9 de enero
Juan Carlos Moncada
Las Vegas siempre ha sabido contar una historia clara: todo es posible, todo es grande, todo es inmediato. La arquitectura acompaña el relato con superficies que reflejan poder, marcas que se elevan como banderas y edificios que parecen diseñados para no envejecer nunca. El mensaje urbano es inequívoco: aquí no se viene a sobrevivir, se viene a exceder.
Ese marco no es decorativo. Cumple una función psicológica precisa: anestesiar la idea de escasez. Pero basta cruzar unos pocos kilómetros —y, sobre todo, entrar a los pabellones menos fotografiados del CES— para que el contraste sea brutal. Allí no hay promesas grandilocuentes ni discursos futuristas. Hay otra cosa: tecnología hecha para cuando todo falla (y vendedores chinos haciendo lo suyo con negocios de última hora en efectivo)
1. El contraste deliberado: exceso afuera, contingencia adentro
Mientras la ciudad exhibe abundancia continua, la feria revela un mercado obsesionado con una pregunta silenciosa: ¿qué pasa cuando no hay red, no hay enchufe, no hay señal?
En los pasillos se repiten objetos que no buscan glamour estaciones de energía portátiles, baterías con ruedas, radios multifunción, linternas con brújula, y toda clase de equipos pensados para durar más que el contexto que los rodea.
No es casual. CES 2026 confirma una mutación del consumo tecnológico: menos aspiracional, más funcional; menos experiencia, más supervivencia. La ironía es evidente: la feria que promete el futuro está llena de productos diseñados para la interrupción del presente.
2. Tecnología sin épica: cuando lo importante no necesita discurso
Estas soluciones no se venden con narrativa. Se exhiben como catálogos técnicos, listos para ser comparados por capacidad, voltaje, peso, horas de autonomía. Son objetos pensados para apagones, catástrofes naturales, uso industrial, contextos rurales, situaciones de emergencia.
Aquí no hay “IA transformadora”. Hay algo más incómodo para el regulador: hardware que sí importa. Y precisamente por eso surge la pregunta jurídica clave: ¿Qué marco normativo gobierna un dispositivo que no es médico, no es militar, no es infraestructura pública… pero del que puede depender la vida?
3. El vacío regulatorio de la tecnología funcional
La mayoría de estos productos habita una zona gris normativa:
• No son dispositivos médicos → no pasan por controles clínicos.
• No son equipos de defensa → no están sujetos a estándares militares.
• No son infraestructura crítica → se venden como consumo masivo.
Sin embargo, su uso real contradice esa clasificación. Cuando una estación portátil falla durante una evacuación, o una radio no emite en una emergencia, el daño no es “de consumo”. Es estructural. Aquí aparece el gran déficit regulatorio que CES 2026 deja al descubierto: seguimos regulando la tecnología por su canal de venta, no por su función social efectiva.
4. Responsabilidad del fabricante: ¿producto o promesa?
Otro punto crítico emerge con fuerza: la responsabilidad por expectativa funcional. Estos dispositivos se presentan —explícita o implícitamente— como soluciones para cortes prolongados de energía, aislamiento, escenarios adversos. Eso crea una promesa objetiva. Y toda promesa crea responsabilidad.
Sin embargo, los estándares de certificación son mínimos, las advertencias suelen diluirse en manuales, la trazabilidad del fallo es casi inexistente.
En un contexto latinoamericano o europeo, esta debilidad se amplifica: infraestructuras más frágiles, dependencia real de soluciones off-grid, consumidores que compran confianza, no solo hardware.
5. South Hall: donde el futuro se parece al presente real
No es casual que este ecosistema se concentre en el South Hall. Allí CES deja de ser escaparate y se convierte en mercado crudo: proveedores asiáticos listos para escalar, productos pensados para volumen, poca retórica, mucha logística.
Desde la perspectiva regulatoria, el South Hall es incómodo porque muestra algo que la ley aún no ha querido mirar de frente: la resiliencia tecnológica se está privatizando. No la garantiza el Estado. La compra el individuo, la empresa, la comunidad.
6. Europa y LATAM: donde el problema es mayor
Para audiencias europeas y latinoamericanas, el mensaje es aún más urgente.
• En Europa, el marco de producto seguro no alcanza para cubrir escenarios de uso extremo.
• En América Latina, estas tecnologías sustituyen funciones públicas ausentes.
Y, sin embargo, se regulan como gadgets. El resultado es una paradoja peligrosa:
• tecnologías críticas sin gobernanza crítica,
• mercado rápido, derecho lento,
• supervivencia comprada a crédito normativo.
7. Cierre: lo que la ciudad no quiere mostrar
Las Vegas seguirá brillando. El exceso seguirá siendo rentable. Pero CES 2026 deja una advertencia clara para quien quiera verla: el verdadero futuro no está en las pantallas gigantes ni en la arquitectura perfecta, sino en los dispositivos silenciosos que se activan cuando todo lo demás se apaga.
La pregunta ya no es tecnológica. Es jurídica: ¿Vamos a regular la tecnología por lo que promete… o por lo que realmente sostiene cuando falla el sistema?