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Victor Sunkel. Abogado penalista. Socio director de Sunkel & Paz

En el alegato final de Tiempo de matar (USA, 1996, Joel Schumacher), el abogado interpretado por Matthew McConaughey , Jake Brigance, pide a los jurados de un pequeño pueblo de Misisipi que cierren los ojos, obligándoles a imaginar mediante un relato tan preciso como insoportable el sufrimiento de una niña que ha sido sometida a una violencia difícil de escuchar y aún más difícil de asimilar

Mientras habla, la sala permanece en silencio y quienes deben pronunciar el veredicto dejan de contemplar una sucesión de hechos para comenzar a visualizar a la víctima, percibir su miedo, su indefensión y el horror padecido. Solo entonces, cuando la dantesca imagen ya se ha formado en la conciencia de todos y parece imposible añadir nada que pueda hacerla más terrible, el abogado les hace una última petición: “ahora quiero que imaginen que la niña es blanca”.

El estremecimiento que recorre la sala no procede de que los hechos hayan cambiado (porque siguen siendo exactamente los mismos), sino del descubrimiento de que quienes debían juzgarlos quizá no los habían contemplado del mismo modo por tratarse de una niña negra en lugar de una blanca. Una sola frase revela entonces el prejuicio que permanecía oculto.

Salvando la distancia moral que no admite comparación, voy a tomar prestado el recurso narrativo y les voy a pedir que cierren los ojos.

Imaginen a una persona nacida en una familia sin privilegios, educada por unos padres que entendían el trabajo como una forma de responsabilidad y el estudio como la mejor herencia. Imaginen a esa persona que, mientras sus amigos comenzaban a ganar dinero y construir una vida, decidió dedicar años a preparar en soledad una prueba extraordinariamente exigente, cuyo resultado nadie podía garantizarle, bajo la inquietante posibilidad de que todo aquel esfuerzo al final no valiera de nada.

Imaginen que finalmente esa persona consiguió su propósito y que durante las décadas siguientes desempeñó su trabajo con una responsabilidad que nunca dejó de exigirle estudio, renuncias y muchas más horas de las que figuraban en su hipotético horario; que rechazó oportunidades económicamente más atractivas, formó una familia bajo aquella misma cultura del esfuerzo y trató de cumplir cada día su cometido con recursos escasos.

No dudar de la reputación de los jueces

Imaginen las noches sin dormir por el peso de la responsabilidad y la incómoda conciencia de que un error, incluso involuntario, podía afectar gravemente a la vida de otras personas. Quiero que imaginen que, después de toda una trayectoria profesional intachable, esa persona es señalada injustamente como incompetente, corrupta, sectaria o servidora de intereses inconfesables; que su vida, sus relaciones y sus intenciones están bajo sospecha, no porque haya traicionado sus obligaciones, sino porque una decisión que ha tomado ha disgustado a personas poderosas.

Y ahora quiero que imaginen que esa persona es juez.

¿Ha cambiado algo?

Nada de lo que acaban de imaginar ha cambiado: no ha estudiado menos, no ha trabajado menos, no ha asumido menos responsabilidad, tampoco ha dejado de pasar noches sin dormir por el peso de decisiones capaces de alterar profundamente la vida de otras personas. La única diferencia es que ahora conocen su profesión. Si esa sola circunstancia modifica su imagen -la que se habían formado hace apenas unos segundos-, quizá el prejuicio no estaba en la historia que les he contado.

Si es así, conviene preguntarse porqué.

Los prejuicios no nacen solos, alguien los siembra para luego alimentarlos. Son esos mismos que repiten una y otra vez lawfare. Aquellos que afirman, sin sonrojo y alzando la voz, que detrás de cada resolución o investigación de la UCO que les incomoda o les afecta se esconden intereses espurios, afinidades políticas o conspiraciones cuidadosamente diseñadas.

Poco importa, eso sí, que esas acusaciones no vengan acompañadas de pruebas si con ellas se inocula, lenta e inexorablemente, el virus de la desconfianza en algunos jueces y, lo que aún es peor, en toda la administración de Justicia.

No debería ser necesario recordarlo, pero conviene, dadas las circunstancia actuales del país, recalcarlo: ningún juez necesita ser infalible para merecer respeto. Los jueces se equivocan, por supuesto, pero como fallan los médicos, los ingenieros o los profesores.

 Precisamente por eso se ha diseñado un sistema de recursos garantista, tribunales superiores y mecanismos de responsabilidad (incluso penal). Lo que ninguna democracia puede permitirse es que el coste personal de aplicar la ley llegue a formar parte del propio proceso de decisión; que quien debe resolver un asunto empiece a preguntarse, antes de dictar una resolución jurídicamente correcta, qué campaña de descrédito le aguardará al día siguiente si esa decisión resulta políticamente incómoda.

En Tiempo de matar, Jake Brigance pidió al jurado que cerrara los ojos para descubrir un prejuicio que permanecía oculto incluso para quienes lo compartían.

Yo les pediría exactamente lo contrario: que los abran.

Que abran los ojos antes de aceptar que un juez solo merece respeto y ser llamado independiente cuando la resolución coincide con nuestras propias convicciones, intereses y/o simpatías.

Que los abran antes de asumir como normal que toda decisión desfavorable dictada por un juez responde, necesariamente, a una conspiración.

 Y abran, en fin, bien los ojos, y no los cierren, para no olvidar que la confianza en la Justicia no comienza cuando un tribunal nos da la razón, sino cuando seguimos reconociendo su legitimidad incluso cuando nos la quita.