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Tras la pieza del lunes, la guía propone una lectura cronológica: antecedentes, síntomas nuevos, tratamientos, cambios funcionales y explicaciones alternativas.

Si en un procedimiento aparece una pericial de daño psicológico, no empieces por el diagnóstico.

Es lo primero que suele leer todo el mundo y rara vez es lo más importante.

Empieza por las fechas.

Antes de valorar ansiedad, trauma, depresión o afectación emocional, intenta reconstruir una línea temporal sencilla. Necesitas saber cuándo aparecen los síntomas, cuándo se inicia el tratamiento y qué situación psicológica existía antes de los hechos investigados.

Muchos informes describen correctamente el estado actual de una persona. El problema aparece cuando dan por resuelta la causalidad sin haber reconstruido adecuadamente la evolución.

La primera pregunta debería ser muy simple:

¿Qué sabemos de esta persona antes de los hechos?

  • Busca historia clínica.
  • Busca tratamientos anteriores.
  • Busca psicofármacos.
  • Busca bajas laborales.
  • Busca episodios depresivos, ansiosos o traumáticos previos.

Si encuentras antecedentes relevantes, el siguiente paso es todavía más importante: comprobar si el perito los ha incorporado realmente a su análisis o simplemente los menciona para seguir adelante como si no existieran.

Cuando revises el informe, presta atención a una cuestión concreta.

¿Explica qué síntomas son nuevos?

No cuáles existen ahora.

Cuáles aparecen por primera vez después de los hechos.

Muchos informes describen ansiedad, insomnio o tristeza sin diferenciar si esos síntomas ya formaban parte de la historia previa del evaluado.

Esa diferencia es esencial.

La pericial no debería limitarse a demostrar que alguien sufre, debe explicar por qué atribuye ese sufrimiento a una causa concreta.

Llegados a este punto conviene detenerse en algunas palabras que aparecen constantemente en sala:

  • "compatible"
  • "coherente"
  • "congruente"
  • "esperable"

Cuando las encuentres, no sigas leyendo.

Detente.

Y pregúntate inmediatamente:

  • ¿Compatible con qué?
  • ¿Coherente respecto a qué datos?
  • ¿Esperable según qué evidencia?
  • ¿Qué explicaciones alternativas se han descartado?

Si el informe no responde a esas preguntas, probablemente la atribución causal sea mucho más débil de lo que parece en una primera lectura.

Si actúas como defensa, aquí suele estar una de las principales vías de trabajo.

No necesitas demostrar que la persona está bien.

Necesitas comprobar si el perito ha separado correctamente:

  • antecedentes,
  • vulnerabilidades previas,
  • acontecimientos vitales concurrentes,
  • efectos del procedimiento,
  • y consecuencias atribuibles a los hechos investigados.

Cuando esas categorías aparecen mezcladas, la conclusión suele parecer más sólida de lo que realmente es.

  • Si actúas como acusación, el enfoque debe ser distinto.
  • No ocultes antecedentes si existen.
  • Trabaja sobre ellos.

Un informe resulta mucho más convincente cuando explica que existía una situación previa y demuestra técnicamente qué cambió después.

Busca modificaciones objetivables:

  • aumento de medicación,
  • nuevas limitaciones funcionales,
  • deterioro laboral,
  • evitación específica,
  • aislamiento,
  • cambios relacionales relevantes.

Los tribunales suelen comprender mejor los cambios que las etiquetas diagnósticas.

Antes de terminar la lectura del informe, hay una última comprobación que merece la pena hacer.

Busca cualquier referencia al propio procedimiento judicial.

Años de litigio, exploraciones repetidas, incertidumbre procesal, conflicto familiar o exposición continuada al caso también generan afectación psicológica.

La buena pericial intenta separar ambas cosas.

La mala pericial las mezcla.

Y cuando las mezcla, la conclusión suele ser más contundente que el análisis que la sostiene.