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El texto muestra el momento delicado en que un informe nacido para acompañar termina utilizándose como si validara judicialmente los hechos.

Hay un momento bastante bonito en algunos procedimientos penales. El terapeuta entra en sala, se sienta, mira al tribunal y uno entiende enseguida que esa persona ya no distingue demasiado bien entre acompañar emocionalmente a un paciente y resolver un delito.

Suele pasar después de muchas sesiones.

Primero aparecen los informes clínicos normales. Ansiedad, afectación emocional, miedo, alteraciones del sueño. Todo razonable. Luego pasan los meses y el documento empieza a adquirir una seguridad curiosa. La paciente ya no solo sufre. Ahora además parece decir siempre la verdad, recordar con precisión emocional impecable y presentar cualquier contradicción exactamente del modo en que cabría esperar dentro de una narrativa traumática correctamente organizada.

La terapia tiene estas cosas. Uno pasa suficiente tiempo escuchando una historia y termina viviendo dentro de ella.

En consulta eso no supone necesariamente un problema. Nadie espera que un terapeuta pase la sesión preguntando:

—¿Y si esto ocurrió de otra manera?

—¿Ha considerado usted hipótesis alternativas?

—¿Qué indicadores descartan sesgo de atribución?

Probablemente el paciente no volvería.

El problema llega cuando esa misma dinámica aterriza en un juzgado con apariencia de validación técnica. Ahí empiezan a ocurrir fenómenos interesantes. Por ejemplo, terapeutas que hablan del relato con una familiaridad casi doméstica. Profesionales capaces de interpretar silencios, lagunas o contradicciones con una flexibilidad clínica verdaderamente creativa. A veces uno tiene la sensación de que determinadas narrativas sobrevivirían incluso a un apagón cognitivo completo.

Y cuanto más largo ha sido el tratamiento, más sólido parece volverse todo.

Eso un abogado debería mirarlo con calma.

Sobre todo porque la memoria humana tiene una costumbre incómoda: cuanto más cuenta una historia, mejor aprende a contarla. El relato gana continuidad. Pierde vacíos. Encuentra explicaciones emocionales nuevas. Se reorganiza. Algunos terapeutas observan ese proceso durante meses y terminan olvidando que también han participado en él.

Luego llega el interrogatorio y aparecen pequeñas escenas bastante útiles.

—¿Cuántas sesiones hubo?

—¿Desde cuándo trabaja con la paciente?

—¿Exploró otras hipótesis?

—¿Qué metodología utilizó para valorar credibilidad?

Ahí suele entrar un silencio interesante. Porque muchos informes clínicos nunca estuvieron pensados para responder esas preguntas. Fueron escritos para otra cosa. Para contener. Para acompañar. Para estabilizar emocionalmente a alguien.

Y, sin embargo, acaban entrando en sala como si fueran pequeños artefactos de verificación psicológica.

Después de unos años viendo esto, uno termina desarrollando cierta sospecha hacia los terapeutas demasiado seguros dentro de procedimientos penales. La clínica real suele dejar bastante más incertidumbre, bastante más contradicción y bastante menos épica emocional de la que aparece luego en algunos informes.

A veces incluso da la impresión de que el procedimiento judicial empieza a funcionar como una prolongación involuntaria de la terapia. Todo queda integrado dentro de la misma narrativa. El sufrimiento valida el relato. El relato reorganiza el sufrimiento. Y el terapeuta queda atrapado en medio intentando sostener ambas cosas sin que nadie haga demasiadas preguntas incómodas.

Hasta que alguien las hace, claro.