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Angel Cabezos, autor de este artículo

El sufrimiento psicológico puede ser real y, aun así, la atribución causal puede estar construida con demasiada rapidez.

Hay informes que empiezan con ansiedad antigua, tratamiento psicológico desde hace años y benzodiacepinas perfectamente documentadas. Todo aparece ahí. Correctamente mencionado. Incluso con cierta apariencia de exhaustividad clínica. Luego avanzan unas cuantas páginas y empieza a producirse un fenómeno bastante reconocible para cualquiera que lleve tiempo leyendo periciales.

La historia previa sigue existiendo, claro. Simplemente empieza a perder peso gravitatorio.

El procedimiento penal entra en escena y acaba reorganizando emocionalmente todo lo demás. La ansiedad adquiere un nuevo significado. El insomnio también. La hipervigilancia. El bloqueo afectivo. Las dificultades sexuales. A veces da la impresión de que veinte años de vida psicológica estaban esperando disciplinadamente a que llegara el juzgado para empezar a ordenarse.

En agresiones sexuales esto aparece bastante.

Uno relee antecedentes y descubre cosas interesantes. Consultas psiquiátricas antiguas. Episodios depresivos previos. Ansióliticos mantenidos durante años. Relaciones personales bastante deterioradas mucho antes del procedimiento. Hay historias clínicas complejas que atraviesan algunos informes con una discreción casi conmovedora. Están presentes, sí, aunque más como decoración contextual que como variables realmente incómodas para la conclusión.

Y luego llega la parte verdaderamente mágica: la causalidad.

“Compatible con”.

“Esperable en contextos traumáticos”.

“Coherente clínicamente”.

A partir de ahí algunos informes empiezan a caminar solos. El sufrimiento subjetivo ocupa páginas enteras. La explicación causal suele resolverse bastante más rápido. Uno termina sabiendo perfectamente cómo lloraba la persona evaluada y bastante menos sobre cómo se descartaron otras fuentes posibles de malestar psicológico.

La farmacología tiene un papel curioso dentro de todo esto.

Siempre aparece. A veces pronto. Otras hacia la mitad del informe, como ciertos personajes secundarios que entran discretamente en escena para no molestar demasiado a la narrativa principal. Benzodiacepinas desde hace años. Hipnóticos. Antidepresivos. Estabilizadores del ánimo. Todo eso atraviesa algunas evaluaciones con una tranquilidad verdaderamente admirable teniendo en cuenta el efecto que puede tener sobre memoria, afectividad o percepción subjetiva del malestar.

Hay abogados que empiezan el interrogatorio hablando de trauma y lo terminan preguntando por alprazolam. Normalmente hacen bien.

Porque las fechas suelen incomodar bastante más que las conclusiones. Cuándo comenzó realmente la ansiedad. Desde cuándo existe tratamiento. Qué síntomas aparecen documentados antes de los hechos denunciados. Hay informes muy sólidos mientras nadie les devuelve la cronología completa.

Y la cronología tiene bastante mala educación procesal. Empieza a sacar cosas. Consultas antiguas. Episodios previos. Síntomas prácticamente idénticos años antes del procedimiento. A veces uno termina leyendo una pericial donde la afectación psicológica parece haber nacido exactamente el mismo día en que comenzaron los hechos investigados, detalle estadísticamente fascinante si uno trabaja con pacientes reales.

La clínica cotidiana suele dejar bastante más ruido.

Insomnio, tristeza, ansiedad o irritabilidad aparecen todos los días en personas atrapadas durante años en conflictos relacionales, procedimientos judiciales o vidas emocionalmente bastante deterioradas desde mucho antes del juzgado. El problema es que algunas evaluaciones empiezan a comportarse como si todo ese contexto perdiera importancia en cuanto la narrativa principal encuentra una estructura razonablemente sólida.

Después de leer muchas periciales, uno acaba desarrollando cierta prevención hacia los cuadros psicológicos excesivamente bien alineados. Sobre todo cuando la biografía completa de la persona evaluada parece ir desapareciendo suavemente detrás del procedimiento penal, como el decorado que retiran en silencio mientras el público sigue mirando el escenario principal.