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1. Introducción

Las distintas actividades profesionales evolucionan, en su gran mayoría, en la misma dirección: la inteligencia artificial se ha convertido en herramienta fundamental para automatizar procesos y ampliar el alcance de los servicios. El objetivo es cubrir mejor la demanda del consumidor final.

Su presencia en el mercado implica que, para competir, no baste con contar con ella: hay que optimizarla, personalizarla y ajustarla a cada actividad y negocio.

Existiendo, por tanto, una nueva herramienta que ejecuta servicios, tal y como hace un trabajador, también surgen defectos en los resultados. Pero en este caso, ¿a quién corresponde la responsabilidad, al proveedor de la inteligencia artificial que contrata una sociedad, o a quien la utiliza y ejecuta el trabajo mediante ella?

Para delimitar quién respondería de un daño concreto frente al consumidor final, es necesario tener en cuenta las disposiciones reguladoras en lo que aquí interesa, incluyendo también las que fueron retiradas.

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