JUC


Esta apasionante profesión nuestra, tiene momentos para todo. Uno de los más chungos es cuando no tenemos otra que defender un asunto que puede ir en contra de nuestra forma de ver o pensar, o cuando tenemos que defender algo en lo que no creemos o, en lo que, simplemente, no estamos de acuerdo. Cierto es que un abogado que ejerza la profesión a la antigua usanza, es decir, de forma totalmente liberal, puede decir que esto no lo llevo. Pero los contratados bajo dependencia laboral lo tienen más crudo y lo mismo ocurre con los que son contratados por grandes corporaciones (públicas o privadas) para que les lleven todos los asuntos de una determinada índole. En estos casos, el pretender no llevar un asunto supone un incumplimiento contractual que puede acarrear problemas y sinsabores de todos conocidos.

La cosa es pues, ¿ cómo me lo monto para defender aquel caso con absoluta eficiencia profesional y a la vez, no acabo el juicio sintiéndome un ser despreciable y miserable?.

En una de estas ocasiones, además de sentirme fatal, recibí un descomunal broncazo por parte de la Magistrada, nada más me vio entrar en Sala.

ecuerdo que tras soportar el chaparrón, le dije que quien había hecho todas aquellas barbaridades era mi cliente, que yo me limitaba a defenderle y que, por favor, no la tomase conmigo, porque no tenía otra opción que estar ahí y hacerlo lo mejor posible.

Creo que esto es lo primero que debemos tener claro. Nosotros defendemos a un cliente y esto no significa necesariamente que estemos de acuerdo con él, ni con lo que haya hecho o dejado de hacer, ni, por supuesto, tenemos que pensar lo mismo.

Ésta es, en realidad, la clave de estas situaciones que contra lo que pueda parecer, posibilita precisamente lo contrario de lo que parece. El ejercicio del derecho a la defensa de las personas nos hace grandes y nos permite buscar la forma de ejercer nuestro ministerio de manera digna, respetuosa, ponderada y sobre todo, humana. No se trata de mentir, ni de inventarse cosas. Se trata de buscar argumentos y justificación a conductas que a priori son del todo reprobables socialmente. Y si no encontramos argumentos ni justificaciones, tocará acudir a buscar la manera de suavizar las intenciones, matizar los hechos, observar detalles que pasaron desapercibidos… Lo que no procede es defenderse atacando y poniendo más leña al fuego, porque esto nos convertiría en cómplices de nuestro impresentable cliente. Toca desmarcarse, verlo, si es necesario, desde la barrera y tratar de encontrar el camino de la exculpación o la atenuación.

Esta forma de proceder nos aleja de la conducta reprobable que nos toca defender, y precisamente por ello, nos hace ganar credibilidad y, en cualquier caso, dignifica al defensor y beneficia siempre al defendido.

Este post no da ya para mucho más, pero la materia, sí. De todos modos y para darle un par de vueltas ya vale.