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En el despacho vemos una escena que se repite constantemente: conflictos que podrían resolverse en unas semanas acaban convertidos en procedimientos judiciales que duran años.

Herencias bloqueadas entre hermanos, discusiones por cantidades relativamente pequeñas, enfrentamientos personales que se enquistan y terminan en una demanda. Y cuando pasan tres o cuatro años, muchas veces las partes se preguntan si realmente merecía la pena.

La respuesta, en la mayoría de los casos, es que no.

El problema no es solo jurídico. En muchas ocasiones el verdadero obstáculo está en las emociones, el orgullo o unas expectativas poco realistas

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