Javier Ruiz Blay: Abogado especializado en delitos económicos y contra la salud pública
Cuando la frase “Odia el delito, compadece al delincuente” aparece un día en tu manual de Derecho Penal de la carrera y, al día siguiente, la ves en una placa de la prisión, la reja se cierra y ahí quedas. Solo ante el mundo de la incertidumbre.
Un preso preventivo es de las cosas más difíciles de gestionar en el Derecho penal, si es que te importa algo la libertad. Y hay muchas maneras de hacerlo y de llevarlo, y cada uno debe encontrar la suya.
Una advertencia: consejos vendo que para mí no tengo y los que me han pedido no los han atendido. Lo cierto es, que con esto no pretendo validar ni ratificar una verdad sino solo ser de utilidad. Así que, si estas palabras resultan de valor no descartes convidar a este letrado que nada puede y nada tiene.
Cómo manejar los tiempos
Lo primero que hay que saber es a controlar cuando se visita y cuando se habla con el cliente. Ir todos los días es correr riesgos, entre ellos, que la relación se enturbie o se disipe. Al final se acaba hablando de cosas que no se debe o se acaba pasando de lo profesional a personal. Y aun no es el momento.
La información que se da al cliente es la misma que determina la presencia. Y siempre estará presente la pregunta sin respuesta que todas las personas hacen ¿Cuándo saldré de aquí?
En los primeros seis meses lo mejor es no esperar milagros, porque durante ese tiempo la actividad instructora suele ser frenética: volcado y análisis de dispositivos, resultado de los registros en domicilios y vehículos, informes económicos, informes valoración de la sustancia, pruebas de orina y cabello, análisis llamadas telefónicas, etc.
Y, lo normal, es que hasta que la Policía judicial no aporta todo, el Juzgado siempre podrá decir que está a la espera del resultado de la investigación por si pudieran aparecer nuevos elementos desconocidos hasta el momento y evitar la destrucción de pruebas.
Que sea difícil lograr la libertad en los primeros seis meses, no significa que no haya que intentarlo, ni que sea imposible. Se logran libertades en recursos de apelación al Auto de prisión, con solicitudes a los dos meses y a los cuatro meses, todo depende de cada asunto, sus circunstancias y las cuestiones jurídicas a discutir.
Además, es bueno presentar solicitudes de libertad y recurrir cuando hay elementos que lo permitan. Es la única forma que jurídicamente tienes de comunicarte con los jueces y con los fiscales. Y aunque te desestimen, si sabes cómo, puedes sacar buen provecho de ello para seguir conversando.
De vez en cuando, algún juez te dirá que por él ya se ha terminado la instrucción o el fiscal te dirá que ya tiene preparado el escrito de acusación y que no piensan en dar libertades. Queda a tu juicio comprobar su verdad.
Volviendo al tema, durante los primeros seis meses de preventivo y si la causa no está en secreto, dependiendo de la complejidad del asunto y también de la logística del desplazamiento, es recomendable ir a prisión una vez por semana o cada quince días.
Pasados los seis meses, las visitas se expanden en el tiempo y pasan a un mínimo de frecuencia mensual. Después de un año de preventiva, es viable ir a prisión solo cuando hay algo relevante o información de utilidad en el asunto. No ir, no significa no informar.
Los tiempos se van adaptando a cada caso. A veces hay personas y asuntos que lo necesitan más y otras menos, lo importante es que siempre sean visitas útiles. Y, a veces, excepcionalmente, ir allí, solo para hablar de lo humano y lo divino, que es tan útil como lo práctico.
La tranquilidad como medio y como fin
Buscar la tranquilidad del cliente también es función del abogado. Empezando por la propia. Acompañando. Eso se consigue de varias maneras, por ejemplo, estudiando y entendiendo el asunto, planteando una estrategia lógica y prometiendo solo trabajo. Siguiendo así los pasos con la prudencia que se merece la gravedad de la situación de privación de libertad.
Además, tenemos una gran ventaja y es que la sola presencia del abogado trae por sí misma tranquilidad al cliente, porque para bien o para mal, somos su única solución y carta para la liberación. Es la queja número uno del preso “mi abogado no viene a verme ni mi abogado no me informa”. Saber aprovecharlo es una ventaja.
Es cierto, que los clientes esperan que en dos días uno conozca a todos los de la causa por su nombre, sepa que ha hecho cada uno y su relación con este, entienda cómo funcionaba todo el esquema y que se demuestre que se está dedicando todo el tiempo y que se domina su asunto. Tranquilidad.
Estudiar el atestado que solicita las entradas y registros o la última diligencia antes de la detención y el de después de las detenciones es un buen aterrizaje. Como salvaguarda, uno puede decir que solo se está estudiando la parte que le afecta a él para luego ver todo en detalle.
La habilidad de un abogado para comprender rápido el asunto y saber qué hacer en los primeros momentos es algo que se aprende con el tiempo. Cada uno tiene su protocolo y forma de trabajar. Ser fiel a uno mismo otorga certeza. La visión a largo plazo te la da lo que sabes, esa es la manera de empezar a construir el camino. Primero sobre el hábito, la técnica, y luego sobre el conocimiento y de vuelta.
La calma nunca llega, quizás, a veces, pasados esos primeros seis meses. Pero la tensión permanece. El cliente siempre querrá saber cuándo. La experiencia puede intuir cifras aproximadas, pero asegurar que en equis meses estará fuera es un préstamo que nadie puede avalar. Porque si no sucede, entonces habrá que recurrir a ciertas argucias y artimañas para salvar el bache. Y esa es una manera de ejercer la abogacía que solo aporta al bolsillo de uno.
Ahora bien, uno es totalmente libre de elegir el tipo de abogado que quiere ser. Hay muchos y de muchos tipos, y todos tienen sus clientes. Es una decisión personal que en nada pretendo alterar ni mucho menos juzgar. Al final las cosas son como son. Cada uno elige el servicio que quiere prestar.
Los rumores que se clavan como espadas
Hay que pensar que, con el comienzo real de la instrucción, normalmente tras alzarse el secreto, muchos abogados llegan mientras otros se van, estudian el asunto -o no-, y empiezan a correr los rumores entre todos los de la misma causa, esto siempre pasa. Uno dice una cosa el otro la otra. Y surgen entonces los doctores honoris causa en Derecho de intramuros o ilustrísimos juristas de módulo.
Mantener un criterio propio es esencial si no se quiere quedar merced de los demás. Y en prisión no hay nada peor. Uno solo puede hablar y defender su trabajo, los demás que hablen del suyo.
Aunque suene repetitivo, remarcar e insistir que cada caso es diferente. Porque es así. Hay asuntos de mil kilos de cocaína con libertades en menos de un año, y otros de un kilo de hachís con fianzas al año y medio y otro al mes y medio. Cada partido judicial, cada Audiencia, cada fiscalía, tiene su forma de trabajar. Y cada asunto, cada persona, presenta unas características que lo hacen diferente.
Actuar pensando constantemente que puedes perder al cliente solo producirá actuar bajo el medio, en vez de hacerlo con la serenidad que la profesionalidad otorga. Dejarse llevar por las prisas por la libertad puede comprometer gravemente el resultado final de un procedimiento.
Los clientes van y vienen, lucharlos manteniéndose fiel a un estilo es una marca valorada. La integridad, es reconocida por ser virtud escasa.
Por eso, una de las primeras cosas que siempre digo a mis clientes que están en preventiva es que van a ir muchos abogados cuando yo no esté, le van a prometer, le van a asegurar, le van a hablar mal de su abogado -que ni le conocen-, le van a decir que conocen a unos y a otros, que son primos de aquellos, que toman copas y bailan con unos y unas, y que le van a hacer temblar de miedo; pero que, al final, es decisión suya creerles, o no hacerlo, y es totalmente libre de decidir comprar sus promesas, pero que, desde luego uno no puede prometer nada más que solo trabajo.
Hay que lidiar con estas situaciones, forman parte del mundo. El enfado, nada aporta, aunque todos somos víctimas de él de vez en cuando. Centrarse en el problema y mantenerse firme, actuar con agilidad y sobriedad, suele traer beneficios. Actuar hoy pensando en mañana.
Las comunicaciones y la familia
Trabajar con inteligencia. Aprovechar los nuevos medios y pedir videollamadas cuando no se pueda visitar al cliente. La comunicación tranquiliza. Y si consigues una reunión sin cristal, mi enhorabuena.
Dar prioridad y contestar a sus llamadas. Controlar cuando contestar y cuando no hacerlo. Alimentar la ansiedad solo la hace crecer. Coordinarse con la familia si no se ha podido contestar la llamada desde prisión. Y manejar la información con uniformidad. Es todo lo que uno puede hacer.
Las llamadas son de ocho minutos y siempre se cuelgan antes de que te dé tiempo a decir y hablar de todo lo que quieres hablar. Así que, estructurar bien las llamadas, organizarse y mantener la calma es primordial. La prisa mata o, si no, cansa. Lo que no se diga podrá ser dicho más tarde o en un rato a la familia.
Es bueno pedir a los clientes que designen una sola persona con la que hablar. Independientemente de que se pueden informar puntualmente a otras personas. Es esencial contar con una persona que esté siempre al tanto y pueda seguir el hilo.
Y siempre, siempre, transmitir lo mismo al cliente y a la familia. Aportar estabilidad, demuestra firmeza y contundencia, la primera defensa que no puede quebrar es la de tu trabajo. Es la mejor manera de evitar malentendidos. Cuando una persona está en prisión recibe la información bajo unas circunstancias difíciles. Paciencia.
Cada visita es como la de un médico que le dice a un paciente que tiene una enfermedad grave. Al minuto de la noticia, se desconecta y ya no oye nada. Por eso informar a la familia es bueno, porque ellos, en libertad, pueden escuchar y atender con atención. Saber apoyarse en ellos es ingenioso.
La presión que ejerce el cliente y su familia es ineludible, solo se puede afrontar y no dejarse coger. Es un error dar las palabras que te exigen y que no se pueden corresponder. Siempre lo intentarán, es humano. Pero ahí reside la fortaleza. Querer dar esperanza hoy solo te pone un límite que puede suponer quedarse sin margen mañana.
El estrés es inherente a estas situaciones, por ese motivo, trabajar con varios presos preventivos de manera simultánea es exigente. La intensidad de trabajo que requiere un preventivo, cuando se quiere trabajar, es considerable. Con cada uno, con cada prorroga, cada reunión, con cada desestimación y con cada libertad, uno deja una parte de sí.
Requieren tiempo y dedicación, y en esta vida, de la que al menos yo solo tengo una, uno ha decidido dedicarle una parte de ella a liberar a alguien de un lugar que no está hecho para las personas. Solo queda pensar que valorando la libertad con seriedad se alcanzara la paz.