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Considera estos dos escenarios y sus implicaciones:

Escenario 1: El rápido crecimiento exponencial de la tecnología artificial ha creado una superinteligencia de dominación en el siglo XXI. Esta Inteligencia Artificial (IA) ha sacado a millones de humanos del mercado laboral.

Escenario 2: Un ejército de robots y máquinas se alzan contra los seres humanos con voluntad de matar. Funcionan de forma totalmente autónoma y carecen de características humanas necesarias para tomar decisiones éticas.

De momento no se han producido estos escenarios, pero en dos o tres décadas podrían llegar a ser realidad si no actuamos ante la rápida evolución de la tecnología artificial. Es imprescindible tratar este tema en los debates políticos. Debemos presionar a los gobiernos de todos los países para que actúen. Es el momento de que los legisladores y los tecnólogos trabajen juntos para evitar consecuencias catastróficas. En caso contrario, tendremos tecnologías que solo servirán a los intereses comerciales y militares a corto plazo.

La forma más eficaz de regular tales tecnologías es mediante la cooperación global. No servirá que las regulaciones se lleven a cabo a nivel nacional porque siempre habrá tensiones mundiales por no quedarse atrás. Mientras los gobiernos sigan mirando hacia otro lado, las empresas se seguirán ocupando del desarrollo ético y jurídico de la inteligencia artificial. La regulación de la IA está ahora en manos de intereses corporativos y se promueve desde un enfoque ético.

Imaginen que cada uno de nosotros tomara decisiones sujetas a sus propios estatutos legales. Sería un caos, ¿verdad? Lo mismo ocurre con los sistemas de Inteligencia Artificial. Por tanto, es necesaria una regulación proactiva y no reactiva para evitar escenarios caóticos y peligrosos.

La Inteligencia Artificial está cada vez más presente en nuestra vida cotidiana, muchas veces sin darnos cuenta de ello. Está en nuestros dispositivos domésticos del Internet de las Cosas, en los servicios y plataformas digitales, en las calles de las ciudades, en los coches o en los entornos laborales.

Los sistemas de IA ya tienen la capacidad de adoptar decisiones por nosotros. En la actualidad, los seres humanos delegamos la toma de decisiones en algoritmos externos: Amazon nos elije los libros y Google Maps nos guía a través de un mapa para llegar a la dirección previamente marcada.

Me temo que estamos en el proceso de entregar el libre albedrío. Ello dependerá de cómo hagamos la transición hasta la era de la Inteligencia Artificial. La revolución de la IA tiene que desarrollarse de forma coordinada por todos los actores internacionales y alineada con los objetivos humanos. Si cumplimos con ese principio básico, los beneficios para la sociedad serán mayores. Por el contrario, las consecuencias podrían ser nefastas si lo abordamos como una lucha entre empresas y estados para ver quién saca mayor rédito de estos avances.

Seguiré haciendo sonar las alarmas para reaccionar cuanto antes ante el avance de la IA. Porque cuando queramos regular la IA, quizás podría ser tarde.




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