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8 de enero de 2026, Las Vegas

Juan Carlos Moncada

Crónica nocturna desde el subsuelo aromático de la ciudad

El día se cierra. En el CES, las luces siguen encendidas, pero el cuerpo —y la cabeza— ya no están para más pantallas, más pitch decks, más promesas de futuro inmediato. Hay un momento, siempre, en el que la tecnología deja de hablar y es la ciudad la que toma la palabra.
Esta noche, Las Vegas habló en especias.
 
Mientras el Strip mantiene su respiración artificial de neón, a pocos minutos hacia el oeste la ciudad real entra en turno nocturno. Aquí no hay alfombras rojas ni lanyards. Hay mini-malls cansados, vidrios opacos, carteles en árabe, amhárico o urdu, y un aroma que llega antes que cualquier rótulo. Es la otra Vegas: la que abastece cocinas, memorias y diásporas.
 
No es turismo gastronómico. Es abastecimiento serio. Y, curiosamente, es la mejor metáfora posible para cerrar el día del CES.

Primera parada: el mercado donde el polvo todavía tiene alma

La primera tienda es un atlas sin mapas. Estanterías interminables de semillas, raíces, cortezas y polvos que no conocen el envase “premium”. Nada brilla. Todo sirve.
 
Los recipientes transparentes están llenos hasta arriba, señal inequívoca de rotación alta: aquí las especias no envejecen, circulan. El color es intenso, casi violento. No hay marketing; hay confianza comunitaria.
 
Es el tipo de lugar donde uno entiende una regla básica —también válida para la tecnología—: si el producto es bueno, no necesita discurso.

 

Segunda parada: África como portal, no como estantería

La tienda africana no promete precios claros. Y eso, paradójicamente, es parte de su honestidad. Aquí el valor no se etiqueta: se negocia, se pregunta, se aprende.
 
El berbere no está “optimizado”. Está vivo. Los aceites no buscan certificaciones de diseño; buscan uso. La cerámica convive con alimentos, porque en estas culturas cocinar y servir nunca fueron procesos separados.
 
Para quien viene del CES, acostumbrado a roadmaps, KPIs y compliance decks, el contraste es brutal… y saludable. Aquí no hay user journey. Hay tradición en tránsito.

 

Tercera parada: Oriente Medio, precisión sin espectáculo

En ZamZam International Market, todo está ordenado con una lógica que no necesita traducción. Pasillos largos, densos, quirúrgicos.
 
Aquí aparece el verdadero hallazgo de la noche: amba, salsa iraquí de mango fermentado, ácida, profunda, incómoda para paladares tímidos. Un producto que no busca agradar, sino acompañar correctamente.
 
Las botellas conviven con conservas, legumbres, aceites y dulces que cuentan una historia de rutas comerciales mucho más antiguas que cualquier supply chain dashboard visto hoy en el CES.

Una lección inesperada para la audiencia de Law & Trends

Mientras el CES habla de sensores, datos y predicción, estas tiendas hablan de algo más primitivo y más complejo: confianza distribuida. No hay algoritmos visibles, pero hay sistemas. No hay regulación explícita, pero hay normas culturales más exigentes que muchas leyes blandas.
 
Y ahí aparece la reflexión inevitable:
 
El regulador suele llegar tarde no por falta de normas, sino por desconocer cómo funcionan los sistemas vivos antes de formalizarlos.
 
En estas tiendas, el control no es centralizado: es comunitario. El castigo no es legal: es reputacional. La trazabilidad no es digital: es memoria colectiva.
 
Una lección para quienes hoy, en el CES, prometen “gobernanza por diseño” sin haber observado aún cómo gobierna una comunidad real.

 

Cierre del día

Hoy fue suficiente CES. No suficiente Las Vegas. La noche termina rumbo a un tailandés del barrio chino, donde el picante no se negocia y el cansancio se diluye en caldo caliente. Mañana volverán los pabellones, los anuncios y las predicciones.
 
Pero el día ya quedó sellado aquí, entre frascos sin marca, idiomas cruzados y especias que no necesitan validación externa para existir.
 
Porque a veces, para entender el futuro, hay que ir a comprar al pasado… de noche.