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Hay algo profundamente paradójico en nuestra relación con el fracaso económico. Admiramos al emprendedor que se levanta después de caer, celebramos las historias de superación y repetimos aquello de que “equivocarse es humano”. Pero cuando las deudas aparecen y la insolvencia llama a la puerta, la sociedad suele mostrarse mucho menos comprensiva. De pronto, el error deja de ser una lección y se convierte en una condena.

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