Si en un procedimiento aparece medicación psiquiátrica, no empieces por el diagnóstico.
Empieza por la pauta.
Es uno de los errores más frecuentes.
Muchos abogados leen que existe tratamiento con ansiolíticos o antidepresivos y automáticamente concluyen que la medicación es irrelevante o, en el extremo contrario, que explica por sí sola todos los problemas del relato.
Normalmente ninguna de las dos cosas es cierta.
La primera pregunta debería ser muy sencilla:
¿Qué estaba tomando exactamente la persona en el momento relevante?
No qué toma hoy.
No qué aparece en el último informe.
Qué tomaba cuando ocurrieron los hechos.
Qué tomaba cuando realizó la primera declaración.
Qué tomaba cuando fue explorada pericialmente.
A partir de ahí conviene reconstruir una cronología.
Inicio del tratamiento.
Cambios de dosis.
Nuevos fármacos.
Suspensiones.
Incrementos.
Consumos puntuales.
La medicación cambia con el tiempo.
Y los efectos potenciales también.
Cuando revises informes periciales, presta atención a una cuestión concreta.
¿El perito analiza realmente la medicación o simplemente la menciona?
La diferencia suele ser importante.
Muchos informes incluyen una referencia rápida al tratamiento farmacológico y continúan inmediatamente con el análisis del relato como si ese dato no tuviera ninguna relevancia.
Y en algunos procedimientos la tiene.
Mucha.
Especialmente cuando se discuten aspectos relacionados con memoria, atención, capacidad narrativa o evolución emocional.
Si ejerces la defensa, no conviertas la medicación en una explicación universal.
Suele ser una mala estrategia.
El objetivo no consiste en afirmar que la persona recuerda mal porque toma psicofármacos.
El objetivo consiste en averiguar si alguien ha valorado adecuadamente el posible impacto de esos tratamientos.
Empieza por algo sencillo.
Comprueba si el perito responde a cuestiones básicas.
¿Qué fármaco tomaba?
¿En qué dosis?
¿Con qué frecuencia?
¿Durante cuánto tiempo?
¿Qué efectos secundarios constan en la documentación clínica?
¿Se valoró su posible influencia sobre la memoria o la capacidad de evocación?
Cuando estas preguntas no aparecen, la medicación suele convertirse en una nota al pie que nadie vuelve a mirar.
Y no siempre debería ser así.
Hay otra cuestión especialmente útil.
Observa cómo se interpreta la conducta emocional.
Algunas personas comparecen con una afectividad muy contenida.
Otras parecen emocionalmente planas.
Otras presentan una activación muy baja durante la exploración.
Antes de convertir esas observaciones en argumentos sobre credibilidad o falta de credibilidad, conviene preguntarse algo muy básico.
¿Puede existir una explicación farmacológica?
No siempre.
Pero es una posibilidad que merece ser explorada.
Si ejerces la acusación, conviene anticipar esta línea de trabajo desde el principio.
No ignores la medicación.
Incorpórala.
Explícala.
Documenta cuándo empezó.
Documenta por qué se prescribió.
Documenta qué efectos esperables existen y cuáles no.
Cuanto más clara sea esa información, menos margen habrá para convertir la farmacología en un argumento especulativo.
Hay un aspecto que suele pasar desapercibido.
La diferencia entre presencia de medicación y afectación funcional.
Que una persona tome un psicofármaco no significa automáticamente que su memoria esté alterada.
Ni que su relato sea menos fiable.
Ni que sus emociones sean artificiales.
La cuestión relevante es otra.
¿Existe evidencia concreta de que ese tratamiento tuvo influencia en los aspectos que ahora se discuten en el procedimiento?
Esa es la pregunta que debería responder una buena pericial.
Antes de terminar la revisión del expediente, hay una última comprobación especialmente útil.
Busca si las declaraciones importantes coinciden con cambios relevantes de tratamiento.
Aumento de dosis.
Inicio de benzodiacepinas.
Retirada de medicación.
Cambios de prescripción.
Empeoramientos clínicos.
Mejorías significativas.
No porque eso explique automáticamente lo ocurrido.
Porque ayuda a interpretar adecuadamente la información disponible.
Si finalmente solicitas una pericial, intenta que el objeto sea concreto.
No pidas una valoración genérica sobre psicofármacos.
Pide que se analice:
la medicación prescrita en cada momento relevante,
sus posibles efectos cognitivos y emocionales,
la influencia potencial sobre memoria y narración,
la evolución temporal del tratamiento,
la relación entre estado clínico, tratamiento y declaraciones realizadas.
Es un terreno mucho más útil.
La cuestión de fondo suele ser bastante sencilla.
Cuando un procedimiento incorpora psicofármacos, la pregunta rara vez es si la medicación existe.
La pregunta importante es si alguien se ha tomado la molestia de estudiar qué relevancia tenía realmente.
Y eso no siempre ocurre.
A veces la medicación aparece mencionada en una línea perdida del informe.
Precisamente en la misma zona donde suelen acabar los datos que más incomodan a determinadas conclusiones.