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Pocas cláusulas se leen con menos atención y deciden tanto como las de responsabilidad. Van casi siempre al final del contrato, redactadas en un lenguaje que parece rutinario. Y, sin embargo, son las que determinan quién paga —y hasta qué límite— cuando el programa deja de funcionar, cuando el sistema pierde datos o cuando un modelo de inteligencia artificial genera un resultado erróneo con consecuencias reales. En la contratación de software y, más aún, de soluciones de IA, comprender estas cláusulas ha dejado de ser un asunto técnico reservado a los departamentos jurídicos: afecta a cualquier empresa o profesional que incorpore estas herramientas a su actividad diaria. 

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