JUC


El programa Salvados versó sobre el encuentro entre una víctima de la banda terrorista ETA y un exmiembro arrepentido. El contenido del programa nos acercó a sus historias, incorporando algunos datos adyacentes que considero que no eran necesarios, aunque sí contribuyeron a hacer de él un programa especialmente emotivo. Agradezco que no lo llamaran Justicia Restaurativa, pero, desde luego, a quienes nos dedicamos a ella,  no se nos escapa que intentaron narrar en directo un proceso que, al menos en algunos de sus elementos, guarda una clara relación con la Justicia Restaurativa.

El contenido del programa fue, como he comentado, emotivo y esperanzador. Sin embargo, las formas y, sobre todo, la pedagogía restaurativa que indirectamente están transmitiendo algunos medios de comunicación sobre lo que implica un proceso restaurativo y sanador dejan mucho que desear. Y es precisamente aquí donde creo que merece la pena detenerse.

LA JUSTICIA RESTAURATIVA : ESPACIOS PARA QUE LAS PERSONAS PUEDAN DIALOGAR, SANAR Y ASUMIR RESPONSABILIDADES

El programa no mencionó en ningún momento a la Justicia Restaurativa y, sin embargo, en un mundo donde casi todos los días se habla de esta justicia, aunque muchas veces sin llegar a saber realmente en qué consiste, claramente se intentó visualizar un proceso restaurativo. Lo primero que se pudo observar es que el exmiembro de ETA hacía muchos años que había realizado su propio proceso de responsabilización, sin mediar un proceso restaurativo. De hecho, había sido considerado un traidor por sus excompañeros. El programa trata de humanizar la historia de esta persona, lo cual es loable porque en Justicia Restaurativa solemos decir que somos duros con el delito y blandos con la persona que hay detrás. Sin embargo, hubo momentos en los que, durante la conversación con el presentador, parecía que, en algún punto, se estaba justificando sus acciones. Algo que puede ocurrir especialmente cuando hablamos de delitos de tanta gravedad. Y ahí es donde un verdadero facilitador —no un presentador de televisión, ni siquiera un mediador— busca, mediante las herramientas adecuadas, que el relato de la persona ofensora se desprenda de toda justificación y se centre en su propia historia y en el daño causado. Pero cuando se ejerce una función de pseudo facilitación es difícil controlar estos aspectos, y mucho más cuando se está inmerso en un relato que no deja de ser emotivo y muy duro.

Claramente, esta persona, mucho antes de que se conociera la Justicia Restaurativa en España, ya había asumido la responsabilidad por sus actos, algo esencial para que pueda plantearse un encuentro conjunto con la víctima, que el programa finalmente propició.

Su trayectoria vital demuestra que la responsabilización por los daños causados no es algo rápido ni mágico, como parecen mostrar algunos procesos restaurativos de los últimos años, en los que se presenta casi un encuentro para olvidar, sin profundizar en la comprensión del daño, en su asunción y en el compromiso de reparación. También es un ejemplo de que la participación en Justicia Restaurativa no puede vincularse a la obtención de beneficios penitenciarios, como está sucediendo actualmente con algunos exmiembros de ETA. Claramente, se necesita tiempo. Los procesos restaurativos rápidos y planteados casi como un acto simbólico no pueden abordar la complejidad de las historias de las personas implicadas. El caso mostrado en el programa lo demuestra. La Justicia Restaurativa no es rápida, no es mágica y, mucho menos, puede desarrollarse adecuadamente sin personas con la formación necesaria para comprender y facilitar estos procesos.

Volviendo al programa, también se visualizó la historia de la víctima: una persona que muestra cómo intentó superar el dolor y cómo la vida le llevó a recibir una carta del exmiembro de ETA. Me gustó la idea de que abandonara las asociaciones de víctimas. Siempre he pensado que deben ser un lugar de paso; si una persona lleva veinte años sintiéndose víctima, significa que, de alguna manera, el sistema está fallando y no está ayudándola a superar ese rol.mLo que no veo claro es por qué tuvo que hablarse de politización. Las víctimas son personas que han sufrido un daño. Otra cosa es que, desde la dirección de determinadas entidades, pueda manipularse el discurso, pero no existen «víctimas politizadas»: existen víctimas con distintas necesidades. Y no todas tienen como necesidad perdonar; muchas requieren otras cosas para poder sanar.

La víctima afirma que, tras el programa, sabe que va a recibir críticas. Y no, no se puede criticar a una persona que ha sufrido un daño tan grave por buscar una forma de continuar con su vida y sanar. Lo que sí puede ser objeto de crítica es el contenido del programa y el hecho de que, una vez más, se busque el mismo prototipo de víctima. Esto, lejos de ayudar a la pedagogía restaurativa, genera confusión en la sociedad. De esto me ocuparé más adelante. Ahora me gustaría continuar con el proceso. Entiendo que no lo llamaran Justicia Restaurativa porque no queda claro si el presentador ejerce realmente una función de facilitador o si existe un trabajo previo, que no se muestra, realizado por personas especialistas.

En algún momento se habla de que el exmiembro de ETA ha hablado con una mediadora —otra vez confundiendo mediación y Justicia Restaurativa—. Pero no queda claro si ha existido una preparación previa en la que se haya explorado su historia, su responsabilización y sus expectativas respecto al proceso. En este caso, hubiera sido más sencillo porque su proceso personal estaba hecho y el camino prácticamente recorrido.

Sin embargo, una y otra vez nos olvidamos de que no debemos ser neutrales respecto al daño y que, si se plantea un encuentro conjunto, hay que valorar qué otras necesidades puede tener la víctima para sentirse, si no reparada —la gravedad del delito hace imposible una reparación total—, al menos compensada o aliviada en su dolor, solo se habla de perdón. Respecto de la víctima, ni siquiera se habla de la posible participación de la mediadora, lo cual resulta esencial para que un encuentro conjunto pueda desarrollarse adecuadamente. Con la víctima también hay que explorar su historia, sus necesidades y sus expectativas respecto de la reunión. Pero, una vez más, se habla solamente de perdón. Eso sí, hay algo que considero positivo: al menos se visualizó el perdón como algo personal, en lo que la víctima no es presionada para perdonar.Por fin, parece que se está aprendiendo lo que implica el perdón.

El encuentro no se graba y, aunque se dice que prefieren que haya alguien presente, no queda claro si finalmente lo hay, ya que después del encuentro se habla con ambos y ninguno expresa nada al respecto. Si hubiera participado una facilitadora, creo que se habría hablado de su papel en el encuentro, que no es protagonista, pero sí decisivo. En estos procesos, el facilitador es un guardián de la historia de las personas y acompaña tanto en la preparación como en el posible encuentro conjunto. Me llama la atención que la víctima diga que va a escuchar, puesto que los procesos de este tipo están diseñados para que las personas puedan visibilizar su historia de daño y aquello que necesitan para sentirse mejor o reparadas. El exmiembro de ETA afirma también algunas cuestiones que me hacen dudar de cómo se ha preparado a estas personas; por ejemplo, que pensaba que iba a ser reclamado por la víctima. En la preparación también se abordan las expectativas de la persona ofensora para que sean lo más realistas posibles. Cierto grado de reproche está permitido, pero no hasta el punto de que la persona ofensora acuda con miedo o incertidumbre sobre lo que va a suceder. Por todo ello, no me queda claro qué es lo que realmente ha sucedido en este encuentro: si ha sido Justicia Restaurativa o no, si ha participado una persona formada en la materia y un largo etcétera de preguntas. Lo que sí me quedó claro es que, para estas dos personas, fue profundamente sanador. Sin embargo, mi crítica va en otro sentido: ¿por qué siempre se busca a la misma clase de víctimas? ¿Por qué no se visibilizan otras historias de víctimas que también necesitan sanar y para las que el perdón no es suficiente?

NO HAY UNA ÚNICA HISTORIA NI TODAS LAS VICTIMAS SON IGUALES

De por sí, el programa tenía como objetivo, y así lo manifiesta, mostrar su camino hacia el perdón. No podemos negar que, para esta víctima, el perdón era importante y que, claramente, parte de su reparación pasaba por escuchar las disculpas y aceptarlas.

Sin embargo, el perdón no es un objetivo de la Justicia Restaurativa, porque muchas víctimas, para sentirse reparadas, necesitan otras cosas. La reparación o compensación es diferente para cada persona y debe partir de sus necesidades. Los casos que se nos presentan en televisión y en el cine muestran, una y otra vez, el mismo prototipo de víctima: aquella que necesita el encuentro para poder perdonar. Pero pocas veces se ofrece la visión de otras víctimas, las que requieren mucho más que el perdón para sentirse reparadas y poder sanar. ¿Por qué no aprovechar la responsabilización de algunos exmiembros de ETA para reunirlos, por ejemplo, con víctimas subrogadas que no pueden saber quién fue la persona que las dañó? ¿Por qué no hablar de las distintas formas de reparación que pueden surgir tras un encuentro de este tipo y centrarnos únicamente en el perdón?

La Justicia Restaurativa busca generar espacios para que la víctima sea escuchada y sus necesidades atendidas. Si existe un encuentro conjunto, es la persona ofensora quien debe asumir la responsabilidad y, en la medida de lo posible, atender esas necesidades. Y no siempre es sencillo, porque las formas de reparación pueden ser muy diversas. Que una persona ofensora pueda aportar información sobre otros atentados sin resolver, por ejemplo, puede constituir una forma de reparación para determinadas víctimas. Muchas personas pensarán: «¿Y esto es reparación?». Pues sí, para algunas víctimas, saber que alguien se responsabiliza de los daños causados o poder conocer qué ocurrió realmente puede ser esencial, especialmente cuando llevan muchos años sin obtener respuestas. Y existen muchas otras necesidades que pueden y deben ser atendidas. Pero, desgraciadamente, una y otra vez se buscan historias y víctimas similares. Esto hace que quienes observan estos procesos desde fuera puedan llegar a pensar que la Justicia Restaurativa consiste únicamente en propiciar un encuentro para pedir perdón. Y hay mucho más.Todo dependerá de la víctima y de lo que necesite. La Justicia Restaurativa no decide por las víctimas: las escucha.

Se pierden así oportunidades de visibilizar otras historias y otras formas de reparación, mientras se «vende» la idea de que estos encuentros son sencillos y tienen un único objetivo: perdonar. Además, pedir perdón es fácil: debería comenzar por un «lo siento, ha sido mi culpa, ¿qué puedo hacer para compensarte?». En algunas ocasiones, como en el caso mostrado en el programa, esto puede ser suficiente. Pero en muchas otras, las víctimas necesitarán algo más.

Y, por último, en Justicia Restaurativa la función del facilitador es esencial. No es el protagonista, pero sí una parte fundamental del proceso: prepara a las personas, valora la conveniencia del encuentro, trabaja sus expectativas y facilita el diálogo para que las necesidades puedan ser expresadas y comprendidas.

Y esto lo hace un facilitador formado en Justicia Restaurativa, no un mediador, un periodista, un profesor o cualquier otra persona que simplemente conduzca una conversación.

CONCLUSIONES

La Justicia Restaurativa no puede reducirse a una imagen, por emotiva que sea, de una víctima que escucha unas disculpas y decide perdonar. Detrás de un encuentro restaurativo existe un proceso mucho más complejo de escucha, preparación, responsabilización y acompañamiento. Convertir el encuentro en el principio y el final de todo supone invisibilizar precisamente aquello que hace que la Justicia Restaurativa sea una respuesta diferente al delito. El caso analizado demuestra que la responsabilización de quien ha causado el daño no puede improvisarse ni producirse de manera instantánea. Requiere tiempo, conciencia del daño causado y capacidad para asumir las consecuencias de los propios actos sin justificarlos. La Justicia Restaurativa no puede utilizarse como un atajo hacia la reconciliación, ni como una vía para obtener beneficios, ni como un acto simbólico destinado a cerrar rápidamente una historia dolorosa. Del mismo modo, tampoco podemos construir un único modelo de víctima. No existen víctimas ideales ni necesidades  universales. Para algunas personas puede ser importante escuchar una disculpa y aceptarla; para otras, conocer información que permita comprender lo sucedido, obtener respuestas durante años buscadas, recuperar su voz, ser reconocidas en su sufrimiento o conseguir que quien causó el daño asuma públicamente su responsabilidad. La reparación, por tanto, no puede predeterminarse desde fuera: debe construirse a partir de la historia y de las necesidades de cada víctima.

Aquí reside una de las diferencias esenciales entre una auténtica mirada restaurativa y una aproximación meramente formal al encuentro: la Justicia Restaurativa no decide qué debe necesitar una víctima para sanar; crea las condiciones para que pueda expresarlo. Y cuando existe un encuentro con la persona ofensora, corresponde a esta asumir la responsabilidad y atender, en la medida de lo posible, a las necesidades que hayan sido identificadas. Por eso resulta especialmente importante no confundir Justicia Restaurativa con mediación, ni atribuir a cualquier encuentro entre víctima y persona ofensora la condición de proceso restaurativo. La existencia de un diálogo no convierte automáticamente ese diálogo en Justicia Restaurativa. La preparación previa, la evaluación de la conveniencia del encuentro, la voluntariedad real, la seguridad de las personas participantes, la gestión de expectativas y la protección frente a una posible revictimización forman parte sustancial del proceso.

En este contexto, la figura de la persona facilitadora no es ornamental. Su protagonismo debe ser discreto, pero su responsabilidad es enorme.

Es quien acompaña las historias, ayuda a preparar a las personas, identifica riesgos, evita expectativas irreales y crea las condiciones necesarias para que el diálogo pueda producirse de una manera segura y respetuosa. No sustituye a las personas protagonistas ni habla por ellas, pero tampoco puede ser sustituida por alguien que simplemente conduzca una conversación.También los medios de comunicación tienen una responsabilidad pedagógica. Mostrar experiencias restaurativas puede contribuir a que la ciudadanía comprenda que existen otras formas de afrontar el daño y el delito, pero una representación incompleta puede generar precisamente el efecto contrario. Si solo mostramos encuentros basados en el perdón, estaremos enseñando a la sociedad una versión excesivamente reducida de la Justicia Restaurativa. Y, peor aún, podemos transmitir a otras víctimas la idea de que sanar significa necesariamente perdonar. El perdón puede formar parte de la historia de una víctima, pero no puede convertirse en una obligación moral, jurídica ni restaurativa. Una víctima no tiene que perdonar para avanzar, ni participar en un proceso restaurativo para demostrar que ha superado el daño. La libertad para decidir qué necesita y qué no necesita forma parte de su dignidad y de su autonomía. La verdadera pedagogía restaurativa consiste precisamente en aceptar que no todas las historias terminan igual. Algunas personas necesitarán un encuentro; otras no. Algunas querrán escuchar un «lo siento»; otras necesitarán respuestas. Algunas podrán perdonar; otras nunca lo harán. Y todas esas decisiones pueden ser legítimas. Por ello, si queremos que la Justicia Restaurativa se incorpore de manera seria a nuestro sistema de justicia y a nuestra sociedad, debemos evitar convertirla en una sucesión de encuentros emotivos o en una herramienta de marketing institucional.

Necesitamos procesos rigurosos, profesionales formados, garantías para las víctimas y una concepción de la reparación que no venga predeterminada. En definitiva, la Justicia Restaurativa no consiste en conseguir que una víctima perdone a quien le causó daño. Consiste en devolverle la posibilidad de tener voz, de expresar su historia y sus necesidades y, cuando sea posible y adecuado, de participar en una respuesta al daño que también permita a quien lo causó asumir responsablemente sus consecuencias. Y quizá esta sea la principal lección que deberíamos extraer: la Justicia Restaurativa no ofrece finales felices; ofrece espacios seguros para que las personas puedan construir, desde su propia historia, el final que necesitan.