Ana Martínez
Teo (A Coruña), 20 sep (EFE).- Trece años se cumplen este lunes de la desaparición y posterior hallazgo del cadáver de Asunta Basterra, un hecho que forma parte de la crónica negra de España y por el que fueron condenados sus padres, Charo Porto, que se suicidó en 2020, y Alfonso Basterra, que ha pedido permiso para salir 3 días de prisión.
El juez de vigilancia penitenciaria está evaluando su solicitud, después de que la Audiencia de Salamanca estimara el recurso de la Fiscalía el pasado mayo y denegara el primero rogado por el condenado a 18 años de cárcel por asesinar a su hija de 12 años en 2013, una pena que cumple en la actualidad en la cárcel salmantina de Topas.
La Junta de Tratamiento del centro esta vez ha votado de manera favorable, por lo que ha elevado la petición al juez de vigilancia, mientras que en la anterior se había opuesto por una amplia mayoría.
Este periodista fue detenido el 25 de septiembre de 2013 e ingresó en prisión provisional el 27 de ese mes. En esa situación estuvo algo más de dos años, hasta que en noviembre de 2015 la Audiencia de A Coruña comunicase la pena que luego confirmaría el Tribunal Supremo.
La condena se impuso tras decenas de periciales, un centenar de interrogatorios y noventa horas de juicio por el crimen de esta niña de altas capacidades que bailaba, tocaba el piano y el violín y se manejaba con cierta destreza en hasta seis idiomas.
Rosario Porto, abogada, se quitó la vida en el penal de Brieva (Ávila) después de haber estado encerrada previamente en A Lama (Pontevedra) y Teixeiro (A Coruña).
Los dos, Charo y Alfonso, quedaron sentenciados en una causa celebrada con jurado popular por la muerte violenta de una menor que pasó casi toda su corta vida con ellos, pues era una recién nacida procedente de China cuando llegó a la casa de este otrora matrimonio.
Su cadáver fue localizado el 22 de septiembre de 2013 por dos viandantes en una cuneta del municipio de Teo, próximo a Santiago de Compostela, y el sórdido final de esta pequeña cuyo rastro se perdió un día antes acrecentó la sensación de orfandad entre todos aquellos que en verdad la querían.
Las incongruencias testificales de Rosario y Alfonso y sus teorías imposibles de probar desencadenaron muy pronto las sospechas, lo que provocó sus detenciones por homicidio, una calificación inicial que posteriormente se elevó.
En el endurecimiento de la condena pesaron las pruebas forenses realizadas a la víctima y que revelaron que era sedada con Lorazepam, un ansiolítico cuyo registro más alto correspondía al día 21, la jornada en la que Asunta desapareció.
Los análisis mostraron significativas concentraciones de este tranquilizante durante el mes de julio de ese año, fecha en la que dos profesoras de música de Asunta detectaron en la alumna un preocupante estado de somnolencia que su familia atribuyó a su supuesta condición de alérgica, patología por la que, decían, estaba en tratamiento. La pediatra siempre ha negado tal padecimiento.
El 19 de noviembre de 2013 se levantó el secreto de sumario y trascendió un auto en el que constaba el convencimiento de que los padres de Asunta tenían un plan acordado para finiquitar su existencia, según el cual él se encargaría de drogarla hasta el aturdimiento para facilitar con ello una asfixia que ejecutaría ella.
La instrucción consideró probado que en el domicilio de Alfonso Basterra -Rosario y él estaban separados- es donde se produjo la ingesta de tranquilizante y, también, que existía una autoría material y otra intelectual "y perversa".
A la espera de la decisión sobre lo reclamado por Basterra y pese al tiempo pasado la pregunta que sigue en el aire continúa siendo la misma, pues la investigación avanzó sin un móvil, con la duda de por qué la mataron.
El recuerdo de la niña que hacía anotaciones de su puño y letra en alemán sobre los márgenes de un libro de Nietzsche sigue presente en la pista forestal donde fue encontrada y un altar la recuerda, pero su voz y su inteligencia la apagaron un 21-S.
