Este pasado domingo, día 19 de octubre, conocemos la triste noticia del fallecimiento del ilustre jurista, profesor, académico y amigo que ha sido Andrés de la Oliva Santos, uno de los procesalistas más destacados de los nacidos en el siglo pasado y de cuyas enseñanzas se han beneficiado gran número de alumnos que tuvieron la gran fortuna de recibir sus clases, principalmente en la Universidad Complutense de Madrid.
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Por Antonio Salas Carceller. Magistrado Emérito del Tribunal Supremo |
Había nacido Andrés en Madrid el día 6 de febrero de 1946. Cursó sus estudios de Licenciatura y Doctorado en Derecho en la Universidad de Navarra, donde tuvo como maestro al muy querido y admirado don Jorge Carreras Llansana, catedrático de Derecho Procesal; y me atrevo a decir que esa circunstancia que significaba el magisterio del profesor Carreras debió influir decisivamente en la elección de la especialidad y vocación, docente e investigadora, del entonces discípulo Andrés de la Oliva.
Así lo puso de manifiesto otro ilustre jurista, don Manuel Olivencia Ruiz, al contestar al discurso pronunciado -por quien ahora nos deja- con ocasión de su ingreso como académico de número en la Real Academia de Jurisprudencia y Legislación de España (medalla nº 28) el día 12 de enero de 2015.
Conocí personalmente al profesor de la Oliva en los primeros años de la década de los 90 cuando, siendo él vocal del Consejo General del Poder Judicial, tuvimos la fortuna quienes, en ese momento, ejercíamos como jueces en Murcia de que le fuera asignado especialmente ese territorio en el reparto que normalmente se hacía entre los vocales del Consejo.
También debo mi proximidad personal y profesional a Andrés a otro destacado procesalista como es el profesor don Fernando Jiménez Conde, catedrático de Derecho Procesal en la Universidad de Murcia hasta hace pocos años, en que se produjo su jubilación por edad.
Fernando Jiménez Conde, con quien tengo la satisfacción de compartir hoy trabajos en la Real Academia de Legislación y Jurisprudencia de Murcia, prolongando así ambos nuestros quehaceres jurídicos, fue siempre un gran organizador de eventos para el estudio y profundización en el Derecho Procesal, que se celebraban fundamentalmente en Murcia y en los que congregaba siempre con especial acierto a los mejores procesalistas de toda España, entre los que -lógicamente- siempre se encontraba el profesor de la Oliva.
En estos últimos años, estando yo destinado en Madrid, otro gran amigo desde la niñez, Jesús Galera Sanz, compañero de Andrés de la Oliva en el Consejo jurídico madrileño y mío desde el colegio, nos reunía a los tres de vez en cuando a comer en algún restaurante madrileño donde disfrutábamos conjuntamente de la gran personalidad de Andrés, su saber jurídico y del fino sentido del humor del que hacía gala, privilegio inalienable de las personas inteligentes.
Desde hace muchos años siempre esperaba yo que, en alguna renovación del Tribunal Constitucional, este órgano -tan necesitado de personalidades como la suya- se hubiera enriquecido con la presencia del profesor de la Oliva, que a su condición de ilustre procesalista unía también la de experto constitucionalista haciendo patente, una vez más, la íntima conexión entre Constitución y Proceso.
No se vio nunca cumplido mi deseo y no quiero pensar que haya sido por su constatada independencia de criterio, incompatible con interferencias políticas indeseables; aunque no encuentro otras razones que justifiquen su preterición para tal función, a no ser que él mismo la hubiera rechazado lo que no me consta.
Andrés había ganado en 1974 las oposiciones a la entonces categoría de Profesor Agregado de Derecho Procesal en la Universidad Complutense. En 1976 ya era catedrático de la disciplina en Santiago de Compostela, en 1979 pasó a la Universidad de Zaragoza, en 1981 a la Alcalá de Henares y por fin, en 1984, a la Universidad Complutense de Madrid, donde le llegó la edad de jubilación.
Fue también vocal de la Junta Electoral Central (1983); vocal del Consejo General del Poder Judicial (1990-1996), como ya se ha dicho, y miembro electivo del Consejo Consultivo de la Comunidad Autónoma de Madrid. Era miembro del Consejo Académico del Institut International pour le Pouvoir Judiciaire de la Unión Internacional de Magistrados. Estaba en posesión -éste sí, con méritos más que suficientes- de la Gran Cruz de la Orden de San Raimundo de Peñafort y era Doctor honoris causa por la Universidad Rey Juan Carlos.
Publicó más de sesenta libros e innumerables artículos en revistas especializadas, en España y en otros países, muchas veces traducidos a otras lenguas. Tuvo una influencia decisiva en el nacimiento de la nueva Ley de Enjuiciamiento civil del año 2000.
Sus Comentarios a dicha ley, junto con los Profesores Julio Banacloche, Ignacio Díez-Picazo y Jaime Vegas, fueron una primicia para el estudio de esa nueva Ley. También hay que destacar sus Lecciones de Derecho Procesal, en cinco volúmenes, con el Profesor Fernández López, el Curso de Derecho Procesal Civil, dos volúmenes, también con los profesores Díez-Picazo y Vegas; y el Derecho Procesal penal, con los Profesores Sara Aragoneses, Rafael Hinojosa, Tomé García y Muerza Esparza.
Especial significación tuvo para mí asistir al ingreso de Andrés de la Oliva en la Real Academia de Legislación y Jurisprudencia de España el día 12 de enero de 2015, con un discurso de una gran originalidad e interés, multiplicado por propia elocuencia de su autor. Lo tituló en latín de la siguiente forma Vigilantibus non durmientibus iura succurrunt y en él se refería especialmente al valor que en el ejercicio de los derechos tiene muchas veces prestar la atención requerida y no confiarse.
Hoy tengo ante mí, a la hora de recordar a Andrés, el texto de su discurso que he releído en varias ocasiones, encontrando siempre nuevos matices e ideas. Haciendo gala de la finura de su humor, dijo al final del mismo lo que sigue: “Espero que, pese a su longitud y defectos, este discurso no haya inducido paradójicamente a muchos de Vds. a un estado de dormición. Mas, si así fuese, ninguno de los adormilados debería ver menoscabada la efectividad de sus derechos y sólo yo merecería reproche”.
Descanse en paz con el cariñoso recuerdo de sus amigos, compañeros y discípulos.

