José Luis Requero Fernández
Siempre he destacado la enorme importancia que tiene el registro de marcas antes de iniciar cualquier negocio o emprendimiento, porque la gente no suele tomar conciencia de la cantidad de problemas que puede acarrear el no hacerlo.
La cantidad de desaprensivos que hay por ahí a la espera de fastidiar tu trabajo es de unas dimensiones colosales.
Hace algo más de un año recibí la llamada de una persona que, tras muchos meses de trabajo y esfuerzos económicos, había logrado sacar adelante un proyecto familiar en el sector de la puericultura.
El éxito alcanzado en poco tiempo hizo que quisieran probar fortuna franquiciando el modelo de negocio.
No tardó en llamar a su puerta una persona que no tenía ninguna experiencia en el sector, pero que estaba interesada en participar del proyecto como franquiciado a la vista del éxito cosechado por los titulares.
Después de algunos meses en los que los franquiciadores pusieron todo de su parte para que esta aventura llegara a buen puerto, descubrieron que la persona interesada no tenía la mejor de las actitudes, por decirlo de una manera suave. De tal manera que, tras un intercambio de burofaxes, requerimientos de pagos, tensiones, etc., la relación profesional terminó por romperse.
El problema, por supuesto, no se solucionó del todo cuando las partes se desvincularon, sino que la cosa adquirió un cariz mucho más complejo y es que los ahora franquiciadores habían ignorado la tarea de registrar sus marcas.
Cuando su ex franquiciado descubrió este detalle, aprovechó para solicitar las marcas a su nombre con la intención de obstaculizar el avance del proyecto.
Se podrán imaginar la cara de los legítimos propietarios de las marcas cuando descubrieron que sus signos distintivos, aquellos por los que tanto habían trabajado, estaban en manos “enemigas” y, literalmente, se habían constituido en una amenaza real para su trabajo y medio de vida.
Afortunadamente, casi todo tiene solución y les planteé la posibilidad de reivindicar la titularidad de la marca ante los tribunales (artículo 2.2 de la Ley de Marcas). Es evidente que a nadie le agrada meterse en un litigio repleto de incertidumbres, pero cuando a uno le asiste la razón lo mejor es dar el paso.
La titularidad de los signos se adquiere por su registro válidamente efectuado, pero cuando esto no ocurre, la Ley de Marcas contempla este escenario poniendo a disposición la citada acción.
Esta no es otra cosa que un proceso judicial que la Ley de Marcas dispone para adquirir la propiedad de un signo distintivo que ha sido adquirido de forma fraudulenta. Para tener éxito en una cruzada legal como esta se deben dar una serie de requisitos. A saber: que el registro se haya efectuado de forma fraudulenta, que se acredite el uso previo de la marca por su legítimo titular y que se efectúe dentro de los plazos legales.
Para que este tipo de acciones puedan prosperar deben concurrir dos puntos clave. Por un lado, la carga probatoria debe ser muy intensa en el sentido de que no debe haber ni un atisbo de dudas sobre el uso que el titular de la marca ha venido haciendo del signo antes de que el demandado solicitase el registro de la marca. Es fundamental este punto, puesto que la esencia de la reivindicación de la marca reside en que un tercero ha aprovechado una situación de desprotección de un signo distintivo existente para solicitarlo a su nombre; lo cual nos conduce al segundo de los puntos, y es que se debe probar la mala fe por parte de quien solicita para sí una marca ajena. Aquí la clave está en acreditar ese vínculo por el medio de que sea (contratos, conversaciones de WhatsApp, emails, nóminas en el caso de exempleados, etc.). Si se consiguen hilvanar estos dos puntos las posibilidades de éxito son muy elevadas.
En este caso se cumplían, uno por uno, todos los requisitos y, como no podía ser de otra forma, el Juzgado de lo Mercantil de Madrid terminó por estimar la demanda que presentamos.
La enseñanza de este caso es saber que, volviendo al comienzo del artículo, siempre se debe registrar la marca antes de dar más pasos —al menos solicitarla— para evitar toda clase de problemas innecesarios; pero, aunque la cosa se tuerza, cabe la posibilidad de revertir la situación tocando las teclas correctas.