Santiago Milans del Bosch. Fiscal y magistrado especialista en lo contencioso-administrativo, en excedencia Abogado Codirector de Milans Del Bosch & ITL, Abogados y asesores. Como en tantos despachos de abogados -y no sólo los “grandes despachos”- la evolución de Cuatrecasas constituye uno de los ejemplos más significativos de la transformación de la abogacía española en las últimas décadas.
Desde sus orígenes como una prestigiosa boutique fiscal en Barcelona y Bilbao hasta su consolidación como firma internacional de primer nivel, el recorrido del despacho se explica por una combinación de excelencia jurídica, visión estratégica y, sobre todo, por la impronta personal de quienes han asumido en cada etapa la responsabilidad de dirigirlo y de quienes se entregaron a prestar, con todo su tiempo e ilusión, los servicios jurídicos que la sociedad exigía en un constante cambio normativo y de relaciones comerciales.
Mi incorporación a Cuatrecasas se produjo en 1997 tras una primera etapa de diez años en el ejercicio público, iniciada en las Fiscalías de las Audiencias de Santa Cruz de Tenerife y de Madrid, y continuada posteriormente como magistrado especialista de lo contencioso-administrativo en el Tribunal Superior de Justicia de Cataluña y en la Audiencia Nacional. El paso a la abogacía privada vino impulsado por Albert Raventós y Luis Jordana de Pozas, en un momento en que el despacho atravesaba una etapa de crecimiento acelerado y profundos cambios organizativos.
A ambos los conocía de mi etapa en Barcelona y en Madrid. Aquella fase coincidió, además, con el traslado de la oficina de Madrid -de la calle Antonio Maura al palacete de Velázquez, símbolo visible de la nueva dimensión que iba adquiriendo la firma. No se trataba solo de un cambio físico, sino de la expresión de una transformación más profunda en la estructura, la ambición y el posicionamiento del despacho en el mercado jurídico nacional e internacional.
Mi incorporación se produjo inicialmente como consejero, lo que me permitió integrarme progresivamente en la dinámica interna del despacho. Ese paso previo fue determinante y desembocó, a los dos años, en mi propuesta y nombramiento como socio de la firma.
Desde ese momento pude estar algo más cerca de quienes dirigían el despacho y participar de forma directa y continuada en congresos internos, juntas y reuniones de distinto nivel, tanto en España como en el extranjero, aunque siempre las grandes decisiones eran ajenas a los socios de cuota que no alcanzan los porcentajes adecuados para hacer valer sus iniciativas, como en toda sociedad mercantil.
Esos encuentros tuvieron lugar en Madrid, Barcelona, San Sebastián, Sevilla, etc. y en lugares especialmente escogidos de España, así como en Portugal, en una etapa especialmente relevante en la que se iniciaron las primeras relaciones con los despachos lusos Gonçalves Pereira y Castelo Branco, contactos que con el tiempo culminaron en la fusión en una única firma ibérica.
Aquella experiencia puso de relieve la complejidad jurídica, cultural y organizativa que supone integrar proyectos profesionales similares, pero, a su vez, distintos bajos una estructura común. Recuerdo con mucho cariño esta etapa en la que conocí y hablé tantas veces con Pedro Cuatrecasas, un gran abogado y “todo un señor”, padre de Emilio, que le sucedería en la presidencia del despacho.
Un referente de la abogacia
El ser socio me permitió conocer de manera cercana el trabajo cotidiano de Rafael Fontana, primero como mano derecha de Emilio Cuatrecasas y, posteriormente, ya en su condición de presidente ejecutivo de la firma.
La figura de Fontana resulta esencial para entender la consolidación del despacho. Si Emilio aportó la visión de futuro y el impulso creativo, Rafael aportó la estructura, la continuidad y la capacidad de hacer viable en el tiempo una firma en permanente expansión.
Su profundo conocimiento de la organización y de los derroteros —a menudo complejos— que iba tomando la firma fue decisivo en un entorno jurídico y económico cada vez más cambiante, en el que gobernar una estructura de estas dimensiones y en constante expansión exigía, además, una especial delicadeza y acierto en cuestiones “de personal” -coincidiendo con la implantación en la abogacía del “régimen laboral especial”-, al que no es ajena la política de reconocimiento profesional de los cientos de abogados de la firma para su justa promoción interna (en la que no siempre se acierta conciliar mérito, expectativas y equilibrios personales) y la convivencia de distintas generaciones de abogados.
Mi etapa en Cuatrecasas se prolongó durante dieciocho años. Cuando decidí separarme del despacho para crear y fundar mi propio proyecto profesional, tuve la satisfacción de ser designado, junto con Emilio Coco y Pilar Cavero -que alcanzaban la edad estatutaria de jubilación en la firma- socio de honor, destacándose expresamente en mi caso la lealtad y buena fe de mi trayectoria en el despacho. Me emociona recordar este acto durante un consejo celebrado en España, presencial y con conexiones por videoconferencias con las oficinas en el extranjero.
Hoy, bajo la dirección conjunta de Luis Pérez de Ayala y Javier Fontcuberta, Cuatrecasas continúa su andadura apoyada en los cimientos construidos a lo largo de décadas y siempre con nuevos retos (teletrabajo, posible entrada de capital riesgo, fusiones, expansión en n nuevos territorios y mercados, etc), en la que no es posible o referirse a la dirección que llevó a cabo Rafael Fontana y que ha hecho posible algo impensable hace años: que el nombre de Cuatrecasas sea un referente en el mercado jurídico español e internacional.
Mantengo -¡claro!- mis relaciones de amistad con los abogados de la que fue mi firma y lugar de trabajo durante tantos años -también coincido en estrados, en el mismo o distinto “lado procesal”- aunque ahora mi camino profesional prosigue en un despacho “más pequeño”, propio, integrado por magníficos abogados, dos de los cuales son hijos míos, en un enriquecedor intercambio generacional.
Ese proyecto se integra hoy en la firma Milans Del Bosch & ITL Abogados y Asesores Tributarios, como expresión natural de una forma de entender la abogacía basada en el rigor jurídico, el trato directo y personal, la experiencia y el respeto a la identidad profesional de cada abogado.
Haber conocido a Rafael Fontana, fue, sin duda, aparte de un honor, todo un lujo, que me ha servido para tanto en mi vida profesional, en la que sigo en activo. Y esto siempre es para estar agradecido.
