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Jorge Miralles Andress

Mediador empresarial / Economista. CEO en Acordemos

Una sociedad puede funcionar durante años sin grandes contratiempos. Hasta que un día, simplemente, deja de hacerlo.

Decisiones que no salen adelante, reuniones que terminan en discusión, cada socio entiende el negocio de una manera distinta, y la empresa empieza a paralizarse. Lo que inicialmente parece un desencuentro personal termina impactando de lleno en la propia sociedad, convirtiéndose en un problema económico, corporativo y, muy frecuentemente, judicial.

Pero los tribunales no son la única salida. En una mediación reciente que participé entre dos socios de una pequeña empresa, la relación se había deteriorado hasta el punto de que cualquier propuesta era rechazada de manera sistemática. A las discrepancias de gestión se sumaba una evidente carga personal que dificultaba cualquier intento de entendimiento.

Las posturas parecían irreconciliables. Uno de los socios había llegado a la conclusión de que no deseaba continuar con la relación societaria y estaba dispuesto a comprar la participación de su compañero para desbloquear la situación. El otro socio pensaba de forma muy distinta: no quería romper la sociedad y defendía que aún era posible superar la crisis y seguir trabajando juntos. El dilema era evidente: uno quería salir y el otro no quería vender. Mientras tanto, el día a día del negocio exigía seguir tomando decisiones.

El primer acuerdo: aceptar que había que buscar una salida

La mediación comenzó precisamente donde más difícil parecía avanzar: lograr que ambos asumieran que la parálisis no podía prolongarse indefinidamente. No se trataba de determinar quién tenía la razón, sino de poner sobre la mesa todas las alternativas reales: fijar nuevas reglas de convivencia, estructurar una compraventa interna o, vender las participaciones a un tercero.

Tras varias conversaciones, ambos acordaron explorar un escenario que inicialmente parecía inviable: que cualquiera de los dos tuviera la opción de adquirir la parte del otro. Fue un punto de inflexión. Se dejó de discutir sobre el pasado para empezar a diseñar el futuro. Ese cambio de enfoque es clave: la pregunta dejó de ser «¿quién tiene razón?» y pasó a ser «¿cómo salimos de aquí sin destruir lo que hemos construido?».

¿Cuánto vale una empresa cuando los socios se separan?

Superado el primer obstáculo, apareció uno de los aspectos más complejos en este tipo de procesos: la valoración de las participaciones. Cuando llega el momento de la separación, es habitual que cada socio perciba el valor de la compañía de forma muy distinta.

En las pequeñas y medianas empresas, el valor estimado no responde únicamente a las cifras contables. Pesan los años de dedicación, las decisiones clave, la aportación técnica, los riesgos asumidos y, casi siempre, una importante carga emocional. Todo ello forma parte del trayecto de la empresa y merece ser reconocido; sin embargo, reconvertir ese bagaje emocional directamente en una cifra económica suele distorsionar la negociación.

Por ello, en este proceso de mediación se acordó establecer primero la metodología y los criterios de valoración antes de discutir las cifras concretas. Se pactó un marco combinando los indicadores financieros objetivos con circunstancias específicas de la actividad que resultaban relevantes para ambos. Con las reglas del juego claras, llegó el momento de presentar propuestas.

De la confrontación a la negociación pragmática

Los socios se dieron un margen para reflexionar y formalizar sus ofertas. La negociación no estuvo exenta de tensión; No fue un trámite sencillo: las posiciones estaban muy próximas y, precisamente por eso, ninguna oferta permitía resolver el asunto por sí sola.

Pero había algo que ambos empezaban a tener claro: mantener indefinidamente el bloqueo también tenía un coste. Una sociedad incapaz de adoptar acuerdos se deteriora rápidamente y puede acabar incurriendo en causa legal de disolución por paralización de sus órganos sociales. Asumir la gravedad de este escenario motivó a las partes a valorar el acuerdo desde un enfoque mucho más pragmático.

El resultado: una solución negociada

Finalmente, uno de los socios adquirió la participación del otro. La sociedad mantuvo su continuidad, la relación societaria concluyó de forma ordenada y, lo más relevante, se evitó judicializar el conflicto. La mediación no evita la existencia de discrepancias, pero puede ayudar a impedir que el conflicto destruya el valor de la empresa o que sea un tercero quien decida por las partes.

Ante una crisis entre socios, lo prioritario es encontrar una salida que proteja el patrimonio construido durante años y minimice el desgaste económico y personal. Cuando seguir juntos deja de ser viable, la mediación ofrece el espacio necesario para llegar a una solución negociada y sostenible.