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La victoria del Paris Saint-Germain (PSG) frente al Arsenal en la final de la Champions, la segunda consecutiva que gana, dejó el sábado un triste balance, con un muerto, 219 heridos y 780 personas detenidas durante los festejos en todo el país. La mayoría de los arrestos fue en las celebraciones en París, aunque hubo disturbios en 71 ciudades, según el último balance que ha detallado este domingo por la mañana el ministro del Interior, Laurent Núñez, en una rueda de prensa.

Mientras en España se puede leer lo siguiente: El fútbol base de Tenerife ha vuelto a ser escenario de un lamentable incidente. La noche de este pasado viernes, 29 de mayo de 2026, el campo de fútbol de Tíncer albergó una nueva batalla campal que obligó al colegiado a suspender el encuentro ante la gravedad de los hechos.

Vivimos en una sociedad cada vez más convulsa y polarizada, donde la violencia parece emerger en cualquier ámbito de nuestra vida. Lo más preocupante es que también aparece en contextos donde, en principio, deberían prevalecer valores como el respeto, el diálogo, la convivencia y el encuentro. Resulta paradójico que celebraciones y eventos deportivos, concebidos para compartir alegrías y fortalecer vínculos comunitarios, terminen derivando en batallas campales o graves disturbios que no solo afectan a quienes participan directamente, sino también al conjunto de la comunidad.

Ante esta realidad, cabe preguntarse por qué la justicia restaurativa no se utiliza con mayor frecuencia y profundidad. No me refiero a talleres puntuales o simples cursos de formación, sino a verdaderos programas, intervenciones y espacios restaurativos diseñados para prevenir la violencia, fortalecer los lazos comunitarios y reparar el daño allí donde este se produzca. Porque, en definitiva, todos formamos parte de múltiples comunidades y todas ellas necesitan herramientas que favorezcan relaciones más saludables, responsables y respetuosas.

JUSTICIA RESTAURATIVA EN EL DEPORTE

Es evidente que la justicia restaurativa nació y se desarrolló inicialmente en el ámbito penal como respuesta al tradicional olvido de las víctimas dentro del sistema de justicia. Su objetivo era darles voz, visibilizar sus historias y procurar que sus necesidades fueran atendidas tras el daño sufrido, especialmente la necesidad de reparación.

Sin embargo, también es necesario reconocer que en España su desarrollo no siempre ha sido el más adecuado. Con frecuencia se confunde con la mediación; en algunos contextos se presenta como un simple mecanismo alternativo de resolución de conflictos destinado a agilizar la carga de trabajo de los juzgados; en otros, se considera erróneamente una herramienta reservada para delitos leves.

En el ámbito penitenciario, además, en ocasiones se ha reducido a su mínima expresión: favorecer un encuentro conjunto cuando es posible y precederlo de determinadas sesiones formativas que, paradójicamente, pueden terminar haciendo aquello que precisamente un facilitador restaurativo debe evitar: imponer valores, dirigir conclusiones o emitir juicios sobre las personas participantes.

La simplificación ha llegado hasta tal punto que algunos materiales y manuales apenas hacen referencia a elementos esenciales de la justicia restaurativa, como la responsabilización de la persona ofensora, la comprensión del daño causado y el surgimiento de una voluntad auténtica de reparación. En ocasiones, además, estos procesos son diseñados desde perspectivas profesionales que, siendo valiosas en su propio ámbito de actuación, terminan relegando la figura del facilitador restaurativo a un papel secundario, instrumental o meramente operativo.

Con estas premisas resulta difícil que las administraciones comprendan todo el potencial de la justicia restaurativa, se impliquen decididamente en su desarrollo o eviten prácticas que terminan desvirtuando su esencia. Y, sin embargo, es precisamente ahora cuando más necesario sería facilitar que las entidades sociales y los profesionales verdaderamente formados en justicia restaurativa pudieran diseñar e implementar programas y espacios restaurativos en los distintos ámbitos de la comunidad, más allá del sistema penal y penitenciario.

Es necesario comenzar recordando, una vez más, que la formación en mediación no habilita por sí sola para ejercer como facilitador de justicia restaurativa. Se trata de disciplinas distintas, con objetivos, metodologías y competencias específicas. Por ello, resulta imprescindible contar con profesionales adecuadamente formados y entrenados en justicia restaurativa. Solo así evitaremos encontrarnos con manuales y programas en los que se mezclan técnicas terapéuticas con metodologías restaurativas o se diseñan procesos deficientemente estructurados, especialmente en aspectos tan sensibles y relevantes como la preparación de la víctima y de la persona ofensora antes de un eventual encuentro conjunto.

Además, la justicia restaurativa —y sí, podemos y debemos utilizar la palabra justicia— no se limita a reparar el daño causado. Al fin y al cabo, todos aspiramos a relacionarnos de manera justa y a actuar conforme a aquello que consideramos correcto en nuestras relaciones con los demás. Por ello, junto a la reparación, la justicia restaurativa persigue también la construcción y el fortalecimiento de la comunidad.

Existe la creencia de que la justicia restaurativa solo tiene cabida en el ámbito penal y que, fuera de él, debemos hablar exclusivamente de prácticas restaurativas. Sin embargo, esta distinción resulta, en muchas ocasiones, artificial.

Toda justicia restaurativa tiene una dimensión comunitaria porque su finalidad última consiste en construir, fortalecer o reparar los vínculos que sostienen la convivencia. Cuando se produce un daño, este no afecta únicamente a la víctima directa. Sus consecuencias alcanzan también a la familia, al entorno cercano y, en mayor o menor medida, a toda la comunidad. Por ello, hablar de reparación implica también hablar de reparación comunitaria. Esta idea resulta especialmente relevante en ámbitos no penales, como el deporte base, donde los conflictos y las conductas violentas no pueden abordarse únicamente desde la lógica de la sanción o, en su caso, de la intervención judicial.

En estos contextos debemos buscar fórmulas que permitan reparar los daños producidos y restaurar las relaciones deterioradas, precisamente porque quienes participan forman parte de una misma comunidad: la comunidad deportiva. Reparar es importante, pero también lo es fortalecer esa comunidad para que pueda afrontar los conflictos futuros de una manera más saludable y menos violenta.

Cuando hace unos días reflexionaba sobre determinados incidentes en el fútbol profesional ya señalaba la importancia de incorporar la justicia restaurativa al ámbito deportivo. Sin embargo, si existe un espacio donde esta resulta especialmente necesaria es en el deporte base. Estas comunidades no están integradas únicamente por jugadores, entrenadores o árbitros. También forman parte de ellas las familias, cuyo papel resulta esencial tanto en la educación de los menores como en la construcción de una cultura deportiva basada en el respeto, la responsabilidad y la convivencia.

Deberíamos comenzar a crear espacios restaurativos, como propongo en mi libro El futuro de la justicia restaurativa: cuando la justicia escucha, en distintos niveles y dentro de las diferentes comunidades de las que formamos parte. Su implantación resultaría especialmente valiosa en el ámbito deportivo, donde no solo conviven niños, niñas y adolescentes, sino también sus familias.

Los espacios restaurativos de primer nivel estarían orientados a compartir experiencias, reflexionar y visibilizar las historias de los miembros de la comunidad deportiva. Estos espacios contribuyen a la construcción de comunidad cuando se incorporan nuevos integrantes y al fortalecimiento de los vínculos cuando la comunidad ya existe. Favorecen el entendimiento mutuo, generan sentido de pertenencia y, por supuesto, tienen una importante función preventiva frente a conductas violentas o incluso delictivas.

Asimismo, mediante prácticas restaurativas como los círculos, estos espacios permiten visibilizar historias de daño que muchas veces permanecen ocultas. Al hacerlo, facilitan procesos de sanación, promueven la empatía y despiertan una voluntad colectiva de actuar para evitar que esos daños vuelvan a repetirse.

Por su parte, los espacios restaurativos de segundo nivel tendrían como finalidad reparar la comunidad cuando el daño ya se ha producido, como podría ocurrir en situaciones como las vividas recientemente en Canarias. No deberíamos ser tan rígidos como para limitar la justicia restaurativa a una única metodología o intervención. Es cierto que podría realizarse un encuentro entre víctima y persona ofensora para que esta última no solo dialogue, sino que reflexione sobre el impacto de sus acciones, comprenda el daño causado y busque formas de repararlo o, al menos, de mitigar sus consecuencias. Sin embargo, cuando el daño afecta a toda una comunidad, resulta igualmente necesario incorporar a esa comunidad al proceso restaurativo. Por ello, deberían promoverse prácticas más inclusivas que permitan a los distintos miembros de la comunidad deportiva expresar cómo les afectó lo sucedido, qué necesitarían para sentirse mejor, qué cambios consideran necesarios para que el futuro sea diferente y qué puede aportar cada persona para prevenir nuevas situaciones de violencia. La reparación deja entonces de ser una cuestión exclusivamente individual para convertirse en una responsabilidad compartida.

Esto implica necesariamente trabajar también con las familias e integrarlas plenamente como miembros de la comunidad deportiva. No solo porque desempeñan un papel esencial en el funcionamiento de esta, sino porque constituyen uno de los pilares fundamentales en el desarrollo de niños, niñas y adolescentes. La comunidad familiar es un espacio privilegiado de aprendizaje, transmisión de valores y construcción de identidad.

Por ello, dotar a las familias de herramientas restaurativas y ayudarlas a convertirse también en comunidades restaurativas debería ser una prioridad. Además de favorecer la convivencia familiar, esta labor tiene un enorme potencial preventivo. Comunidades deportivas, escolares y sociales funcionarán mejor cuando los menores hayan interiorizado valores como el respeto, la responsabilidad, la empatía y el diálogo en el seno de sus propias familias, que siguen siendo la primera comunidad encargada de educar a los adultos del futuro.

Por tanto, más allá de la formación —que sin duda puede resultar valiosa para entrenadores, familias y demás miembros de la comunidad deportiva a la hora de comprender los principios y valores de la justicia restaurativa—, resulta fundamental desarrollar espacios restaurativos integrados en programas más amplios orientados al fortalecimiento de la comunidad.

En el ámbito deportivo, estos programas deberían contribuir a construir relaciones más saludables, reforzar el sentimiento de pertenencia y generar una cultura basada en el respeto, la responsabilidad y la cooperación. Pero, además, cuando se produzcan situaciones de violencia, deben ofrecer una respuesta que vaya más allá de la mera sanción.

Evidentemente, cuando los hechos constituyan un delito grave, deberán ponerse en conocimiento de las autoridades competentes. Sin embargo, junto a la respuesta jurídica, es necesario incorporar una respuesta restaurativa centrada en las necesidades de las personas dañadas. Esto implica crear espacios donde las víctimas puedan ser escuchadas y atendidas, donde quienes causaron el daño puedan comprender el impacto real de sus acciones, asumir su responsabilidad y participar activamente en su reparación. Pero también supone reconocer que el daño rara vez afecta únicamente a quienes protagonizan directamente los hechos. La comunidad también se ve perjudicada y, por ello, debe tener la oportunidad de participar en los procesos restaurativos.

De esta forma, entrenadores, jugadores, árbitros, familias y demás miembros de la comunidad deportiva pueden expresar cómo les afectó lo ocurrido, qué necesitan para recuperar la confianza y qué medidas consideran necesarias para evitar que situaciones similares vuelvan a repetirse. La prevención deja entonces de ser una tarea individual para convertirse en una responsabilidad colectiva, construida desde el diálogo, la escucha y la participación activa de todos los miembros de la comunidad. Solo así la justicia restaurativa despliega todo su potencial: no únicamente como una herramienta para gestionar el daño cuando este ya se ha producido, sino como una forma de fortalecer comunidades capaces de afrontar los conflictos de manera más humana, responsable y respetuosa.

Sin embargo, para que todo esto sea posible, es imprescindible comprender realmente qué es la justicia restaurativa y cuáles son sus objetivos. No basta con elaborar un manual, diseñar un curso y replicarlo indefinidamente esperando que, por sí solo, produzca cambios significativos. Eso pertenece al ámbito de la formación, que puede ser necesaria e incluso útil, pero no equivale a una verdadera intervención o programa restaurativo.

La justicia restaurativa requiere algo más profundo: espacios cuidadosamente diseñados, facilitadores adecuadamente formados, procesos adaptados a las necesidades de cada comunidad y una comprensión clara de que su finalidad no es únicamente transmitir conocimientos, sino transformar relaciones, atender necesidades, reparar daños y fortalecer los vínculos comunitarios.

Por ello, antes de hablar de programas restaurativos, conviene preguntarse si realmente se comprende qué es la justicia restaurativa, qué pretende conseguir y qué papel puede desempeñar en la construcción de comunidades más cohesionadas y resilientes. Mientras se siga confundiendo con una metodología concreta, con la mediación o con una simple herramienta de gestión de conflictos, será difícil aprovechar todo su potencial transformador.

La justicia restaurativa no consiste en aplicar mecánicamente una serie de técnicas. Es una forma de entender el daño, las relaciones humanas y la responsabilidad compartida en la construcción de comunidades más justas, más participativas y más capaces de afrontar los conflictos sin recurrir a la violencia.

JUSTICIA RESTAURATIVA EN LAS CIUDADES Y BARRIOS

Por otro lado, asistimos a una creciente polarización social que constituye un terreno fértil para la aparición de conductas violentas. Los disturbios ocurridos en Francia tras una celebración deportiva son un ejemplo de cómo determinados acontecimientos pueden convertirse en el escenario perfecto para la expresión de tensiones sociales preexistentes. Más allá del hecho concreto, estos episodios nos invitan a reflexionar sobre la necesidad de fortalecer los vínculos comunitarios y el sentido de pertenencia de las personas hacia los lugares donde viven y conviven.

Esto nos indica que, más que nunca, es necesario impulsar programas y espacios que permitan a los miembros de una ciudad, un barrio o cualquier otra comunidad sentirse parte activa de ella. No pretendo afirmar que la justicia restaurativa sea la solución a todos los problemas sociales. Sin embargo, si aspiramos a construir por ejemplo, barrios restaurativos, ciudades restaurativas, centros deportivos restaurativos o colegios restaurativos, es razonable pensar que la convivencia mejorará y que existirán más oportunidades para prevenir la reiteración de la violencia.

Existen múltiples formas de fortalecer una comunidad mediante espacios restaurativos de primer y segundo nivel integrados en programas permanentes y dinámicos. Estos espacios pueden servir para visibilizar las historias de quienes forman parte de la comunidad, generar lugares seguros donde compartir preocupaciones y necesidades, intercambiar propuestas para mejorar la convivencia y, sobre todo, dar voz a quienes desean convertirse en agentes activos del cambio social.

Asimismo, estos espacios podrían incorporar a representantes de distintos ámbitos de la comunidad, incluyendo miembros de las fuerzas y cuerpos de seguridad, responsables de las administraciones públicas y otros actores relevantes con capacidad para escuchar, comprender las necesidades de la ciudadanía y promover políticas públicas inspiradas en los principios de la justicia restaurativa.

Esta sería una forma de comenzar a entender y aplicar la justicia restaurativa no solo como una respuesta al daño, sino también como un movimiento social orientado a transformar la manera en que las personas y las comunidades se relacionan entre sí. Una herramienta capaz de fortalecer el tejido social, fomentar la participación ciudadana y generar una cultura basada en la escucha, la corresponsabilidad y el respeto mutuo.

Puede que esta visión parezca utópica. En gran medida porque durante años la justicia restaurativa se ha presentado casi exclusivamente como encuentros entre víctimas y personas ofensores, como una herramienta vinculada al ámbito penitenciario o, en ocasiones, como un recurso utilizado por las instituciones para proyectar una determinada imagen pública. Sin embargo, aunque estos encuentros poseen un enorme valor reparador y con frecuencia nos devuelven la confianza en la capacidad humana para reconocer el daño y transformarse, representan solo una parte de las posibilidades que ofrece la justicia restaurativa.

Existen muchas otras formas de hacer justicia restaurativa y de contribuir a la construcción de comunidades más fuertes, cohesionadas y resilientes. Para ello, resulta imprescindible actuar con rigor, respetar los principios restaurativos y garantizar que quienes facilitan estos procesos cuenten con la formación, las competencias y la ética profesional necesarias para acompañar a las personas y a las comunidades en estos complejos, pero profundamente transformadores, caminos de reparación y fortalecimiento colectivo.

CONCLUSIONES

La violencia que observamos en los estadios, en el deporte base, en los barrios o incluso durante celebraciones que deberían ser motivo de alegría, no surge de la nada. Es el reflejo de comunidades debilitadas, de vínculos deteriorados y de una creciente dificultad para reconocernos como parte de un mismo tejido social. Cuando la confrontación sustituye al diálogo y la polarización desplaza a la empatía, la convivencia se vuelve cada vez más frágil.

Frente a esta realidad, la justicia restaurativa ofrece mucho más que una respuesta al daño ya causado. Representa una manera diferente de entender las relaciones humanas, una invitación a reconstruir la confianza, fortalecer la comunidad y asumir una responsabilidad compartida en la prevención de la violencia. Su potencial transformador no puede quedar reducido a encuentros puntuales, cursos de formación o herramientas utilizadas de manera instrumental. La justicia restaurativa es, ante todo, una filosofía de relación y de construcción colectiva.

Si queremos comunidades deportivas, escolares, vecinales o ciudadanas más seguras y cohesionadas, debemos crear espacios donde las personas puedan escucharse, compartir sus historias, expresar sus necesidades y participar activamente en la búsqueda de soluciones. La verdadera prevención nace cuando las personas se sienten vistas, escuchadas y valoradas como miembros importantes de una comunidad.

Resulta imprescindible recuperar el sentido profundo de la justicia restaurativa, alejándola de simplificaciones, confusiones conceptuales e intereses institucionales que terminan desvirtuando sus objetivos.

 Reparar el daño sigue siendo fundamental, pero también lo es fortalecer los lazos que nos unen y generar las condiciones necesarias para que ese daño no vuelva a repetirse.

Quizá la gran lección que nos dejan los episodios de violencia que periódicamente conmocionan nuestras sociedades es que no basta con reaccionar cuando el conflicto estalla. Necesitamos construir comunidad antes, durante y después de la crisis. Necesitamos espacios donde la dignidad, la escucha y la corresponsabilidad ocupen el lugar que hoy ocupa demasiadas veces la confrontación.

Porque una sociedad verdaderamente restaurativa no es aquella en la que nunca se producen daños, sino aquella que ha aprendido a afrontarlos sin renunciar a la humanidad de quienes los sufren, de quienes los causan y de la comunidad que los rodea.