8 de enero · Las Vegas
Juan Carlos Moncada
Algo impresiona hoy en CES más que muchos gadgets: las universidades asiáticas ya no vienen solas.
No llegan con folletos de intercambio académico, ni con sonrisas institucionales esperando firmar un MoU simbólico. Llegan con ecosistema completo: startups, fondos, ministerios, agencias de innovación, regiones, ciudades y una agenda-país perfectamente alineada.
La universidad es el logo visible. Detrás viene todo lo demás.

Lo que muestran las fotos (y lo que no es casual)
En los pabellones universitarios asiáticos se repite una escena muy poco universitaria en el sentido clásico:
• Ministerios de Educación y agencias nacionales claramente visibles.
• Fundaciones públicas y centros regionales acompañando la oferta.
• Startups ya seleccionadas, no proyectos en idea.
• Tecnologías aplicadas (fintech, logística, salud, IA industrial), no papers.
• Narrativa territorial: región, ciudad, especialización productiva.
Aquí la internacionalización no es reputacional, es instrumental: atraer inversión, captar talento, colocar tecnología y abrir mercados.
Esto no es diplomacia académica. Es soft power bien diseñado.
Universidad ≠ convenio: universidad = plataforma
El mensaje es claro: la universidad se usa como puerta legítima para desplegar algo mucho más grande.
• Convenios → sí, pero como consecuencia, no como objetivo.
• Intercambios → secundarios frente a proyectos financiados.
• Investigación → conectada desde el día uno con empresa y Estado.
Así se evita el gran pecado de la internacionalización tradicional: mucho viaje, mucha foto… poco impacto real.
Estados presentes, proyectos presentes
No solo Asia. También se ve a Estados que entienden CES como escenario geopolítico: Turquía, Italia, otros países con stands donde tecnología, industria y narrativa nacional están alineadas.
No vienen a “ver qué pasa”.
Vienen a colocar capacidades.
Y aquí aparece el contraste incómodo.
España y Colombia: presencia fragmentada, proyecto ausente
España sí está. Pero no está como sistema. Las fotos de empresas españolas muestran un patrón muy claro:
El común denominador de las empresas españolas en CES hoy
• Alta calidad tecnológica: deep tech, ciberseguridad, hardware avanzado, IA comprimida, materiales inteligentes.
• Empresas pequeñas o medianas, muy especializadas.
• Narrativa técnica impecable, pero aislada.
• Cero relato país, cero acompañamiento institucional visible.
• Cada uno a lo suyo, resolviendo agenda propia.
No es un problema de talento.
Es un problema de orquestación.
Colombia, directamente, no está. Ni como ecosistema, ni como apuesta estratégica, ni siquiera como experimento.
La diferencia clave
• Asia: “Aquí está nuestra universidad, y con ella nuestro modelo de país.”
• España: “Aquí está mi empresa. Muy buena. Muy sola.”
• Colombia: silencio.
CES no castiga la ausencia de talento. Castiga la ausencia de visión sistémica.
La lección desde Law & Trends
La internacionalización está cambiando de naturaleza:
• Ya no se trata de firmar convenios, sino de desplegar ecosistemas.
• La universidad deja de ser un fin y se convierte en vehículo.
• El derecho, la regulación y la política pública pasan a ser infraestructura silenciosa de la influencia.
Quien no entienda esto seguirá celebrando acuerdos académicos… mientras otros se quedan con el capital, los proyectos y el talento.
CES 2026 lo deja claro, incluso sin decirlo en voz alta.
Lecciones — cuando la internacionalización dejó de ser académica
Este modelo cambia silenciosamente tres cosas que en Europa y América Latina aún se tratan como compartimentos separados: regulación, financiación pública y gobernanza universitaria.
Primero, la regulación.
Cuando la universidad actúa como puerta de entrada de un ecosistema completo, el derecho deja de mirar solo convenios académicos y empieza a enfrentar algo más incómodo: contratos híbridos, financiación cruzada, transferencia tecnológica con interés estratégico, datos, propiedad intelectual y presencia estatal indirecta en mercados extranjeros. No es cooperación educativa; es arquitectura jurídica de influencia. Y exige marcos que hoy casi nadie tiene preparados.
Segundo, la financiación pública.
Aquí el dinero no se justifica por rankings, movilidad o publicaciones, sino por retornos medibles: inversión captada, empresas creadas, empleos tecnológicos, posicionamiento sectorial. La universidad deja de pedir presupuesto “para internacionalizarse” y pasa a ejecutar política económica con bata académica. En muchos países, esto todavía suena subversivo.
Tercero, la gobernanza universitaria.
Este modelo no cabe en rectorados diseñados para administrar carreras, no ecosistemas. Obliga a tomar decisiones estratégicas, a asumir riesgo, a convivir con empresa, Estado y capital sin perder legitimidad. Y eso incomoda: porque gobernar influencia es más difícil que firmar convenios.
Por eso algunos siguen jugando a internacionalizarse en modo 2005: viajes, fotos, acuerdos marco y comunicados optimistas. Es cómodo, políticamente inocuo y jurídicamente simple. También es irrelevante.
CES 2026 muestra algo claro:
la internacionalización ya no premia la intención, sino la capacidad de operar como sistema. Quien no lo entienda seguirá creyendo que el mundo se abre con firmas. Mientras otros entran con estructura, dinero, derecho y poder blando perfectamente alineados.
Y lo hacen sin pedir permiso.