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David Naranjo. Licenciado en Ciencias Políticas y Sociología, mediador civil, familiar y comunitario y vicepresidente de la Asociación Madrileña de Mediación (AMM)

Cuando hablamos de innovación jurídica es habitual pensar en inteligencia artificial, automatización documental, análisis predictivo o gestión digital de los despachos. Todo ello está transformando la forma de ejercer la profesión y nadie cuestiona ya que la tecnología constituye uno de los grandes motores del cambio. Sin embargo, reducir la innovación jurídica a una cuestión tecnológica supone contemplar únicamente una parte de la transformación que está experimentando el Derecho.

La verdadera innovación no consiste solo en disponer de mejores herramientas. Consiste, sobre todo, en cambiar la manera de afrontar los problemas. Y pocas transformaciones resultan tan profundas como la que propone la mediación.

Durante décadas, el sistema jurídico ha respondido al conflicto desde una lógica eminentemente adversarial. El conflicto se convertía en litigio y el litigio encontraba su solución en una resolución impuesta por un tercero. La mediación introduce un paradigma distinto. No parte de la pregunta de quién tiene razón, sino de cómo puede construirse una solución que permita satisfacer los intereses legítimos de todas las partes. No busca únicamente resolver un procedimiento, sino gestionar el conflicto de forma más eficiente, más sostenible y, en muchas ocasiones, preservando relaciones personales o comerciales que un proceso judicial difícilmente podría recuperar.

Este cambio de paradigma adquiere hoy una relevancia especial tras la entrada en vigor de la Ley Orgánica 1/2025 y la consolidación de los Medios Adecuados de Solución de Controversias como elemento estructural del acceso a la justicia. Ya no hablamos de un mecanismo alternativo o complementario. Hablamos de una nueva forma de entender el propio sistema de resolución de conflictos.

Precisamente por eso resulta tan significativa la presencia de la Asociación Madrileña de Mediación (AMM) en Legal Tech Expo. No se trata únicamente de participar en una feria dedicada a la tecnología jurídica. Se trata de recordar que el futuro del Derecho no depende exclusivamente de los avances tecnológicos, sino también de la evolución de la cultura jurídica.

La tecnología es una herramienta extraordinaria. Permite automatizar tareas repetitivas, analizar grandes volúmenes de información, elaborar documentos con mayor rapidez o anticipar escenarios procesales con niveles de precisión impensables hace apenas unos años. Todo ello incrementa la eficiencia del sistema y mejora la productividad de los profesionales.

Pero existe un ámbito en el que ninguna tecnología puede sustituir el valor de la intervención humana. Ningún algoritmo reconstruye la confianza entre dos socios enfrentados. Ninguna inteligencia artificial restablece la comunicación entre miembros de una familia inmersos en un conflicto. Ningún modelo predictivo genera por sí mismo un acuerdo aceptado voluntariamente por las partes. Resolver un conflicto exige comprender intereses, gestionar emociones, facilitar el diálogo y crear espacios donde las personas puedan construir soluciones compartidas. Ese es el territorio propio de la mediación.

Lejos de existir una oposición entre tecnología y mediación, ambas representan dos dimensiones inseparables de la innovación jurídica. La primera transforma los instrumentos con los que trabajan los profesionales. La segunda transforma la propia manera de concebir el conflicto y su resolución. Una mejora la eficiencia. La otra mejora la calidad de la respuesta jurídica. Una acelera los procedimientos. La otra evita, en muchos casos, que el procedimiento llegue siquiera a ser necesario.

Ese es el verdadero cambio de paradigma. Durante mucho tiempo el éxito del sistema jurídico se ha medido por su capacidad para resolver litigios. La mediación propone medirlo también por su capacidad para evitarlos, gestionarlos de forma temprana y ofrecer soluciones que no solo sean jurídicamente correctas, sino también socialmente útiles y duraderas. Este enfoque obliga a redefinir el papel del abogado, del mediador y, en definitiva, de todos los operadores jurídicos.

El profesional del Derecho del siglo XXI necesitará dominar las herramientas digitales, comprender el potencial de la inteligencia artificial y adaptarse a un entorno cada vez más tecnológico. Pero esa preparación será insuficiente si no incorpora competencias en negociación, comunicación, gestión colaborativa del conflicto y diseño de soluciones consensuadas. La excelencia profesional ya no dependerá únicamente del conocimiento de las normas o de la capacidad para litigar con éxito. Dependerá, cada vez más, de saber identificar cuál es el mecanismo más adecuado para proteger los intereses del cliente en cada situación.

Por eso la presencia de la AMM en Legal Tech Expo trasciende el ámbito institucional. Representa la voluntad de situar la mediación allí donde se está debatiendo el futuro de la profesión jurídica. Porque si esta feria pretende mostrar cómo será el Derecho de los próximos años, la mediación no puede ocupar un espacio secundario. Al contrario, debe formar parte del debate principal. No como una alternativa al desarrollo tecnológico, sino como el complemento imprescindible para que la innovación jurídica no pierda de vista aquello que da sentido al Derecho: ofrecer respuestas eficaces a los conflictos de las personas.

La tecnología cambiará la forma de trabajar. La mediación está cambiando la forma de entender la justicia. Y esa es una transformación que merece ocupar un lugar destacado en cualquier foro que aspire a dibujar el futuro del sector legal.