Segundas parejas, hijos de distintas relaciones y familias reconstituidas están transformando los conflictos hereditarios y obligando a replantear cómo se planifica el patrimonio familiar. Así lo sostiene Abel Marín, abogado especializado en herencias y derecho sucesorio, quien advierte de que muchas estructuras familiares actuales plantean retos que no existían hace apenas unas décadas.
Las familias españolas han cambiado y, con ellas, también lo han hecho las herencias. Divorcios, segundas parejas, hijos de distintas relaciones y nuevas formas de convivencia están generando escenarios sucesorios cada vez más complejos. Durante la rueda de prensa de presentación de la reedición de Protege tu Herencia, el abogado y escritor Abel Marín explicó cómo esta nueva realidad familiar está transformando el reparto del patrimonio y provocando conflictos que exigen una planificación adaptada a las circunstancias personales y afectivas de cada familia.
“Antes eran familias muy tradicionales, pero hoy son mucho más habituales las segundas parejas y las relaciones anteriores, estén casadas o no”, señala Abel Marín, abogado especializado en herencias y socio fundador de Marín Mateo Abogados.
Cada vez son más frecuentes los casos en los que una persona ha tenido hijos con una primera pareja, ha rehecho posteriormente su vida y ha vuelto a tener descendencia. Estas situaciones forman parte de la realidad cotidiana, pero pueden generar tensiones importantes cuando llega el momento de distribuir el patrimonio.
“Todo eso genera tensiones bastante fuertes, propias de la vida. No estamos señalando nada que no veamos con nuestros propios ojos”, afirma Marín.
El patrimonio y la familia no son una foto fija
Uno de los principales errores, según el abogado, es entender el testamento como una decisión definitiva. Las relaciones familiares evolucionan, el patrimonio puede aumentar o disminuir y las necesidades de cada miembro de la familia también cambian.
“No es lo mismo tener treinta años que cuarenta, cincuenta, sesenta u ochenta. Los hijos pueden ser pequeños, puede no haber hijos, puede haber obligaciones financieras o pueden aparecer deudas”, explica.
A estas circunstancias se suman nuevas relaciones, separaciones, nacimientos o problemas económicos de alguno de los descendientes. “El patrimonio no es una foto fija. Es una foto que va cambiando, que puede ir a más o a menos”, sostiene Marín.
En determinados casos, las deudas de un heredero pueden poner en riesgo los bienes que reciba. Por ello, el especialista recomienda abordar estas situaciones con transparencia: “Cuando hay una herencia nos afecta a todos porque, de repente, todos somos socios de un patrimonio. Lo que haga tu hermano o tu hermana puede afectarte a ti, y viceversa”.
Relaciones familiares y nuevas tensiones
Las nuevas configuraciones familiares también hacen más visibles las diferencias en la relación que cada hijo mantiene con sus padres. La cercanía, la disponibilidad para prestar cuidados o las circunstancias personales pueden provocar que unos descendientes estén más presentes que otros durante los últimos años de vida.
Esta realidad puede generar expectativas diferentes sobre el reparto y aumentar la influencia del familiar que permanece más cerca de la persona mayor. “Es muy habitual la influencia de algunos familiares sobre los padres. Dicho en cristiano, que le coman la cabeza a una persona mayor que se siente desprotegida o abandonada”, advierte.
Marín considera que el sistema de legítimas mantiene una función protectora, aunque defiende una mayor flexibilidad. “En algunos casos, las legítimas no tienen ningún sentido. Tendría más sentido flexibilizar y ampliar las causas de desheredación, porque ahora son muy estrictas”.
La vivienda concentra buena parte de los conflictos
La complejidad familiar se hace especialmente visible cuando la herencia incluye inmuebles. La vivienda de los padres, la casa del pueblo o el apartamento familiar incorporan una carga emocional que supera su valor económico.
Algunos herederos quieren conservar estas propiedades, mientras otros prefieren venderlas o evitar sus gastos de mantenimiento. También pueden surgir dificultades cuando uno de los hijos ya vive en la vivienda o cuando ninguno dispone de recursos para compensar económicamente al resto.
El abogado resume una de las dinámicas más habituales: “Lo que yo me quiero quedar lo valoro más barato y lo que los demás se quieren adjudicar lo valoro más caro”.
En ausencia de instrucciones claras, estas diferencias pueden bloquear el reparto durante años y agravar la distancia entre hermanos. Por ello, Marín defiende que las posibles soluciones queden previstas con antelación, aunque no satisfagan completamente a todos los herederos.
Repartir todo por igual no siempre funciona
Adjudicar todos los bienes a todos los herederos por partes iguales tampoco evita necesariamente los problemas. Cuando varios hermanos pasan a ser copropietarios, sus prioridades pueden cambiar con el paso del tiempo y generar desacuerdos sobre el uso, los gastos o la venta de los inmuebles. “Pasan diez años y algunos ya no van porque no pueden, otros porque no quieren, otros van demasiado y otros se apropian del espacio. Hay gastos que pagar y esas cosas suceden”, señala.
La planificación debe contemplar no solo cómo se efectuará el reparto tras el fallecimiento, sino también las consecuencias que esa decisión puede tener años después.
El conflicto también alcanza a las empresas familiares
En los negocios familiares, el reparto de participaciones puede enfrentar a descendientes con grados de implicación muy diferentes. Uno de los hijos puede haber trabajado durante años en la empresa, mientras otros han desarrollado carreras profesionales independientes.
Según Marín, dividir una sociedad por partes iguales no garantiza su continuidad. Una distribución mal planificada puede conceder capacidad de decisión a familiares que no conocen el negocio o que tienen otros intereses.
“Normalmente, lo que quiere el testador es que la empresa no cierre, que no despida, que mantenga su evolución, que crezca y, sobre todo, que su familia no se rompa por ese motivo”, afirma.
Hablar antes de que sea demasiado tarde
Pese a la transformación de las familias, hablar de herencias continúa siendo un tabú. Muchas personas interpretan cualquier pregunta sobre el testamento como una muestra de interés por los bienes o una anticipación incómoda del fallecimiento.
“Le preguntas a tu padre si ha hecho testamento y seguro que piensa: ‘¿Qué pasa, ya estáis esperando a que falte para repartir los bienes?’”, explica Marín.
Sin embargo, el testamento no solo permite distribuir el patrimonio. También ayuda a proteger a hijos menores, personas con discapacidad, parejas o descendientes con circunstancias económicas especiales.
Marín sitúa en torno a los 45 años, especialmente cuando existen hijos, un momento razonable para comenzar a planificar la sucesión, aunque insiste en que cada situación debe analizarse individualmente. “A mayor edad, mayor necesidad. Y, a veces, no hacerlo se convierte en una urgencia”.