JUC


Estos días vemos en directo o a través de los medios, un montón de procesiones. Para un abogado, esto de procesionar es algo que hacemos todos los días. Nuestra forma de procesionar o procesar (por proceder o procedimiento), es diaria y empieza cuando salimos de casa por la mañana, cargando, en lugar de un paso, una inmensa y pesada mochila llena de expedientes supuestamente digitalizados. Ahí empieza nuestra penitencia del día. Luego viene lo de rezar para encontrar aparcamiento en las inmediaciones del Juzgado, a poder ser, gratis. Si uno opta por el transporte público, las oraciones son para invocar al santo asiento, para que nos permita depositar en él nuestras, generalmente, patéticas posaderas.

Como si fuese el domingo de ramos, hacemos nuestra entrada triunfal en el Juzgado saludando a amigos y conocidos, aunque no siempre nos reciben, precisamente, con palmas. Y luego vamos a ponernos la toga, que es nuestra particular túnica. Negra, sobria y de funeral como pocas.

Nuestra procesión sigue su camino en adivinar si tenemos que ir primero a la oficina Judicial o directamente a la Sala. Luego vienen las paradas, esto es, la eterna espera por saber cuándo vamos a entrar en Sala. Esto sí, nadie nos canta una saeta. Esto viene luego, que es cuando el contrario nos dedica toda una aria.

La cosa culmina con el visto para sentencia, volvemos al despacho y… luego tenemos que tragar con el sapo de la sentencia desfavorable.

Para nosotros, todo el año es Semana Santa. Lo malo es que no siempre suele haber domingo de resurrección