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Asistí al primer día del II Encuentro de Derecho Digital del Ilustre Colegio de la Abogacía de Madrid sin saber muy bien qué me iba a encontrar. Mi idea era sencilla: escuchar, tomar notas y entender qué se está moviendo realmente entre inteligencia artificial y Derecho, más allá de los titulares repetidos y de los discursos excesivamente teóricos.

   
  Laura Laguna, abogada y emprendedora digital con más de veinte años de experiencia en temas de startups    
     

Lo que me encontré, para mi sorpresa, fue algo bastante más interesante: una intervención clara, directa y fácil de seguir de Mabel Klimt. Mientras la escuchaba, no pude evitar sentir una mezcla muy concreta de vértigo y entusiasmo. Vértigo, porque el Derecho —y la normativa— está cambiando a una velocidad que obliga a replantearlo casi todo. Y entusiasmo, porque por primera vez en mucho tiempo la profesión jurídica parece formar parte activa de la transformación tecnológica.

Mabel hablaba del abogado del futuro, aunque con una precisión importante: ese futuro ya está aquí. Lo que antes parecía una rareza —abogados “frikis” interesados en tecnología— hoy empieza a ser una exigencia básica para poder ejercer con sentido en un entorno competitivo y digitalizado.

Cuando yo empecé a estudiar Derecho, también empecé, casi sin darme cuenta y de forma autodidacta, a aprender tecnología. Supongo que también era otra “friki”. En aquel momento todo giraba en torno a páginas web rudimentarias hechas con tablas, bases de datos sencillas, tiempos de carga eternos y disquetes que circulaban de mano en mano. Todo nacía de la pura curiosidad. Aprender sobre internet significaba leer revistas especializadas, seguir foros, probar, equivocarse muchas veces y aprender de otros que estaban explorando igual que tú. Era un aprendizaje colaborativo, experimental y muy vivo.

Durante mucho tiempo pensé que el mundo jurídico y el tecnológico avanzaban en paralelo, sin llegar a tocarse. El Derecho parecía moverse a otro ritmo, con otros tiempos y una lógica distinta. Hoy, sin embargo, esa separación ya no se sostiene. Escuchar a profesionales como Mabel Klimt ponerle palabras a esta convergencia confirma algo que ya es evidente: estamos ante un momento decisivo para la profesión jurídica.

La tecnología ya no es solo una herramienta para trabajar más rápido. No se trata de pasar del papel al PDF. Estamos ante una transformación estructural. La inteligencia artificial, la automatización avanzada, el análisis masivo de datos y la economía digital están redefiniendo la realidad que el Derecho tiene que regular. Y si cambia la realidad, cambia inevitablemente la forma de ejercer la abogacía.

Uno de los puntos más interesantes de su intervención fue este: el abogado ya no puede limitarse a conocer la norma. La información está ahí, disponible y accesible. El verdadero valor está en saber qué hacer con ella: gestionar el conocimiento de forma estratégica, tomar decisiones apoyadas en datos y entender el impacto real de esas decisiones.

Esto lo conecté directamente con mi propia experiencia. He ido aprendiendo tecnología conforme se desarrollaba, sin un camino prefijado. Hoy siento que ese proceso se repite para los abogados, pero con una diferencia clave: el ecosistema digital ahora está mucho más desarrollado. Ya no es aquella “ciudad sin ley” de pruebas y experimentos. Ahora hay regulación real, marcos normativos definidos y responsabilidades que empiezan a concretarse.

Cuando ambas dimensiones se armonizan, todo cobra sentido para mí. Mis dos pasiones dejan de competir entre sí. Ya no viven separadas: se complementan. El Derecho no queda al margen de la revolución tecnológica; puede y debe formar parte de ella.

Mabel insistía en algo fundamental: la tecnología no sustituye al abogado, lo potencia. Automatizar tareas repetitivas, analizar grandes volúmenes de jurisprudencia o detectar patrones de riesgo libera tiempo y energía para lo verdaderamente importante: pensar, decidir, negociar y crear estrategia. Para eso sí estudiamos Derecho.

El perfil que se dibuja es claramente híbrido: una base jurídica sólida y una alfabetización tecnológica funcional, no para programar, sino para entender herramientas, riesgos y su integración en la lógica del negocio. Un abogado capaz de trabajar con perfiles técnicos sin sentirse fuera de lugar.

Sin olvidar algo esencial: la gobernanza ética de la tecnología. En un contexto de automatización creciente, alguien debe velar por la transparencia, la supervisión humana y el respeto a los derechos fundamentales. Ahí el Derecho no solo tiene espacio: tiene responsabilidad.

Gobernanza y propiedad intelectual

Estas ideas se concretaron de forma muy clara en las dos mesas redondas de la jornada. La primera, moderada por Cristina Villasante Chamorro, se centró en la gobernanza de los sistemas de inteligencia artificial de alto riesgo, aterrizando un concepto abstracto en decisiones muy concretas: quién decide, quién responde, qué se documenta y cómo se explica una decisión automatizada cuando algo falla. Se evidenció una cierta inmadurez organizativa, más que tecnológica, a la hora de asumir responsabilidades.

Uno de los mensajes clave fue la importancia de la trazabilidad: saber exactamente qué tipo de tecnología se está utilizando —si es realmente IA, machine learning, big data o simples sistemas de análisis— porque esa distinción condiciona el cumplimiento normativo, la asignación de responsabilidades y la gestión de proveedores. También quedó claro que gobernar la IA no implica empezar de cero, sino integrar y adaptar estructuras ya existentes de compliance, privacidad y gestión del riesgo, rompiendo silos y trabajando de forma transversal.

La segunda mesa, moderada por Paula Ortíz López, abordó las implicaciones del uso de la inteligencia artificial en propiedad intelectual, secretos empresariales y confidencialidad desde un enfoque muy práctico. Los datos del cliente siguen siendo del cliente. No todo se puede reutilizar, ni todo se puede entrenar, ni todo vale. Proteger los activos intangibles es tan importante como innovar, y muchas organizaciones están optando por entornos más controlados, no por miedo, sino por responsabilidad.

Ambas mesas reforzaron una idea transversal: la tecnología no avanza sola; avanza con Derecho o genera fricción. Y es precisamente ahí donde el abogado deja de ser un espectador para convertirse en un actor central del cambio.

Quizá por eso este momento resulta especialmente estimulante. Porque, por primera vez, no siento que tenga que elegir entre Derecho y tecnología. Ambas dimensiones conviven, se necesitan y se explican mutuamente. El futuro de la abogacía no pasa por resistirse al cambio, sino por comprenderlo y participar activamente en él, aportando criterio y responsabilidad. Y para quienes sentimos curiosidad, ganas de aprender y de conectar disciplinas, este no es solo un momento privilegiado, sino un lugar desde el que construir.