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Por: Dra. María Alejandra Mancebo Experta en Compliance, Derechos de las Mujeres y Feminismo

Como profesional con más de dos décadas en la administración de justicia y la gestión de riesgos, he sido testigo de la insuficiencia del Derecho Penal tradicional para contener las nuevas formas de criminalidad. Hoy, el fraude corporativo y las vulneraciones cibernéticas nos exigen ir más allá de la norma escrita. Necesitamos a la filosofía para comprender la ontología de esta nueva delincuencia.

Si queremos descifrar el ciberdelito, no basta con auditar sistemas; debemos entender cómo la Modernidad Líquida de Bauman, la Sociedad Red de Castells, el Capitalismo de Vigilancia de Zuboff y la agonía de la empatía descrita por Byung-Chul Han, nos otorgan las claves epistemológicas para diseccionar tanto la esencia del tipo penal como la mente del delincuente corporativo.

En la dogmática penal clásica, el delito es un acto sólido: tiene un lugar, un momento y un resultado físico. Sin embargo, Zygmunt Bauman y Manuel Castells nos permiten entender por qué el tipo penal del cibercrimen ha mutado hacia una naturaleza inasible.

Bauman nos advierte que las fronteras se han licuado. El iter criminis (el camino del delito) ya no requiere forzar una cerradura física ni falsificar una firma en papel; se desliza por las grietas de la modernidad líquida, aprovechando la fragilidad de instituciones que aún intentan aplicar controles "sólidos" a amenazas fluidas.

Por su parte, Castells nos revela la estructura de este nuevo tipo penal. El delito corporativo de hoy es un delito "en red". El bien jurídico tutelado ya no es solo el patrimonio, sino el flujo de la información. El ataque no es un evento aislado, sino una interrupción o secuestro sistémico. Estudiar el ciberdelito a través de Castells es comprender que el ilícito se ha descentralizado; es un ecosistema donde múltiples actores, a menudo sin conocerse, colaboran en la vulneración de una corporación.

¿Quién es este nuevo sujeto activo? ¿Qué lo motiva y por qué actúa sin remordimientos? Aquí es donde Shoshana Zuboff y Byung-Chul Han nos ofrecen una radiografía exacta del delincuente corporativo contemporáneo.

Zuboff nos explica el móvil: los datos son la nueva plusvalía. El delincuente (ya sea un hacker externo o un empleado infiel) no busca necesariamente destruir; busca extraer. Es un hijo del capitalismo de vigilancia que ha internalizado que la intimidad, los secretos industriales y la identidad humana son simple materia prima monetizable.

Pero es Han, recogiendo el testigo de la filosofía de Emmanuel Levinas, quien nos explica el porqué de su impunidad psicológica. Levinas nos enseñó que la ética nace del encuentro con el "rostro del Otro": es en la mirada de la víctima donde reconozco su vulnerabilidad y el límite de mi propia acción. Han nos advierte que la pantalla digital ha borrado ese rostro.

El delincuente cibernético no aprieta un gatillo ni ve la desesperación de la familia cuyos ahorros desaparecen, ni el pánico de la empresa que se enfrenta a la quiebra por un ransomware. Al no haber rostro, se anula la empatía. El crimen se vuelve un acto aséptico, un simple clic en un teclado. La distancia digital anestesia la moralidad, permitiendo que el individuo cometa atrocidades financieras sin experimentar un ápice de culpa.

¿Por qué es vital esta comprensión filosófica y criminológica para quienes lideramos programas de prevención? Porque nos demuestra que los cortafuegos tecnológicos y las matrices de riesgo tradicionales, aunque necesarios, son dramáticamente insuficientes. Estamos combatiendo un problema ontológico con herramientas meramente burocráticas.

Si el ciberdelito se fundamenta en la desvinculación emocional y en la cosificación del ser humano convertido en "dato", la única defensa sostenible es la rehumanización del entorno corporativo.

Frente a la liquidez del riesgo y la frialdad de la pantalla, nuestra respuesta debe ser un Compliance Humanista. Esto no es poesía corporativa; es estrategia de supervivencia. Implica integrar la ética del cuidado en la médula del gobierno corporativo. Debemos recordar a nuestros equipos que detrás de cada base de datos, de cada protocolo KYC, y de cada transacción, laten vidas humanas, derechos fundamentales y confianzas depositadas.

Necesitamos ejercer un Liderazgo con Corazón que logre traspasar el monitor. Un liderazgo que no se limite a exigir el cumplimiento de una norma por miedo a la sanción, sino que despierte la conciencia del colaborador, devolviéndole la capacidad de "ver el rostro del Otro" a través de la red.

El verdadero desafío del Compliance en la era digital no es construir sistemas más impenetrables, sino forjar profesionales más íntegros, conscientes y empáticos. Porque cuando la tecnología falla y la norma se queda corta, la empatía y la ética de nuestros equipos son, y siempre serán, nuestro escudo más infranqueable.