JUC


Hay tardes en las que el salón de mi casa deja de ser una simple sala de estar para convertirse en el escenario donde se discuten los asuntos más enredados del mundo de los grandes. Para quienes me ven desde fuera, soy solo una cachorra de seis años llamada Bluey, ocupada en inventar juegos con mi hermana Bingo. Pero jugar, créanme, es la manera más seria que tenemos los niños de descifrar las reglas ocultas de los adultos.

Por: Dra. María Alejandra Mancebo Experta en Compliance, Derechos de las Mujeres y Feminismo

 

Hay tardes en las que el salón de mi casa deja de ser una simple sala de estar para convertirse en el escenario donde se discuten los asuntos más enredados del mundo de los grandes. Para quienes me ven desde fuera, soy solo una cachorra de seis años llamada Bluey, ocupada en inventar juegos con mi hermana Bingo. Pero jugar, créanme, es la manera más seria que tenemos los niños de descifrar las reglas ocultas de los adultos.

Hoy nuestro juego favorito se llama «El Gran Restaurante». Papá es el chef principal, Bingo la camarera estrella y yo la clienta VIP que paga con billetes dibujados con ceras de colores. Todo iba sobre ruedas hasta que papá, metido demasiado en su papel de director ejecutivo del negocio, nos miró con una ceja levantada y soltó una instrucción muy extraña: «Chicas, el restaurante necesita más dinero del que tenemos en la caja registradora. Así que un señor misterioso nos va a traer maletas llenas de billetes que no sabemos de dónde salen, y nosotras tenemos que decir que son ganancias de la venta de helados para que parezcan legales».

Bingo se quedó con los ojos abiertos como platos, sosteniendo su bandeja de juguete, sin entender por qué un billete dibujado con tanto cariño de repente tenía trampa. Yo, que llevo tiempo escuchando a escondidas los casos de la oficina de mamá y el mundo del Compliance, sentí que las orejas se me bajaban de golpe. Papá acababa de intentar meternos de cabeza en el delito más clásico y peligroso de los adultos: el lavado de activos.

En el mundo real, fuera de nuestra alfombra de dibujos animados, los jefes no siempre usan disfraces de villanos con antifaz. Muchas veces llegan a las oficinas luciendo trajes impecables, con una sonrisa persuasiva, exigiendo lealtad ciega y ordenando firmar papeles o mover fondos bajo la excusa de que «es una orden de la gerencia y aquí se hace lo que yo digo». Los empleados, por miedo a perder el empleo, por presión jerárquica o por esa falsa creencia de que obedecer exime de culpa, aceptan la maleta de dinero sucio, prestan sus cuentas bancarias o maquillan facturas. Creen que están asegurando su puesto de trabajo, cuando en realidad se están convirtiendo en cómplices necesarios de una red de delincuencia organizada.

Papá se dio cuenta de nuestra cara de susto, salió por un momento del personaje y se sentó en el suelo con nosotras. Nos miró a los ojos y empezó la lección más importante sobre el riesgo corporativo: «Escúchenme bien, mis pequeñas. En el juego y en la vida, cuando el jefe te pide que hagas algo oscuro, que escondas el origen de las cosas o que finjas que lo ilegal es legal, no te está protegiendo; te está usando como escudo para no ensuciarse las manos».

Esa es la verdadera morfología del blanqueo de capitales y de la corrupción institucional: la maquinaria de la obediencia debida que aplasta la conciencia. El criminal de cuello blanco rara vez da la cara en el banquillo de los acusados; prefiere construir una red de subordinados silenciosos que firmen por él, que ejecuten la transferencia sospechosa y que asuman la responsabilidad penal cuando la policía toque a la puerta de la empresa.

Papá nos explicó que el dinero del narcotráfico, de la corrupción o del fraude, entre otros  no puede quedarse tal como está porque huele a delito; por eso los delincuentes buscan negocios fachada como un restaurante, una constructora o una importadora para lavarlo, mezclarlo y darle apariencia de legalidad. Y cuando un jefe sin ética presiona a su equipo para aceptar esos fondos, está cometiendo el peor abuso de poder imaginable: corromper la integridad de su propia gente.

En el Compliance corporativo que tanto discuten los adultos en sus congresos, esto se combate con algo muy sencillo de decir, pero muy difícil de aplicar: el valor para decir NO. Un canal de denuncias efectivo, un oficial de cumplimiento independiente y una cultura de integridad no sirven de nada si los empleados no tienen la valentía de frenar al jefe cuando la orden cruza la línea de la legalidad.

Nuestra partida de «El Gran Restaurante» cambió de reglas en ese instante. Decidimos que en nuestro local no se acepta dinero de dudosa procedencia, que los billetes de juguete se ganan con el sudor de la limonada limpia y que, al primer intento de lavado de activos por orden de la gerencia, la única respuesta válida es activar la alerta roja y denunciar.

Las luces del salón se atenuaron, guardamos los lápices de colores y las cajas registradoras de juguete. Mañana los adultos volverán a sus oficinas, a sus correos urgentes y a sus decisiones financieras bajo presión. Pero ojalá muchos jefes tuvieran la honestidad de detener el juego a tiempo, mirar a sus equipos a los ojos y entender que ningún cargo, ninguna meta de ventas y ningún beneficio económico justifica convertir el trabajo de toda una vida en cómplice de un delito. Al final del día, el único negocio que vale la pena sostener es aquel que te permite dormir con la conciencia tranquila y el corazón limpio.