En los procesos de separación y divorcio, hay preguntas que nos repiten una y otra vez en los despachos de abogados. Una de las más delicadas tiene que ver directamente con los hijos: “¿puede mi hijo o mi hija, menor de edad, decidir con quién vivir?”.
La duda no es menor.
Es un tema que afecta de manera importante a la organización familiar, a la convivencia diaria tras la ruptura y, sobre todo, al equilibrio emocional de los niños y adolescentes. Hay parejas que temen que sus hijos tengan que elegir entre ellos y otras confían en que su deseo lo determin
La realidad legal está en un punto intermedio: un menor no decide por sí solo, pero su opinión es escuchada y tenida en cuenta.
El interés superior del menor: el punto de partida
En cualquier decisión que afecte a un menor, los juzgados parten siempre de un principio clave: el interés superior del menor.
Este criterio está recogido tanto en el Código Civil como en la legislación de protección del menor y significa que lo más importante no es lo que quieran los padres, sino qué es lo mejor para el niño o adolescente.
Esto implica analizar su estabilidad, entorno, necesidades emocionales, educativas y sociales, y también su relación con cada progenitor. Dentro de todo esto está su opinión que es relevante, pero nunca es el único elemento que se valora.
¿A partir de qué edad se escucha a un menor en un divorcio?
La ley no establece una edad exacta en la que un menor pueda “elegir” con quién vivir, pero sí un punto de referencia importante.
Según el Código Civil, los menores con suficiente madurez y, en todo caso, los mayores de 12 años, serán escuchados cuando se adopten medidas que les afecten, como la custodia o el régimen de convivencia, que es esencial para su vida a partir de ese momento.
Cada situación es distinta y se analiza de forma individual.
Escuchar no es lo mismo que decidir
Un error es pensar que, a partir de cierta edad, el menor puede decidir libremente con qué progenitor vivir. No funciona así.
El juez escucha al menor para conocer:
-
Cómo se siente en cada hogar.
-
Cómo es su relación con cada progenitor.
-
Qué cambios le afectan más en su día a día.
-
Si hay situaciones que le generan malestar o inseguridad.
Pero la decisión final no depende solo de lo que diga, sino del conjunto de pruebas e informes que obran en el procedimiento. Esto es fundamental porque evita que los hijos carguen con una responsabilidad que no les corresponde.
Cómo se escucha a un menor en un procedimiento judicial
Cuando es necesario conocer su opinión, contamos con distintas formas de hacerlo, siempre procurando protegerle y evitarle situaciones de presión.
Lo más habitual es que el menor sea escuchado en un entorno adaptado, sin la presencia de los padres. En muchos casos, también intervienen profesionales como psicólogos o equipos psicosociales adscritos al juzgado.
El objetivo no es interrogar ni obligar al menor a tomar partido, sino comprender su situación emocional y familiar. Todo lo que exprese se recoge en un informe que el juez valorará junto con el resto de elementos del caso.
La madurez del menor, la clave
Más allá de la edad, los jueces tienen muy en cuenta la madurez del menor. No todos los niños y adolescentes evolucionan igual, ni tienen la misma capacidad para expresar sus emociones o comprender las consecuencias de sus palabras.
Por eso, se analiza si el menor comprende la situación, expresa su opinión de forma razonada, no está influenciado ni presionado y, sobre todo, si muestra estabilidad emocional.
Si se detecta que repite un discurso aprendido o que existe manipulación, su opinión pierde peso en la decisión final.
¿Puede un adolescente negarse a vivir con uno de sus padres?
Cuando hablamos de adolescentes a partir de los 14 o 15 años, su opinión tiene un peso mayor, aunque sigue sin ser decisiva por sí sola. Si manifiesta de forma clara y mantenida en el tiempo que no quiere vivir con uno de sus progenitores, el juzgado analiza los motivos.
No es lo mismo una preferencia que se apoye en una comodidad o capricho que una negativa relacionada con conflictos graves como falta de cuidados o problemas de convivencia.
Hay casos en los que forzar una convivencia no deseada le perjudica, y esto se tiene en cuenta. Aun así, siempre se intenta preservar la relación con ambos progenitores, con la excepción de que haya una causa que lo desaconseje.
Custodia compartida y opinión del menor
En estos casos también la duda es si el menor puede oponerse a este sistema.
De nuevo, su opinión puede ser escuchada, especialmente si supone cambios importantes en su rutina, colegio o entorno social. Sin embargo, la custodia compartida no se descarta automáticamente porque el menor prefiera vivir más tiempo con uno de los padres.
El juez valorará si ese modelo es viable, si existe buena comunicación entre los progenitores y si realmente beneficia al menor.
¿Puede con el tiempo cambiar de opinión?
Sí, de hecho, es bastante habitual.
Imagina, por ejemplo, que ha crecido y sus necesidades han cambiado o la convivencia ya no funciona igual (pasa a veces cuando el progenitor custodio tiene otra pareja y la relación no es demasiado buena).
En casos de este tipo sí se puede solicitar una modificación de las medidas establecidas en su día, siempre que exista un cambio relevante de circunstancias, y la opinión del menor de nuevo es uno de los factores que lo justifica, pero no el único. Debe acreditarse que el cambio es beneficioso para el menor y que responde a una situación estable, no a un conflicto puntual.
Qué NO debe hacer un progenitor
Cuando un menor expresa preferencias sobre con quién quiere vivir, es fundamental que actúes con responsabilidad. Presionar, influir o ponerle en medio del conflicto, por experiencia, se vuelve en tu contra, por no hablar de que los juzgados son especialmente sensibles a situaciones de manipulación emocional y afecta negativamente a la valoración del caso.
Cada familia es diferente y no existe una respuesta única válida para todos los casos. Por eso, ante dudas sobre la custodia o la convivencia de los hijos, contar con asesoramiento legal es clave.