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Imagen realizada con IA por el propio autor de la recepción organizada por Harvey en la capital de España

Por Pablo Sáez Hurtado · Delvy A.I. Senior Counsel · Presidente de la Comisión Joven de ENATIC

La noche del 23 de abril de 2026, Madrid dejó de ser únicamente una plaza atractiva para la innovación jurídica y pasó a convertirse en un escenario de validación global. En el Hotel Santo Mauro, en la calle Zurbano, Harvey celebró el cocktail privado de presentación de su oficina española, situada en Velázquez 34, en plena milla jurídica de la capital.

No fue solo una inauguración con copas, fotografías y saludos cruzados entre socios, directores jurídicos, académicos y periodistas especializados. Fue, sobre todo, la imagen exacta de un cambio de ciclo: la inteligencia artificial legal ya no llama a la puerta de la abogacía española; ha entrado, ha elegido despacho y ha empezado a hablar el idioma del retorno, la confianza y la responsabilidad.

Harvey llega a Madrid con una narrativa difícil de ignorar. La compañía anunció en marzo una ronda de 200 millones de dólares que elevó su valoración a 11.000 millones, codirigida por GIC y Sequoia, con inversores como Andreessen Horowitz, Coatue, Conviction Partners, Elad Gil, Evantic y Kleiner Perkins.

Su tesis es clara: los agentes de IA empiezan a asumir flujos jurídicos de varios pasos, desde investigación y revisión contractual hasta due diligence, análisis de precedentes y preparación documental. La promesa no es sustituir al abogado, sino devolverle tiempo para aquello que ninguna máquina debería colonizar: criterio, estrategia, prudencia, empatía profesional y responsabilidad última ante el cliente.

La apertura madrileña tampoco es un gesto improvisado. Harvey sostiene que lleva más de dos años trabajando el mercado ibérico y que su producto incorpora acceso a legislación española y portuguesa, contenido local y flujos adaptados a la práctica de la región. En su comunicación oficial, Jorge Bestard, vicepresidente de ventas para EMEA y madrileño, resumió la idea con una frase especialmente reveladora: no entran desde fuera, porque han vivido este mercado. La afirmación importa. En legaltech, aterrizar no significa traducir una interfaz, sino comprender cómo se trabaja bajo presión, cómo se negocia una operación compleja, cómo se organiza un despacho y cómo se protege la confidencialidad en entornos donde cada documento puede contener el pulso de una compañía.

El otro gran símbolo de la noche fue Omar Puertas. Tras veinticinco años en Cuatrecasas, donde fue socio y una de las voces más visibles de la innovación legal, su salto a Harvey como Legal Innovation Partner tiene una fuerza que va más allá del fichaje. Es la señal de que el mercado ha pasado de la experimentación prudente a la exigencia de resultados. En la entrevista concedida a LuisJa Sánchez para LawAndTrends, Puertas formuló la frase que probablemente mejor resume la nueva etapa: hay que demostrar que las herramientas de IA son rentables. Esa frase desplaza el debate desde el asombro tecnológico hacia el gobierno del cambio: medición, adopción, formación, procesos, supervisión y retorno real.

Un evento de primer nivel

El cocktail del Santo Mauro funcionó como una pequeña radiografía del ecosistema. Allí confluyeron el equipo de Harvey, clientes, proveedores, despachos, consultoras, representantes académicos y perfiles que llevan años empujando la transformación digital del sector jurídico. La compañía venía de anunciar un equipo inicial de ocho personas para la Península Ibérica, con perfiles de ingeniería legal, ventas y estrategia.

 Entre los nombres más citados aparecen Celia Vega-Penichet, Gonzalo Antón Tascón, Álvaro Escudero, Joao Fonseca, Jorge Bestard y Omar Puertas. La escena tenía algo de ritual de mercado: España recibía a una de las plataformas de IA jurídica más observadas del mundo, mientras los asistentes trataban de medir hasta dónde puede llegar la automatización cuando deja de ser una prueba piloto y se convierte en infraestructura profesional.

¿Por qué Madrid y por qué ahora? Porque España reúne tres condiciones que raramente coinciden con tanta claridad. Primero, un mercado jurídico sofisticado, competitivo y muy internacionalizado, con despachos capaces de operar en M&A, inmobiliario, financiero, litigación, tecnología y energía al nivel de las grandes plazas europeas. Segundo, una comunidad académica y profesional cada vez más consciente de que la próxima generación de abogados deberá saber preguntar, supervisar, auditar y corregir sistemas de IA. Tercero, un contexto regulatorio europeo que convierte la confianza en ventaja competitiva. El Reglamento Europeo de Inteligencia Artificial ya no es una hipótesis de conferencia: es el marco que obligará a ordenar roles, riesgos, transparencia, alfabetización, supervisión humana y responsabilidades en la adopción de estas herramientas.

Aquí reside la cuestión de fondo para la abogacía española. Harvey no llega solo como proveedor. Llega como espejo. Obliga a los despachos a preguntarse si conocen realmente sus usos internos de IA, si tienen políticas de uso, si han formado a sus equipos, si pueden justificar la calidad de los outputs, si han definido cuándo una respuesta automatizada puede utilizarse y cuándo debe rechazarse.

También obliga a las asesorías jurídicas a replantear sus métricas: ahorro de tiempo, reducción de tareas repetitivas, mejor trazabilidad documental, más consistencia en el análisis y, al mismo tiempo, controles sobre sesgos, confidencialidad, protección de datos, secreto profesional y dependencia tecnológica.

El gran riesgo sería interpretar este desembarco con dos extremos igual de pobres: el entusiasmo acrítico o el rechazo nostálgico. La IA jurídica no es magia, pero tampoco es una moda pasajera. Es una nueva capa de infraestructura cognitiva aplicada a una profesión construida sobre lenguaje, información, probabilidad y decisión. Por eso la pregunta no es si los abogados usarán IA, sino bajo qué reglas, con qué garantías y con qué cultura profesional. Quien la utilice sin gobierno puede multiplicar errores. Quien la ignore por comodidad puede perder competitividad. Quien la incorpore con método podrá mejorar productividad sin abdicar de la responsabilidad.

Hacia un debate de altura

Desde una perspectiva ética, la llegada de Harvey a Madrid debería servir para elevar el listón del debate. No basta con hablar de eficiencia. Hay que hablar de explicabilidad operativa, de trazabilidad de instrucciones, de límites de uso, de revisión humana cualificada, de seguridad contractual, de datos de entrenamiento, de segregación de información y de rendición de cuentas. La confianza no se declara: se documenta. Y en el Derecho, documentar significa poder reconstruir por qué se tomó una decisión, quién intervino, qué fuentes se consultaron, qué riesgos se identificaron y qué margen de incertidumbre permanecía. Ahí es donde los abogados españoles pueden jugar un papel diferencial si entienden la IA no como atajo, sino como objeto de gobierno.

Hay, además, una consecuencia silenciosa que no conviene subestimar: la presión cultural sobre la formación jurídica. Durante décadas, el abogado excelente se definió por su memoria, su capacidad de lectura y su resistencia al trabajo intensivo. En la próxima etapa, esas virtudes seguirán importando, pero se verán acompañadas por otras competencias: saber diseñar instrucciones, contrastar respuestas, detectar alucinaciones, evaluar fuentes, proteger información sensible y traducir una recomendación automática en una decisión jurídicamente defendible. La abogacía joven no puede formarse de espaldas a esta realidad, y la abogacía senior no puede delegarla únicamente en departamentos de innovación. La IA será transversal o no será transformadora.

Por eso resulta relevante que Harvey haya conectado su expansión con universidades como IE Law School, Esade Law School e ICADE. La batalla por la IA jurídica no se decidirá solo en los grandes despachos, sino también en las facultades, en los másteres, en los colegios profesionales y en las asesorías internas que deben enseñar a sus equipos a trabajar con máquinas sin pensar como máquinas.

 España tiene una oportunidad singular: convertir la adopción tecnológica en una escuela de responsabilidad profesional. Si los futuros abogados aprenden desde el principio que un output no es una verdad, sino una hipótesis de trabajo que debe ser verificada, la IA no empobrecerá el oficio. Al contrario, puede devolverlo a su núcleo más noble: pensar mejor, decidir mejor y servir mejor.

La cuestión, en definitiva, no será quién compra antes la herramienta más sofisticada, sino quién construye antes la disciplina interna para utilizarla con solvencia, humildad y control; porque la verdadera innovación jurídica no consiste en acelerar cualquier respuesta, sino en aumentar la calidad de las preguntas y la responsabilidad de las decisiones en cada caso concreto.

 

Un futuro apasionante

Los próximos tres a cinco años serán decisivos. Veremos despachos creando comités de IA, responsables internos de gobernanza, protocolos de prompting, bibliotecas de casos de uso aprobados y sistemas de medición de productividad. Veremos también tensiones en el modelo de negocio: si una tarea que antes consumía veinte horas puede ejecutarse en dos, el valor no desaparecerá, pero cambiará de lugar. La ventaja estará en diseñar mejores estrategias, interpretar mejor el riesgo, negociar mejor y entregar más rápido sin sacrificar calidad. La IA comprimirá tiempos; la confianza seguirá exigiendo madurez.

La presencia de Harvey en Madrid, por tanto, no debe leerse como una anécdota corporativa, sino como un aviso a navegantes. La abogacía española tiene talento, clientes, universidades, reguladores, asociaciones y una posición natural de puente con Latinoamérica. Si suma a todo ello una cultura seria de IA responsable, puede aspirar a liderar la transformación jurídica europea desde una perspectiva propia: más humanista, más garantista y más consciente de que el Derecho no puede delegar su conciencia en un modelo estadístico.

El brindis del Santo Mauro pasará. Las fotografías circularán unos días. Las valoraciones de mercado cambiarán. Pero quedará la pregunta importante: qué tipo de profesión queremos construir cuando las herramientas son capaces de leer, comparar, resumir y ejecutar a una velocidad que ya no pertenece al abogado humano.

Mi respuesta es sencilla: una profesión más aumentada, sí; más eficiente, sin duda; pero también más responsable, más transparente y más exigente consigo misma. Harvey ha abierto oficina en Madrid.

Ahora corresponde a la abogacía española demostrar que puede abrir, con la misma ambición, una nueva etapa de inteligencia jurídica ética, rentable y verdaderamente confiable.