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Un contrato con una firma que el acusado niega haber estampado. Un testamento que presuntamente el causante no redactó. Una nota anónima que podría pertenecer al sospechoso. Un cheque firmado en blanco que alguien completó fraudulentamente. En todos estos casos, la pregunta central del proceso penal es la misma: ¿quién escribió esto? Y la respuesta, cuando no puede obtenerse de otro modo, la proporciona la prueba caligráfica.

La pericia caligráfica es uno de los medios de prueba más antiguos del proceso penal y, al mismo tiempo, uno de los que mayores debates genera sobre su fiabilidad y sus límites. Combina el rigor científico con una dosis inevitable de interpretación experta que puede dar lugar a conclusiones diferentes entre peritos igualmente cualificados. Su correcta utilización —tanto por parte de la acusación como de la defensa— requiere entender qué puede y qué no puede acreditar, y cuándo su empleo es verdaderamente necesario.

En este artículo te explicamos qué es exactamente la prueba caligráfica, en qué tipos de procesos penales se utiliza habitualmente, qué metodología siguen los peritos calígrafos, cuáles son sus limitaciones y cómo puede la defensa hacer frente a un informe pericial caligráfico adverso.

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