JUC


Hace unos pocos días daba cuenta de mi 40 cumpleaños en el ejercicio de la profesión de abogado laboralista. De los de toga y sala. De trinchera.

Hoy me toca asumir que además de estos 40 años, mi maltrecho cuerpo añade otros 30 de vida y existencia humana sin ser pertenecer a esta especie de incomprendidos profesionales. Dicho de forma más llana: hoy cumplo 70 tacos… y ahí sigo, por ahora.

Por eso y porque viene a cuento, se me ha ocurrido hacer algunas reflexiones sobre esto del edadismo, que es una realidad incuestionable, por cierto. Lo curioso, por lo menos en mi caso, es que sufrí en propia carne un episodio de discriminación edadista, cuando contaba con poco más de 40 años de edad. Me llamaron de uno de los despachos más elitistas de la profesión diciendo que querían entrevistarme porque estaban interesados en mi persona. Me dio un vuelco el corazón, así que me puse mis mejores galas y para allá que me fui. Parece que gusté y me pidieron que les llevase un juicio, a modo de prueba. Lo hice y no fue poca cosa: Un juicio sobre el despido de un delegado de personal por realizar actividades lúdicas durante el disfrute del crédito horario para realizar sus funciones como tal delegado. En aquél momento, teníamos toda la jurisprudencia en contra de la procedencia del despido. Perdí el juicio y aún así, parece que gusté a mis interlocutores, motivo por el que me presentaron a la dirección suprema del despacho. Días después, me dieron las gracias por haberles atendido y descaradamente, además, me comunicaron que la dirección del despacho me había descartado por viejo.

Curiosamente, unos1 0 años más tarde me fichaban en otro despacho. Y en este caso, consideraron mi edad y experiencia, como elemento valioso al respecto. A día de hoy y más curiosamente aún, paso bastantes horas a la semana aconsejando y orientando a colegas que podrían ser mis hijos y jamás de los jamases me he sentido viejo a su lado y ninguno de ellos ha mostrado nunca el menor reparo por ser treinta o más años mayor que ellos. Es más, me tratan como a uno más, que es una gozada… otra cosa es que yo pueda seguirles en según qué cosas.

Conclusión y moraleja a la vez: Ser mayor no es ni mejor ni peor. Es simplemente producto del discurrir natural de la vida y simplemente propicia que los jóvenes puedan aprovechar la experiencia de los viejos. Algo que, por cierto, ya habían descubierto la mayor parte de tribus de los más recónditos lugares de la tierra hace tropecientos mil años.