JUC


Ana Isabel Gutierrez, autora de este articulo “Prohibir tiene ventajas políticas y domésticas: es rápido, es contundente, se puede anunciar con una frase. Educar, en cambio, es lento y desgastante. Prohibir puede parecer seguridad, pero educar, aunque sea más caro y menos vistoso, suele ser la inversión que realmente inmuniza”

La propuesta de “prohibir las redes sociales” hasta los 16 años no solo ha sido un titular de los últimos días, también suele aparecer cada vez que un caso dramático salta a los titulares: acoso, autolesiones, sextorsión, retos peligrosos o adicciones digitales. Es comprensible. Cuando algo asusta, la reacción más humana es cortar por lo sano.

   
 

Ana Isabel Gutiérrez Salegui, psicóloga forense

 
     

Y, sin embargo, cuando hablamos de menores, ese mecanismo de protección puede ser contraproducente, yatrogénico que diríamos los psicólogos, porque lo prohibido se “tabuiza” y puede convertirse en algo mucho más atrayente, sin contar que cuando abriéramos las compuertas del mundo 2.0 en la adolescencia, uno de los momentos más vulnerables del ser humano porque aun no ha desarrollado la personalidad y su autoestima, autocepto y autoimagen están en plena configuración, el impacto y la posibilidad de desarrollar una conducta adictiva seguirían estando ahí.

La pregunta real no es solo si “prohibir” es adecuado, sino si es lo más inteligente para proteger y, a la vez, preparar.

Negar que existen riesgos sería ingenuo. Las redes sociales no son un “espacio neutro”: están diseñadas para maximizar permanencia, interacción y exposición a estímulos. En un adulto eso ya puede generar dependencia conductual; en un menor, cuyo sistema de autorregulación todavía está en construcción, el impacto suele ser mayor.

Las plataformas funcionan con recompensas intermitentes: notificaciones, “me gusta”, mensajes, contenidos infinitos. Este tipo de refuerzo hace que el hábito se consolide con facilidad. Es la “arquitectura de la adicción” diseñada para la pérdida de control del hábito, incluso en adultos. El problema no es que un adolescente use redes, sino que pierda la capacidad de decidir cuándo entra y cuándo sale. Cuando el uso deja de ser elección y se vuelve impulso, el coste aparece: sueño recortado, peor atención, irritabilidad, ansiedad anticipatoria y lo que ellos denominan FOMO que no es otra cosa que el miedo a perderse algo importante.

La adolescencia es la etapa de “¿quién soy?” y “¿cómo encajo?”. Las redes pueden intensificar la comparación social: cuerpos, estilos de vida, popularidad cuantificada, éxito editado. Para una mente que aún está formando su autoestima, esta exposición puede crear una idea distorsionada de valía personal. No es solo “quiero verme mejor”, sino “si no soy así, no soy suficiente”. También puede generarles una incorrecta escala de valores sobre qué es lo importante en la vida e influir en sus expectativas y deseos. Ahí tenemos los trastornos de la imagen corporal y la alimentación, la adicción a la cirugía, el pensar que crearse un only fans es sinónimo de éxito y que la satisfacción se consigue acaparando dinero y convirtiendo la vida privada en un escaparate de la ostentación.

Respecto a los contenidos violentos no es necesario indicar que los niños pequeños aprenden también por imitación y que la exposición a la violencia normaliza la misma interiorizando dichas conductas como incluso deseables en función de la popularidad que creen que les puede reportar´.

En cuanto al acoso, este siempre ha existido, pero las redes añaden tres ingredientes peligrosos que multiplican su virulencia por mil: permanencia, audiencia y acceso constante. No solo no hay refugio al llegar a casa sino que tampoco termina nunca porque siempre queda en las redes a no ser que el autor los elimine. Además, aparece el control coercitivo digital: exigir contraseñas, vigilar conexiones, manipular con amenazas de difusión de imágenes. El daño psicológico no depende solo del hecho, sino de la sensación de indefensión y la exposición continua.

Normalizar conductas irregulares

El sexting adolescente no es, por definición, patológico: puede ser exploración. El problema es la falta de madurez para anticipar consecuencias: reenvíos, chantajes, consentimiento dudoso, presión del grupo, y el enorme impacto emocional cuando algo íntimo se vuelve público y la falta de empatía, otra vez ausencia de educación esta vez emocional, por parte de quien lo lleva a cabo. Los riesgos  más graves los tenemos otra vez con la normalización de conductas sexuales y con la manipulación de adultos (grooming) a menores con el fin de abusar de ellos.

Los algoritmos no educan: empujan hacia lo que engancha. Eso puede incluir contenido sexual explícito, violencia, discursos de odio, autolesiones, trastornos alimentarios o retos temerarios. El menor no solo consume: aprende qué es “normal” viendo lo que se repite, lo que se premia y lo que se celebra.

Hasta aquí, el cuadro parece justificar una prohibición total. Pero hay un problema: la prohibición no elimina el deseo ni enseña habilidades; solo aplaza el contacto o lo empuja a la clandestinidad.

Si el debate fuera tan simple como “redes = peligro”, sería fácil decidir. Pero la realidad es más ambivalente: las redes también son un espacio donde los menores encuentran recursos, comunidad y oportunidades que, bien gestionadas, pueden ser valiosas.
Para adolescentes con intereses minoritarios, timidez, neurodivergencia, enfermedades crónicas o experiencias de aislamiento, las redes pueden ser un puente de pertenencia: “hay gente como yo”. Ese sentimiento de no estar solo puede reducir sufrimiento y, en algunos casos, facilitar pedir ayuda.

Hay menores que aprenden idiomas, música, programación, dibujo, edición de vídeo, ciencia, lectura crítica… a través del aprendizaje informal gracias a creadores que enseñan de forma accesible. También es un escaparate para proyectos creativos: escribir, ilustrar, divulgar. No todo es baile y postureo; muchas veces hay vocación y talento que encuentra un canal de expresión.

Las redes pueden ser un espacio de conciencia social: medioambiente, derechos, voluntariado, campañas solidarias. Con guía adulta, pueden ayudar a desarrollar pensamiento crítico y participación responsable y desarrollar el activismo, la ciudadanía digital y la participación comunitaria. No me equivoco si afirmo que en estos momentos muchos nos sentimos orgullosos de estar haciendo avanzar el proyecto de investigación de Mariano Barbacid.

Salud mental y riesgos

Respecto a la Salud mental aunque existe el riesgo ya señalado de contenidos perjudiciales, también hay divulgación seria, testimonios que fomentan pedir ayuda y recursos que orientan. La clave, de nuevo, es el acompañamiento: distinguir información útil de simplificaciones dañinas.

Si aceptamos que hay riesgos y beneficios, la conclusión más razonable no es “barra libre” ni “cierre total”, sino educación + límites + supervisión progresiva.

Prohibir puede parecer una solución limpia: “hasta los 16, nada”. El problema es que la vida no funciona a golpe de decreto. La infancia y adolescencia necesita aprendizaje de autorregulación igual que necesita aprender a comer bien, dormir, estudiar o gestionar dinero. Y ese aprendizaje no ocurre por magia a los 16; se construye antes, poco a poco.

Los menores deben aprender que el uso saludable no depende de fuerza de voluntad infinita, sino de hábitos diseñados: horarios, espacios sin redes (cama, mesa), notificaciones limitadas, y rituales de desconexión.

También deben desarrollar conciencia de la diferencia entre uso, abuso y dependencia. entender, no solo acatar, que hay límites peligrosos. Igual que aprende que el alcohol o la velocidad tienen riesgos, debe comprender que el exceso digital altera sueño, atención, estado de ánimo, autoestima y genera aislamiento social y perdida de experiencias . La conciencia no es moralina: es psicoeducación y la psicoeducación debe estar diseñada e impartida por los profesionales adecuados, esto es los psicólogos/as.

Pero no se trata solo de hacerles conscientes de los riesgos, a lo largo de la infancia y adaptado a su nivel de desarrollo hay que enseñarles habilidades de seguridad y criterio. Interiorizar la importancia de la privacidad, la huella digital, el consentimiento, la gestión de conflictos, detectar la manipulación, reconocer estafas, bloquear, denunciar y pedir ayuda. No basta con decir “ten cuidado”; hay que enseñar el “cómo”. El objetivo no es que no se equivoque nunca, sino que tenga recursos para salir de situaciones peligrosas.

La diferencia entre educación y punición es simple: la punición busca obediencia; la educación busca autonomía responsable. Si solo prohibimos, el día que el control externo desaparece (porque el menor crece, porque tiene otro dispositivo, porque está con amigos), no queda un criterio interior. Solo queda el “por fin puedo”, que muchas veces desemboca en atracón.

El modelado de los adultos: lo que hacemos pesa más que lo que decimos. Aquí llega una verdad incómoda: muchos adultos piden a los menores un autocontrol que ellos mismos no practican. Exigir “no uses el móvil” mientras se responde correos en la mesa, se revisa WhatsApp cada minuto o se hace doomscrolling en el sofá es un mensaje doble: “haz lo que digo, no lo que hago”. Y esto, ya lo conocemos de sobra, nos lleva pasando con el consumo de alcohol y con los hábitos alimentarios, si el mensaje en el hogar es ambivalente la eficacia de la educación para la salud disminuye terriblemente.

El modelado funciona porque los menores aprenden normas emocionales y sociales por observación. Si ven a un adulto que deja el móvil fuera del dormitorio, no interrumpe conversaciones por notificaciones, reconoce cuando se ha enganchado y corrige, usa redes con propósito (informarse, crear, comunicarse) y no como un refugio para escaparse de la realidad,  entonces interiorizan que el autocontrol es posible y deseable. Pero si ven que el adulto vive pegado a la pantalla, la prohibición suena a injusticia y pierde legitimidad. Modelar no es ser perfecto: es ser coherente. Y esa coherencia es una forma de cuidado.

Prohibir y educar dos caras de una moneda

Prohibir tiene ventajas políticas y domésticas: es rápido, es contundente, se puede anunciar con una frase. Educar, en cambio, es lento y desgastante. Requiere programas de educación, concienciar primeramente a los adultos, y que estos aprendan que deben mantener conversaciones repetidas, llevar a cabo la negociación de límites, ejercer una supervisión, implementar la revisión y actualización de normas a medida que el menor crece, realizar acompañamiento emocional y, a veces, tolerar que el menor cometa errores controlados para aprender.

Por eso prohibir seduce: parece una solución sin costes. Pero el coste existe; solo que se desplaza en el tiempo. Se paga después, cuando el menor entra al mundo digital sin entrenamiento, o cuando lo hace escondidas, sin pedir ayuda por miedo al castigo.

Educar es caro porque exige profesionalización, concienciación y presencia de los adultos responsables de la educación y cuidado de esos menores. Y presencia significa tiempo, energía y paciencia. Pero esa “carencia” es también su potencia: la educación construye criterio interno, no dependencia de vigilancia externa.

Este mensaje no es diferente del que llevamos manteniendo desde hace décadas con respecto a la educación sexual emocional o a la prevención del consumo de drogas Aun reconociendo que la prohibición total hasta los 16 puede reducir exposición temprana, la única alternativa que puede disminuir, que no erradicar ya que hay más factores en juego, los problemas dimanados del consumo de TICs en los niños y adolescentes pasa por trabajar desde un modelo formativo en el que haya un acceso gradual, normas claras y revisables (horarios, espacios sin móvil, límites de privacidad). supervisión proporcional a la edad, educación explícita en seguridad digital, consentimiento, huella, conflictos y autorregulación, un modelado adulto coherente. y abordaje especifico de los riesgos que existen: qué hacer si hay acoso, si llega un chantaje, si aparece un contenido sexual, si se sienten desbordados.

El anuncio de la prohibición de las redes ha generado un intenso debate y ocupado múltiples titulares en los medios. Pero el objetivo no debería ser ganar un eslogan, sino proteger sin infantilizar y preparar sin soltar a ciegas. Porque al final, las redes no son solo una herramienta: son un entorno. Y un entorno no se gestiona con miedo, sino con aprendizaje.

Prohibir puede parecer seguridad, pero educar, aunque sea más caro y menos vistoso, suele ser la inversión que realmente inmuniza.