El lenguaje como frontera: Entre la claridad y la sombra
Por: Dra. María Alejandra Mancebo Experta en Compliance, Derechos de las Mujeres y Feminismo
A menudo, cuando nos sentamos a redactar un documento jurídico o una respuesta corporativa, nos invade una tentación silenciosa: la de envolver la idea en una complejidad innecesaria. Es como si el uso de términos oscuros, subordinadas interminables y una sintaxis diseñada para el agotamiento nos otorgara, de algún modo, una autoridad superior.
Sin embargo, al observar nuestro entorno, me pregunto si no estamos confundiendo el rigor con el hermetismo, y la técnica con el ocultamiento. La claridad no es una carencia de profundidad; al contrario, es el resultado de un pensamiento tan maduro que ya no necesita disfraces. La línea que separa la precisión técnica de la opacidad estratégica es, en realidad, peligrosamente delgada.
Todos, en algún momento, hemos sido testigos o quizás cómplices de cómo se utiliza el lenguaje legal no para aclarar los hechos, sino para difuminarlos. Es esa práctica, casi instintiva, de elegir un término técnico cuando uno sencillo bastaría. Cuando llamamos "optimización de activos" a lo que en esencia es un movimiento contable cuestionable, no estamos siendo precisos; estamos levantando una cortina de humo. Esta forma de escribir se convierte en una trampa de doble filo.
Por un lado, nos protege de la crítica inmediata, porque si nadie entiende lo que está escrito, nadie puede señalar el error. Pero, por otro lado, despoja a nuestro trabajo de su propósito fundamental: la transparencia. La rendición de cuentas, un pilar esencial en cualquier organización sana, se vuelve imposible cuando la verdad está enterrada bajo una capa de tecnicismos que actúan como un escudo frente al escrutinio ajeno. ¿Es la ley un instrumento para gobernar la conducta humana o una valla diseñada para excluir a quien no posee el código de acceso?
Lo que debemos cuestionarnos es por qué nos resulta tan cómodo habitar esa zona gris. Tal vez sea el miedo. Miedo a que, si eliminamos los rodeos, la realidad que intentamos describir quede expuesta con una crudeza insoportable. Pero al final, un contrato, un informe o una opinión legal deben ser, ante todo, instrumentos de entendimiento. Si nuestro lenguaje impide que los demás comprendan el alcance de sus decisiones, estamos fallando en nuestra responsabilidad profesional más básica. El desafío no es simplemente simplificar; es recuperar la honestidad en la palabra. Se trata de tener el valor de preguntar: "¿Esto lo escribí para que se entienda o para que no se cuestione?".
Es un ejercicio de desnudez profesional. Cuando despojamos un texto de sus adornos innecesarios, de sus adjetivos superfluos y de esa jerga que solo busca intimidar al lector, lo que queda es la decisión pura, la acción real y, finalmente, la responsabilidad que conlleva.
En este mundo donde la información fluye a una velocidad vertiginosa, la claridad es el activo más valioso. Un lenguaje transparente no es un lenguaje simplista; es un lenguaje que respeta a quien lo recibe. Es una invitación a la confianza, porque quien no tiene nada que ocultar no necesita esconderse tras las palabras. La opacidad es un refugio para la indecisión y, en los casos más graves, para la falta de ética.
Pero la claridad, por otro lado, es el ejercicio de luz que permite que las instituciones, las empresas y las personas puedan sostenerse sobre cimientos sólidos. Nuestra labor, más allá de la gestión de riesgos o del cumplimiento de una norma, es construir espacios de entendimiento. Debemos dejar de ver el lenguaje como un laberinto en el que los demás deben perderse y empezar a verlo como un puente. Un puente que conecta la intención con la acción, y la norma con la realidad.
A veces olvidamos que nuestra función social, como profesionales del Derecho y la gestión, es la mediación. Somos los intérpretes que deben traducir el caos normativo en reglas de juego claras. Si nuestra intervención solo añade ruido, estamos traicionando el contrato social que nos permite ejercer. La responsabilidad de un profesional es, por definición, la de hacer que las cosas sean posibles, viables y justas, no la de hacerlas parecer imposibles de comprender para alguien que no sea un iniciado. La verdadera autoridad no proviene del miedo que genera la incomprensión, sino de la confianza que genera la claridad meridiana.
Al final del día, la verdadera maestría no está en quién utiliza el término más complicado, sino en quién logra exponer la verdad de la manera más honesta posible. Es hora de dejar de escribir para confundir y empezar a escribir para rendir cuentas.
La transparencia no es un lujo ni una opción; es un acto de valentía cotidiana que define, a largo plazo, la calidad de nuestra contribución al entorno en el que operamos. Cada párrafo que redactamos es una declaración de principios. Optar por la claridad es, en esencia, optar por la integridad.
