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Debo confesar que desde hace un par de meses no consigo quitarme de la cabeza ese verso de Robe Iniesta, el malogrado artista a quien de pequeño educaron para hombre adinerado y que de mayor se decantó por entonar: «Pero, ahora, prefiero ser un indio / que un importante abogado» («Ama ama ama y ensancha el alma», Extremoduro, en «Deltoya», 1992)

Y es que la relación del mundo del rock ‘n’ roll con la abogacía siempre ha sido agridulce. Recuerdo que George Harrison, harto de las rencillas legales que trajo consigo entre los miembros de The Beatles la creación del sello Apple y del pleito por plagio que tuvo que encarar a raíz del éxito de «My sweet Lord» escribió aquella simpaticona canción «The sue me, sue you blues«. En ella decía, sin demasiadas sutilezas: «Bring your lawyer / And I’ll bring mine / Get together, and we could have a bad time…». Para luego rematarlo con versos nada complacientes: «But in the end we just pay / those Lawyers their bills». 

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