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Como Decano del Ilustre Colegio de Abogados de Madrid, como compañero y amigo no puedo dejar de expresar mi más profundo sentimiento por el fallecimiento de José Pedro Pérez-Llorca. Son muchísimas las virtudes que atesoraba. Además de ser un extraordinario abogado, eran especiales su señorío y su bonhomía. Siempre estuvo a disposición del ICAM para ayudar en cualquier circunstancia en que se le requería.

Precisamente nombrarle Colegiado de Honor fue un acto de justicia, ya que concurrían en él rasgos de tipo personal y humano que, junto con sus acrisolados méritos profesionales y políticos, le hacían con creces merecedor de la más alta distinción de la Abogacía madrileña.

Tras abandonar el servicio activo diplomático y tras las primeras elecciones de la democracia española, jugó sin duda un papel imprescindible en la esfera pública; y fue decisivo su impulso para la adhesión de España a la Unión Europea o para la firma del nuevo tratado con los Estados Unidos y de entrada de nuestro país en la OTAN.

Como letrado, y tras ser uno de los miembros fundadores del insigne despacho Pérez-Llorca, se instituyó en acreditado experto y en una referencia de primerísimo nivel en los ámbitos contenciosos y del arbitraje. Pero, qué duda cabe que su legado como legislador constituyente y padre de la Carta Magna es el que más ha calado en la sociedad civil.

En efecto, todos debemos mucho a la Constitución. Porque es la obra que culminó la Transición y posibilitó la transformación de la dictadura en un Estado Social y Democrático de Derecho; porque ha ayudado al desarrollo político, económico e institucional de la España democrática; porque ha servido de paraguas al amparo de los principios y valores que deben regir para el buen funcionamiento de una sociedad; porque es una conquista de todos y un aval sustantivo a un largo y difícil camino que tuvimos que hacer con dificultades y sufrimiento; porque es una herramienta de incalculable valor, siempre referencia entre los nada fáciles equilibrios, en ocasiones, entre la libertad y la igualdad, entre la preservación de derechos individuales y respeto por el bien común, entre el reconocimiento de los derechos diferenciales y la lealtad institucional al Estado.

Nunca deberíamos perder de vista lo que quienes alumbraron aquel monumento jurídico hicieron en términos de esfuerzo, de generosidad, de altura de miras, de sacrificio a sus propias ideas e intereses particulares. La Abogacía madrileña, que me honro en representar, tendrá siempre una deuda de gratitud hacia ese gran abogado que fue José Pedro Pérez-Llorca.  Descanse en Paz.

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