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Desde que inicié mi carrera en el ámbito del cumplimiento normativo, he aprendido que uno de los desafíos más grandes no es solo entender las reglas o tener procesos bien diseñados, sino mantener una actitud que facilite la verdadera integración de esas normativas en la cultura organizacional. En este sentido, puedo afirmar que la soberbia y arrogancia, que, si bien son actitudes que en algún momento todos hemos experimentado, que, si no sabemos gestionar, pueden convertirse en obstáculos invisibles que entorpecen esta tarea.

A lo largo de los años, he llegado a comprender que reconocer nuestras limitaciones no solo nos humaniza, sino que fortalece nuestra gestión y relación con los demás. La humildad, en ese sentido, se presenta como una virtud indispensable para un liderazgo alineado con la ética y la responsabilidad social.

Hablar abiertamente de errores y dificultades requiere de una actitud humilde, algo que comúnmente se contrapone a la tendencia a querer demostrar que todo está bajo control. En mi experiencia, una de las peores decisiones que podemos tomar como profesionales es negarnos a aceptar que algo no salió bien, por orgullo o temor a perder autoridad.

Recuerdo claramente una ocasión en que supervisaba un proceso de auditoría en una organización donde un gerente se mostraba reacio a cambiar ciertos procedimientos, argumentando que “sabía lo que hacía” y que “había trabajado en esto por años”. A simple vista, parecía tener razón, pero pronto nos dimos cuenta de que algunos aspectos estaban en incumplimiento, lo cual podía acarrear sanciones. A pesar de las evidencias, su ego le impidió aceptar la realidad y, en ese proceso, retrasó las acciones correctivas.

Este ejemplo me hizo reflexionar: la soberbia puede cegarnos ante los hechos y, en ese proceso, no solo dejamos pasar oportunidades de mejorar, sino que también transmitimos una imagen de infalibilidad que, en realidad, es solo un muro que aleja la colaboración y la transparencia.

Reconocer una dificultad o un error no es signo de debilidad, sino de madurez y valentía. La famosa cita de Mahatma Gandhi resuena en mí en estos momentos: “La verdadera prueba de nuestro carácter radica en nuestra capacidad de aceptar cuando estamos equivocados”.

Por ejemplo, en otra ocasión, detecté un fallo en la gestión de documentos que podría poner en entredicho la transparencia de mi área. Inicialmente, dudé en comunicarlo, temiendo que se interpretara como una muestra de incapacidad. Sin embargo, decidí ser transparente y presentar la situación a mi líder jefe. La respuesta fue mucho más positiva de lo que esperaba: agradeció la honestidad y, juntos, diseñamos un plan para corregir el error. Ese acto fortaleció la confianza.

En este proceso, entendí que aceptar las dificultades y aprender de ellas humaniza nuestro trabajo y -más importante aún- genera un ambiente donde todos estamos comprometidos con la mejora continua. Como mencionan en la UNESCO, “la verdadera fortaleza radica en la humildad y capacidad de aprender” (UNESCO, 2017).

El liderazgo basado en la humildad no implica una falta de confianza. Más bien, soy consciente de que un líder que admite sus errores y fomenta un clima de apertura genera equipos más comprometidos y responsables.

Recuerdo una capacitación en la que invité a mis colegas a compartir sus dudas o errores sin temor a ser juzgados. La experiencia fue enriquecedora: todos aprendimos que no somos infalibles, y que la mejora constante requiere un pensamiento crítico y autocrítico. El poder reconocer nuestras limitaciones nos permite estar alertas, aprender y buscar soluciones.

Un ejemplo concreto fue en la implementación de un protocolo de cumplimiento en la que noté que algunos miembros del equipo dudaban sobre ciertos procedimientos. En lugar de imponer, opté por escuchar sus inquietudes, acepté que tal vez no toda la documentación estaba clara y, con humildad, ajustamos algunos procedimientos. Esa cultura de apertura fortaleció la confianza y facilitó un cumplimiento más efectivo.

El cumplimiento no debe reducirse a la mera observancia de reglas, sino a la internalización de una cultura ética. La resistencia a reconocer dificultades o errores puede derivar en incumplimientos involuntarios o, peor aún, en una aparente conformidad que oculta una problemática mayor.

En mis primeros años, enfrenté una situación donde una decisión que parecía correcta terminó generando un incumplimiento inadvertido debido a la falta de análisis crítico y aceptación de que algo podía fallar. Desde entonces, comprendo que el verdadero trabajo del cumplimiento es promover un ambiente donde la honestidad y la autocrítica sean valoradas y fomentadas, y donde la responsabilidad sea compartida.

Como señala el experto en ética y Compliance, Fernando Sanchez, “la verdadera cultura de cumplimiento se construye desde las raíces, con transparencia, humildad y compromiso” (Sanchez, 2019).

La soberbia y arrogancia son obstáculos que todos enfrentamos en algún momento, pero que nunca deben definir nuestro trabajo. La verdadera profesionalidad está en la capacidad de reconocer errores, aceptar las dificultades y aprender de ellas. Solo así humanizamos nuestra gestión y contribuimos a crear entornos más éticos, responsables y confiables.

Vivimos en un mundo en el que la perfección no existe, y aceptar nuestras limitaciones nos abre la puerta a la mejora continua. Como profesional, mi mayor aprendizaje ha sido que la humildad, lejos de ser una debilidad, es la mayor fortaleza para gestionar con ética y compromiso.

Porque, en definitiva, la gestión del cumplimiento normativo no es solo un cumplimiento de reglas, sino una práctica diaria de integridad y respeto hacia uno mismo y hacia los demás.