Los intocables de Eliot Ness (Brian de Palma, USA, 1987) posee una épica banda sonora escrita por el genial Ennio Morricone quien, como maestro que era, conocía cuando la ausencia de música era necesaria para mantener al espectador en tensión. Así es como la escena del carrito de bebé en la estación de tren (ideada en homenaje a Einsenstein) funciona a la perfección: un carrito que se desliza cuesta abajo entre el caos y un investigador que mantiene la mirada fija mientras el mundo se desordena a su alrededor.
En España no tenemos estaciones de tren con tiroteos coreografiados, no somos el Chicago de los años treinta, ni asistimos a persecuciones en Cadillacs negros; pero sí tenemos escenarios donde el ruido, las presiones y los intereses cruzados provocan un estrépito parecido.
Y en ese paisaje, desde 1987 —año en que se creó como unidad de élite para profesionalizar y centralizar la investigación criminal de mayor complejidad— hay un nombre que no deja indiferente: el de la Unidad Central Operativa de la Guardia Civil (la UCO) y, dentro de ella, el del teniente coronel Antonio Balas.
Desde su nacimiento, la UCO fue concebida para lo que otros cuerpos no podían asumir con solvencia: tramas económicas, crimen organizado, corrupción institucional, infiltraciones empresariales. Delitos que no se combaten con patrullas sino con horas de técnica, análisis financiero y una paciencia casi monacal. Ese diseño inicial —hace ya más de tres décadas— ha terminado convirtiéndola en algo muy parecido a aquel grupo de Ness: una unidad que no se dedica a caer simpática, sino a sostener los cimientos del Estado de Derecho cuando todo lo demás tiembla.
La realidad es que sus investigaciones han atravesado nuestra historia penal reciente como un hilo conductor incómodo. Basta recordar la desarticulación de la red que dio lugar a la Operación Malaya, en pleno estallido de la corrupción urbanística; o la posterior Operación Lezo, que rozó las estructuras autonómicas madrileñas, o la trama de los ERE, que dinamitó al gobierno andaluz.
Todas ellas demuestran que el delito económico no entiende de colores políticos. Son casos que todos recordamos porque, sin la labor de la UCO, nunca habrían llegado a iluminarse con la crudeza con la que finalmente lo hicieron. Por eso, cuando la UCO aparece en un sumario, el país se sacude: unos respiran aliviados, otros se ponen nerviosos. No suele haber término medio.
Balas, por su parte, ha encarnado en estos años el perfil del investigador que prefiere hablar en autos, no en platós (si acaso su intervención en el caso del Fiscal General del Estado -cuya condena conocimos ayer- ha sido el caso en el que ha tenido más visibilidad). Eso tiene un precio: cuanto más impermeable es alguien a las presiones, más ruido generan quienes intentan doblegarlo. Por tal razón, en esta legislatura se ha querido presentar a la UCO como una pieza más en una guerra política, como si sus informes valieran o no valieran en función del Gobierno al que incomoden. Pero es justamente lo contrario: su prestigio se ha construido porque sus conclusiones -como vimos antes- han molestado a todos en algún momento. La imparcialidad no es una declaración, es el historial de la UCO.
Lo que la gente ignora es que sus investigaciones no viven en un laboratorio aislado, sino en el barro de la delincuencia económica real: sociedades que son humo, transferencias que parecen invisibles hasta que dejan de serlo, redes personales que se disfrazan de casualidad o mordidas que se quieren hacer pasar por comisiones legales. Cuando un informe suyo aterriza en un juzgado, la reacción es casi siempre la misma: respeto técnico de quien sabe cómo trabajan y cierta inquietud de quien esperaba pasar inadvertido. Esa mezcla, lejos de ser negativa, es la prueba de que la justicia penal aún conserva mecanismos de defensa reales.
Con este panorama delante, la comparación con Eliot Ness deja de sonar a guiño cinéfilo y adquiere una claridad inesperada. Porque, cuando el paralelismo se vuelve tan evidente, surge sola la pregunta que toca hacerse: ¿quién es nuestro Capone? No es un individuo, ni un partido, ni siquiera una trama concreta. Es un ecosistema: la suma de intereses que se retroalimentan, la mezcla de poder económico, político y social que actúa convencida de que hay figuras “intocables”; de que el sistema se adaptará para no incomodarles. Esa es la soberbia que desactiva la investigación cuando se hace bien. Ese es el verdadero enemigo de fondo.
Por eso el método de la UCO molesta tanto. Porque reduce el margen para la arbitrariedad; convierte la intuición en prueba, la sospecha en hecho y el ruido en evidencia. Y porque, al hacerlo, desactiva tanto las narrativas políticas como las conspirativas. Queda lo que queda siempre: la realidad.
En la película, Ness vence a Capone en un final perfecto, con música solemne y la ciudad redimida. La vida real es más gris. Aquí, la victoria rara vez tiene una escena final: es una cadena de custodia intacta, una conexión contable que desmonta una coartada, una estructura corrupta que se viene abajo porque alguien tuvo la paciencia de seguir el rastro. Nada de planos heroicos. Sólo trabajo.
Quizá por esta razón la comparación Ness-UCO no es sólo metafórica: no se trata de idealizar a nadie, sino de reconocer un tipo de profesional que sabe que su función no es agradar, sino sostener. Como en Los intocables, cuando Ness consigue parar el carrito y el caos se disipa. Elliot sigue en pie: sin grandilocuencias, sin música triunfal, sólo con el peso de haber hecho lo que tocaba.
La UCO, en la vida real, trabaja así: entre empujones, ruido mediático, presiones políticas y escaleras que siempre parecen más inclinadas de lo razonable. No hay planos épicos, pero sí una misma convicción en medio del desorden: que alguien tiene que seguir sujetando el carrito de bebé para que no se estrelle.