más de las ocasiones, son fenómenos que luego engrosan las estadísticas de las patologías de origen supuestamente común. A modo de ejemplo y para no hacer un pormenorizado estudio casuístico, voy a referirme a un tipo de situaciones que inciden cada vez más en los índices de absentismo. Son todas aquéllas que derivan de las relaciones interpersonales en el seno de la empresa: Una mala gestión de este tipo de relaciones, genera absentismo a raudales. Y aquí caben todas las situaciones de acoso laboral, sobrecargas de trabajo, decisiones arbitrarias, ordenes de trabajo sin sentido, rencillas personales, abusos de autoridad… y el etcétera que se quiera al respecto. La poca o nula atención que se presta a estas cuestiones en muchas empresas, incide, cada vez más, en la generación de patologías de orden psicológico, que además generan procesos de Incapacidad Temporal de larga duración y peor solución. También pueden propiciar bajas más cortas, cuando el afectado simplemente utiliza la baja a modo de refugio, para alejarse de la empresa mientras existe la situación de conflicto o de sinrazón.

Otro factor que incide directamente en el absentismo – y no como generador del mismo – pero si como responsable de la larga duración de los procesos, es la gestión que se hace desde los Servicios Públicos de Salud. De una parte, por otorgar bajas médicas con una alegría que a veces quita el hipo y de otra por tener y mantener procesos de forma cuasi eterna, bien por esperas en la realización de pruebas e intervenciones quirúrgicas, bien por dejar transcurrir el tiempo, sin prácticamente proporcionar ningún tipo de tratamiento real y efectivo al paciente. He visto y vivido a la largo de mi vida profesional, multitud de casos en los que el trabajador afectado pasa meses y meses sin tratamiento alguno conocido, quedando relegada toda acción terapéutica a una simple receta cargada de múltiples fármacos que a veces, incluso, no se retiran cuando ya no tiene sentido alguno tomarlos. Los efectos de este tipo de situaciones son devastadores para las personas afectadas. No miento cuando puedo afirmar que he conocido muchos casos en los que una persona medianamente sana, sufre un determinado percance de salud que no llega a resolverse en meses y meses, cayendo al final en situaciones de abandono que provocan estados mentales de graves depresiones que en ocasiones incapacitan definitivamente al trabajador para volver a ser productivo. Yo mismo he llegado a vivir este tipo de situaciones y recuerdo que en una ocasión, casi tuve que pelearme con el médico para que me diese el alta médica. Me constan situaciones parecidas vividas por familiares y otros conocidos, así como  muchos casos en los que he trabajado en mi  condición de abogado laboralista en ejercicio.

Los trabajadores, por su parte, tampoco escapan de la quema. Se trata de los archiconocidos “absentistas profesionales” que son aquellos expertos en ingeniárselas para generar excusas para no presentarse al trabajo. Pillan todos los permisos que pueden y los que no, se los inventan. Hacen encaje de bolillos con las vacaciones. A la más mínima están en la consulta del médico de cabecera pidiendo la baja y luego tratando de alargarla todo lo que pueden. Dicen haber sufrido accidentes de trabajo que jamás han existido, etcétera… Suelen ser personas reprobadas, incluso, por sus propios compañeros de trabajo, que se aprovechan de las muchas debilidades del sistema para conseguir su objetivo fraudulento: Cobrar sin trabajar. Haberlos ahílos, más de los que sería deseable y desde luego, asumible. Lo triste es que, con un poco de habilidad y cara dura, suelen salir indemnes y habitualmente suelen conseguir sus indignos propósitos.

Éste es, a mi modestísimo entender, el panorama real del absentismo en nuestro país: Un tejido empresarial que no suele estar por la labor preventiva y que gestiona poco y mal, las relaciones interpersonales. Un sistema público de salud extraordinariamente permisivo tanto en la concesión de bajas como en la omisión de dar altas cuando toca y que tiene extraordinarias limitaciones de medios para atender eficazmente a la población. A todo ello, hay que añadir el fraude y el engaño propios del ADN nacional, que acaba de dar la puntilla para conseguir ese preciado primer puesto en podio del absentismo mundial.

Mucho se habla también de soluciones. Y se han hecho propuestas de todo tipo. Yo solo voy a hacer una: Bastaría con que todos los implicados cumplan con sus obligaciones legales o que alguien se ocupe de hacerlas cumplir de verdad. Esto solo bajaría el absentismo a niveles mil veces más soportables. No hace falta mucho más. Tenemos un marco legal mejorable, es cierto, pero si el mismo se aplicase de verdad otro gallo cantaría y no estaríamos donde estamos. Somos mucho de hacer leyes, para luego no cumplirlas y no cumple el empleador que pasa de la prevención de riesgos laborales, tampoco lo hace el médico de familia que expide una baja “a la carta” sin siquiera explorar al trabajador. Menos aún un sistema sanitario saturado que puede tardar semanas en hacer una simple radiografía. Y no digamos ya de los reyes del fraude y el engaño. Mientras todo esto siga ahí, esto no tiene ni tendrá remedio.

De hecho y en la práctica siempre me ha chirriado una sola cosa del actual sistema: Y es la pretensión de que los médicos de familia asuman un papel propio de policías, decidiendo sobre baja si, baja no; alta si, alta no. Estos facultativos, por lo general, desconocen las condiciones de trabajo de la gente y, por tanto, acaban dando bajas y altas sin criterios demasiado objetivos, dado que la misma patología puede justificar una baja en determinadas profesiones, pero en otras no, por ejemplo. Además, el médico de familia debe ocuparse de sanar a las personas y para ello, es bueno que establezca una relación de confianza con el paciente, relación que, en no pocas ocasiones, podría romperse si el facultativo es quien firma un parte de alta no querido o consentido por el trabajador. Esta confianza, igualmente, opera en sentido contrario, cuando el médico consiente, por ejemplo, en otorgar una baja médica por causas ajenas a la salud del paciente, es decir, cuando se dan bajas por pura condescendencia hacia el paciente al que se exime de trabajar, simplemente, para que atienda a cuestiones personales, que generalmente, deberían ser resueltas por otros cauces.

Este papel de médico – policía desdibuja la bondad de la propia asistencia médica, propiciando situaciones indeseables y alejadas de la legalidad. En mi opinión, debería explorarse la posibilidad de que el médico de familia se ocupe de hacer su trabajo, que es cuidar de la salud de los pacientes, dejando para otros estamentos la facultad de decidir si tal situación es tributaria o no de una baja o de un alta, según sea el caso. De hecho, ahora mismo ya, multitud de altas son otorgadas o forzadas por los servicios de Inspección Médica y no pocas bajas son igualmente anuladas por el Instituto Nacional de la Seguridad Social en el curso del trámite de expedientes de determinación de contingencia.

De momento, lo dejo aquí. La materia da mucho más de sí, soy consciente de ello. Simplemente, he sentido la necesidad de comentar el tema tratando de aportar algunas pinceladas de mi experiencia práctica sobre el tema porque, honestamente, creo que se está tratando esta materia a partir de datos estadísticos e informaciones deshumanizadas que no reflejan la auténtica y real dimensión del problema. Y sin un buen diagnóstico es muy difícil curar al paciente y erradicar la patología.